Archivo | junio, 2015

El fracaso del Verde y de Velasco

24 Jun

    Si bien el polémico Partido Verde Ecologista de México cumplió a cabalidad su cometido de “partido satélite” del PRI y de Los Pinos y con sus diputados ayudará a formar la mayoría oficial en la próxima Cámara de Diputados, en el balance final la votación nacional de los “Verdes”, de 7.5% del total, se quedó por debajo de la meta que le habían puesto desde el gobierno de Enrique Peña Nieto y que era de 10%. Sobre todo considerando todos los recursos económicos que recibió del sistema, sus estrategias violatorias de la ley y hasta el apoyo abierto de las dos principales televisoras del país.

El encargo de la administración peñista, en la estrategia que le trazaron al PVEM desde Los Pinos y Gobernación, era que debía no sólo detener la caída del voto priísta, que terminó en 29%, sino además un objetivo central era que los llamados “Verdes” garantizaran el cuarto lugar en la votación nacional para evitar a toda costa que en esa posición se ubicaran Morena y Andrés Manuel López Obrador, como finalmente sucedió. Dos dirigentes del Verde fueron los “responsables” de lograr esos objetivos a petición expresa de Peña Nieto: el gobernador de Chiapas, Manuel Velasco, al que apoyaron con todo un despliegue económico y una campaña casi de tipo presidencial, y el dirigente nacional Arturo Escobar Vega.

Pero ni Velasco ni Escobar, con todo y sus actos anticipados de campaña —disfrazados de “informes” de sus legisladores o sus polémicos cineminutos, además de un despliegue inusitado de spots de radio, televisión y anuncios espectaculares en todo el país con la campaña “El Verde sí cumple”— lograron superar al lopezobadorismo que sólo con el Distrito Federal superó todo el despliegue nacional de los satélites verdes.
La ofensiva del resto de los partidos políticos que presionaron al INE y al Tribunal para que les impusieran multas de hasta 436 millones de pesos, sumada a las intensas campañas de rechazo al PVEM que emprendieron en redes sociales ciudadanos, analistas y opinadores —“#Un voto al Verde es un voto al PRI”— tuvo un efecto negativo, pues del 10 y hasta 11 % de votación que le llegaron a asignar varias encuestas, al final el satélite de Pena Nieto y del priísmo no logró pasar más allá de medio punto de su votación histórica del 7%.
El fracaso del Verde no sólo se puede medir en función de la poca efectividad de Manuel Velasco y de Escobar, sino también en que ni con todo el aparato de la televisión, que los apoyó por interés propio de su “telebancada”, logró superar ya no sólo a Morena y al lopezobradorismo, sino que con tantos millones de pesos gastados, y todo el aparato oficial a su favor, no logró ni un ápice de legitimidad ni de impacto social como el que lograron, por ejemplo los candidatos independientes, sin millonarias campañas de televisión y teniendo en contra a todo el sistema. Así que Peña y el PRI podrán decir, con su mayoría legislativa en la bolsa, que “el Verde sí cumple”, pero también deslegitima, ensucia y desprestigia.

¿Y las denuncias contra el Verde?¿Y el INE, qué hace?

24 Jun

Las quejas contra el Partido Verde Ecologista de México están en manos de la Unidad de Fiscalización del Instituto Nacional Electoral (INE). Este organismo sólo se encarga de revisar y sancionar, en su caso, los excesos o irregularidades sobre el origen y el fin de los recursos públicos utilizados en el proceso electoral.

Tiene ya los expedientes donde constan las denuncias contra el Verde en la precampaña, y faltan por anexar las que se hayan presentado ya en la campaña oficial rumbo a la elección que se realizó el pasado 7 de junio.

El responsable de la Unidad de Fiscalización del INE es Eduardo Gurza Curiel, quien el 2 de marzo pasado relevó en la Dirección de esa área a Alfredo Cristalinas Kaulitz, quien presentó su renuncia luego de ser cuestionado por el Partido Acción Nacional (PAN), Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), el Partido de la Revolución Democrática (PRD), Movimiento Ciudadano (MC) y el Partido del Trabajo (PT) de ser un hombre cercano al Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Al funcionario se le acusó también de favorecer al PRI en los casos Monex y en permitir el rebase de topes de campaña del ahora Presidente Enrique Peña Nieto.

La presencia de Cristalinas Kaulitz provocó en febrero pasado una rebelión de partidos de oposición en el INE, debido a que ya entonces, con un cúmulo de denuncias contra los abusos de la precampaña del Verde –considerado un partido satélite del tricolor–, la Unidad de Fiscalización se mantuvo sin mover un dedo.

Al respecto, el Senador Javier Corral Jurado, representante del Poder Legislativo del PAN en el organismo electoral, dijo que el INE tenía un problema de liderazgo, toda vez que Lorenzo Córdova Vianello es Consejero Presidente formal, pero en los hechos fue suplantado por “una figura de mando y de conducción, fruto de la existencia de un bloque de consejeros” que fueron calificados por el político de Chihuahua como “soldados del PRI” a las órdenes de Felipe Solís Acero, Miguel Ángel Osorio Chong y Manlio Fabio Beltrones.

Sin embargo, la salida de Alfredo Cristalinas no resolvió el problema de fondo.

A 11 días de las elecciones del 7 de junio, los reclamos persisten, pero el INE no ha dicho ni pío sobre las investigaciones que los ciudadanos le siguen demandando.

Además, Gurza Curiel también tiene un pasado priista, y su carrera se forjó en los años de la administración del ex Presidente Carlos Salinas de Gortari.

Jesús Cantú Escalante, ex Consejero electoral en el extinto Instituto Federal Electoral (IFE), escribió en Proceso:

“De acuerdo con la información disponible, incursiona en el sector público en 1989 como subcontralor y coordinador sectorial en la Secretaría de Gobernación, justo cuando el titular de dicha dependencia era ni más ni menos que Fernando Gutiérrez Barrios. Allí labora hasta el cambio de secretario en 1993, cuando el nuevo gobernador de Tlaxcala, José Antonio Álvarez Lima, lo nombra coordinador general del Comité de Planeación para el Desarrollo del Estado de Tlaxcala, donde está hasta 1998.

“De ahí pasa a la entonces Contaduría Mayor de Hacienda de la Cámara de Diputados, entonces a cargo del ahora contralor del INE, Gregorio Guerrero Pozas (quien había fungido como delegado de Banobras en Tlaxcala de 1993 a 1997, donde se conocieron); en dicha dependencia logra trascender a Guerrero, pasa a la Auditoría Superior de la Federación, que deja en 2013, para integrarse a la Secretaría de la Función Pública.

“Su trayectoria no deja lugar a dudas: ha estado vinculado al salinismo y, desde el inicio del sexenio, al actual gobierno federal, y muy probablemente su nombre lo sugirió el actual contralor del INE”, esto último en referencia a Gregorio Guerrero Pozas, un hombre que también está ligado a los gobiernos del PRI.

Entonces, ¿cómo quedamos?, ¿habrá una investigación rigurosa para el Verde?, ¿qué está haciendo el INE con todas las denuncias presentadas?, ¿dejarán pasar más tiempo para que la ofensa se olvide?, ¿los priistas y los dizque ecologistas se saldrán otra vez con la suya?La sociedad tiene derecho a exigir respuestas concretas y transparentes. Si el INE no las da, corroborará lo dicho por Corral Jurado: no es un organismo para los ciudadanos, aunque sí les cuesta a éstos, y tampoco es imparcial porque está coptado por los “soldados del PRI”.

Excesos del Verde, “carne” para los medios

24 Jun

“Crea un conflicto para atraer a los medios”, recomiendan los expertos de la comunicación política. Y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) lo generó y en grande. El resultado: prácticamente todos los noticiarios de radio y televisión en el país hablaron de las violaciones a la legislación electoral de dicho partido político y le otorgaron un tiempo inusitadamente alto durante las precampañas y las campañas políticas, incomparable a su fuerza electoral real.
Sea para criticarlo, para alabarlo o sólo para informar de sus dichos, el Partido Verde definió contenidos de las agendas informativas de decenas medios de comunicación. El monitoreo de la UNAM para el Instituto Nacional Electoral (INE) a noticiarios de radio y televisión es contundente: a nivel nacional, se habló del Verde un total de 275 horas con 17 minutos, es decir, un 9.18 por ciento del tiempo total dedicado a las campañas políticas, durante el periodo que va del 5 de abril al 3 de junio de 2015.
Por supuesto hubo noticiarios más “verdes” que otros. En televisión, el Verde fue el partido del que más se habló, con el 12.96 por ciento del tiempo, seguido del PRI con 10.51 por ciento y del PAN, con 10.44 por ciento. En radio, ocupó la cuarta posición, con 8.67 por ciento, antecedido del PRD con 9.69 por ciento, el PAN con 12.64 por ciento y el PRI con 14.46 por ciento.
Televisión Azteca es la televisora que más espacio le otorgó, comparado con el resto de los partidos políticos: 28.75 por ciento de su tiempo. Increíblemente, Once TV, del Instituto Politécnico Nacional, también fue benevolente con el Verde, con 12.4 por ciento de la información electoral, seguido muy cerca del PAN con 12.06 y el PRI, con 11.52 por ciento. Por su parte, Televisa dio más espacio al PRI, con 11.37 por ciento y en seguida al Partido Verde, con 10.72 por ciento.

En los programas de espectáculos y revista, donde las candidatas y los candidatos buscan llegar a las audiencias poco interesadas en la política, también el PVEM fue muy bien arropado, como se anticipaba. De los 10 programas monitoreados de este tipo (5 de radio y 5 de televisión), alcanzó la mayor cobertura con el 30 por ciento del tiempo de información electoral. El vínculo de un sector del gremio artístico con el PVEM, quedó nuevamente demostrado con la supuesta compra de tuits durante el día de las elecciones.

En radio, los noticiarios de NRM Comunicaciones son los que porcentualmente dieron más tiempo al Verde con 14.25 por ciento, secundado por el PRI con 12.28 por ciento y en tercer lugar el PRD con 12.02 por ciento.

Se justificará, con sobrada razón, que este tratamiento informativo no fue intencional en muchos noticiarios porque el Verde se había convertido en noticia. Es cierto, la nota era el desafío de un partido político a la legislación electoral y a la autoridad para “demostrar” que el “modelo” de comunicación política no funciona. Así que el PVEM no sólo logró que hablaran mal o bien de su conducta (con una inusitada difusión gratuita), sino también colocó en la agenda mediática los intereses de quienes quieren regresar al anterior “modelo” de comunicación política, basado en la venta de spots al mejor postor.
Paralelamente debe reconocerse que sobre el Verde hubo muchas notas informativas con valoración negativa, en las que el reportero o el conductor o conductora de algún noticiario adjetivizaron la presentación de la información, de manera adversa al partido político. Tres mil 367 notas con valoración negativa frente a 260 con valoración positiva. Sin embargo, también en diversos espacios, se le victimizó y se le dio razón. El partido era el bueno, porque sólo reclamaba libertad de expresión, mientras la autoridad electoral era la mala porque censuraba y castigaba.

Al final del día, la estrategia de desafío funcionó: hoy más gente conoce al Partido Verde, a sus dirigentes y lo que proponen, incluso en materia político-electoral. Y sea por considerarse víctima, porque confrontó a la autoridad electoral, porque hace propuestas puntuales o porque compró votos al regalar paquetes de útiles escolares o entrada gratuitas al cine, su fuerza política aumentó de manera importante en la Cámara de Diputados al pasar de 27 a 47 legisladores.

¿Qué tanto incidió esta cobertura informativa en las preferencias electorales del 7 de junio? ¿un partido político que sistemáticamente violó la ley merecía tanto espacio en radio y televisión para la defensa de sus intereses? ¿una y otra vez cada que hacía una nueva “travesura”? ¿es ético, lógico, periodístico, necesario? ¿qué tanto tiempo el Verde acumuló en su beneficio un espacio que pudo destinarse a la cobertura de otras campañas menos “atrevidas” y que fueron ignoradas? ¿qué otro personaje o representante de una institución que viola la ley aparece tan frecuentemente en los medios para defenderse y dar a conocer su posición? ¿quién goza de un privilegio así?
En una democracia tan endeble como la mexicana y con una cultura política tan deficiente de políticos y ciudadanía, el riesgo que existe para el país es que la estrategia del Verde se repita, ya que es más lo que se puede ganar de lo que se puede perder. En este caso, como en muchos otros, violar la ley es rentable en México y el partido satélite del PRI lo ha demostrado, con el apoyo de diversos medios de comunicación, que en lugar de mediar y hacer periodismo actúan políticamente y se convierten en actores de la contienda.

DE REGRESO A CASA: LA LUCHA CONTRA EL OLVIDO EN CIUDAD JUÁREZ

24 Jun

  De regreso a casa. La lucha contra el olvido en Ciudad Juárez, escrito por la periodista Elena Ortega, narra la historia de Alejandra, una de las cientos de mujeres que desde hace años desaparecen en Ciudad Juárez, Chihuahua, sin que hasta el momento haya una explicación y mucho menos se haya consignado a los culpables. 
Publicado por Editorial Planeta-Ediciones Península y prologado por el periodista Alejandro Páez Varela, en este libro Ortega retrata el infierno que se vive tras la desaparición de un ser querido y cómo en esa ciudad fronteriza diez minutos pueden ser la diferencia entre volver a ver o no a una hija, a una hermana, a una madre…
SinEmbargo presenta el adelanto de los dos primeros capítulos de esta publicación que una vez más pone el dedo en la llaga sobre el tema de los feminicidios y el estado de indefensión en el que se encuentran las mujeres en México. 

ME CREEN OTRA COSA

Los pachucos languidecían cuando yo nací. Mamá y papá estaban instalados con su ejército de hijos en una vecindad localizada a unos metros del Puente Lerdo —que une Juárez con El Paso, Texas—, en el casco más viejo. Fundada en 1659 por un fraile franciscano como Misión de Señora de Guadalupe de Mansos del Paso del Río del Norte, la ciudad tenía 309 años cuando, en una clínica localizada sobre la Avenida Lerdo, abrí los ojos sebosos y lagañudos.

Los Pachucos llamaban «tablitas» a sus calcos (zapatos) negros, blancos o blanquinegros; el «chante» era su casa; la «lisa», la camiseta. Y por «tramo» se referían al pantalón bombacho, de tiro largo y planchado a raya, que retenían al hombro con tirantes por el peso de la cadena doble que corría de frente a cola a la altura de la cintura. Usaban «tandito», recuerdo, un sombrero italiano que ya no llevaba la pluma larga en la copa como Tin Tán.

Se juntaban en la esquina en grupos pequeños; hablaban de la vida en «el otro lado» y planeaban defender a sus mujeres, hermanas o madres, que cruzaban los otros barrios rumbo al trabajo en una ciudad que nunca, ni hoy, tuvo un transporte público digno.

Más tarde nos fuimos a vivir a la Melchor Ocampo, una colonia bautizada con el nombre de ese abogado liberal de la Reforma que enfrentó, desde Michoacán, la invasión estadounidense. Yo tendría tres, cuatro años. Pero la gente no llamaba al barrio Melchor Ocampo sino «Malhechor Ocampo» porque, en efecto, era el reino de los malhechores, vándalos sin oficio, malandrines. En el centro del barrio estaba la escuela primaria Luis Cabrera (con nombre de agrarista revolucionario) que sobresalía como un faro de luz o como un cuartel (todo de ladrillo) para resguardar a los más muchachos —como yo— de un entorno rudo.

Pero el diablo no estaba en el barrio. Eso nos enseñaron. El diablo estaba arriba, al norte. Eran los gringos. Por eso, a mí no me enseñaron —a nosotros, pues— las mismas canciones que a los niños del país. A nosotros nos daban instrucciones de resistencia con notas de marchas de guerra endulzadas con acordes del piano de la maestra de canto:

«No permitamos a ningún invasor / ¡listos a combatir!!», gritaba yo, de cinco años, formado siempre al frente de la fila porque fui un chaparrito. La palma de la mano derecha llevada al corazón; la palma de la izquierda tocando las canicas en la bolsa.

Prometo desde hoy

amor eterno a ti.

Mi vida te daré

por defender tu libertaaad…

Y luego, estrofas para recordar al malhechor de moda, Francisco Villa:

Porque uso de lado el sombrero vaquero

y fajo pistola y chamarra de cuero

y porque acostumbro cigarro de hoja

y anudo en el cuello mi mascada roja

me creen otra cosa.

Pistola, cigarro, mascada roja. Y un breve discurso sobre la exclusión para soportar los otros, para entenderlos y confrontarlos «Me creen otra cosa», cantaba. Tenía seis años. No olvido las letras y tampoco olvido mi sombrero vaquero y mascada roja.

Pero cuando los maestros pensaban que yo pensaba ser vaquero, en realidad soñaba con ser “El Llanero Solitario”, el Lone Ranger que busca justicia para los desprotegido en «el otro lado», en Texas.

Como miles de juarenses, pues, soñaba con crecer e irme de allí. Hasta que un día me fui.

El norte no es el norte sin muchos nortes. Muy al norte está el sur, y no es un juego de palabras: el norte mexica no se vuelve el sur mexicoamericano, y para alguien que lo conozca es fácil entender que ahí hay un país-de-en-medio.

Si alguien abre el mapa sabrá que el cuerno de la abundancia que definen las costas mexicanas se topa hacia arriba con una larga extensión que visita todos los climas y todas las latitudes. De punta a punta, de este a oeste, el trópico se convierte en desierto y el desierto en cordilleras tan altas que una buena parte del año no conocen el calor. Los nopales se vuelven pinos y esos pinos, rumbo al corazón del territorio, se transforman en árboles de trópico sin playa.
En las hondonadas de Batopilas es posible que un mango desplace al piñón, y que una hoja amplia y verde sustituya a las espinas blanquecinas del terreno desértico.

En el ombligo de la Patria, entre el Pacífico y el Golfo (que es, en realidad, una mordida del Atlántico) está Ciudad Juárez. Exactamente ahí chocaban, en El Paso, las corrien tes del Río Grande, un río tan grande que los colonizadores europeos lo llamaron «la laguna que se mueve». Y luego ese Río Grande, un río tan grande que los colonizadores europeos lo llamaron «la laguna que se mueve». Y luego ese Río Grande se volvía Río Bravo y en rápidos serpenteantes corría, formando barrigas de lodo, hasta desembocar en las aguas saladas del Golfo.

Juárez es una uña roñosa de Dios, dura y sin sentido, donde la punta de un alfiler no consigue penetrar. Y es también la palma de ese otro Dios generoso que premia con techos de nubes pintadas sin patrón y a la medida: naranjas y azules deslavados y profundos, verdes y amarillos pesados e impenetrables que dan profundidad.

Cualquiera que diga que Juárez es una tragedia es por que no conoce Juárez. El nombre enmarca el rostro de un Presidente bueno, Benito , debilitado por la tentación del poder; los cerros pelones recuerdan que despertar ahí no es fácil y es necesario abrir la tierra con la frente si se quiere sobrevivir. Juárez es también una vasija grande donde la historia depositó ingredientes y la modernidad movió la pala para dejar una masa, que es el futuro. Y el futuro son esas ciudades violentas; el futuro es el abandono del gusto por la vida. Juárez es la mezcla de todos los ingredientes que componen el futuro del subdesarrollo, porque en Juárez conviven libres los ingredientes brutales de las sociedades de mercados: los miles de obreros que construyen carros que no manejan; las miles de manos que arman televisiones que no encenderán; los millones de dedos que maquilan vestido, calzado, alambres, botones, foquitos, engranes, cremalleras, tornillos y paletas que no tendrán en casa.

Tomé mi libreta y empecé a hacer apuntes. Era la primera semana de 2010 y Ciudad Juárez sufría lo más crudo de la guerra lanzada por el Presidente Felipe Calderón.
—Llévame por unos burritos —le dije a mi hermano Aurelio. Me había recogido en el aeropuerto.

—No hay, carnal. Están cerradas las burrerías. Están secuestrando hasta a los burreros, carnal. Tu jefa te está haciendo unos en la casa.

—Carajo. Qué triste.

—Sí. Ni modo.

Cruzamos la ciudad casi vacía.

Se escuchaban, a lo lejos, las alarmas largas y roncas de las patrullas de la policía. Seguí escribiendo mientras mi

carnal manejaba su troca:

1. Cuando llegamos al domicilio que dijeron por la radio de la policía, un muchachillo de unos 14 años lloraba y se cubría el rostro con ambas manos. Se encontraba sentado a la orilla de la banqueta. Minutos después arribaron los agentes y le preguntaron y respondió, sin encubrir un solo dato. Dijo que su mamá les dejó dinero para comprar pan blanco y prefirieron un Gansito. Cuando volvieron de la tienda a casa, él y su hermano de 16 se lo pelearon. Él tomó un picahielo para asustarlo. Se lo clavó en el corazón. Observé el Gansito sobre un charco de sangre a un lado de la cama, y al otro jovencito tendido, con los ojos perdidos y la boca abierta, muerto. La madre no se enteró de inmediato: ¿Cómo avisarle, si estaba perdida en el mar de maquiladoras?

2. Miguel Perea, fotorreportero que hizo periodistas a varios de nosotros, me alertó: «No entre, compadre. No lo va a soportar». Entré. La historia es breve: el marido, sin empleo, había ahorcado a su mujer en un arranque de celos porque era ella quien proveía el sustento; no él. Escondió el cuerpo debajo de la cama. Ella estaba embarazada de muchos meses. Él llamó a la policía y esperó en la vecindad. En su presencia movieron el cadáver hinchado. Se reventó. Duré casi 10 años sin comer arroz.

3. Su delito: ser homosexual. P. O., un viejo reportero policiaco corrupto como pocos, me tomó la mano y dijo: «Tóquele, güero. Qué chichis». Los agentes y los periodistas se tomaron fotos manoseando al individuo (para entonces una chica), que además era la gran novedad; se había cambiado de sexo. La cacheteaban, la pateaban. Esas fotos duraron años pegadas en el laboratorio fotográfico del periódico. Después vi cómo los judiciales estatales o los policías municipales hicieron lo mismo con sexoservidoras. Y sepa Dios con cuántos más. Arrastraré esas imágenes el resto de mis días como un mea culpa.

4. La mujer que se amarra con sus hijos y se tira al Río Bravo porque no tiene para darles de comer. La horda de tecatos (heroinómanos) que viola a una anciana, enferma mental. Los que perdieron la vida porque quemaron raticida en las cucharas. Los miles de jóvenes sin empleo y sin escuela que se unieron gustosos a los Pachucos Termo, a los Pachucos 30, a los Harpys 13 y a otras pandillas que después se fundieron en un solo concepto: los cholos. (Mamá nos sacaba de las calles cuando se agarraban a cadenazos. Puf: a cadenazos.)

Viví esto y otras cosas como reportero policiaco en Ciudad Juárez. Eran los años ochenta. Aún en medio del luto humano, aún en aquel subsuelo, la gente vivía con los ojos transparentes.

Lo que desprendo de ese Juárez es que desde entonces pedía un poco de cariño. Educación, cultura, salud, transporte, avenidas, verdaderos policías. Drenaje. Foquitos en las calles y vigilancia para que las chavas no fueran secuestradas, violadas y asesinadas camino a sus trabajos o a sus casas. Pedía banquetas, parques, árboles, campos de beisbol, bibliotecas. Juárez pedía algo de dignidad, algo que le hiciera sentir que no estaba solo y que era parte de una Federación.

Pero no. La «ayuda» fueron vehículos artillados, armas. Balazos y sangre. Guerra al narco. Qué tontería. Qué irresponsabilidad. Esas miles y miles de almas muertas perseguirán para siempre a los que cometieron el error. Ah, políticos. Qué pueblo más miserable somos. Y no tendremos perdón si no le reclamamos a quienes nos llevaron a la cultura del odio en lugar de responder con lo que el país pedía: empleo, dignidad. Poco de cariño. No balazos. Los narcos estaban allí, hombre, a la vista de todos. Eran comandantes judiciales, eran policías, eran ciudadanos (o lo son). Les anunciaron que iban por ellos y no se fueron: desde la clandestinidad, les ganaron por lo menos una guerra: la de resistencia. Y miles de inocentes pagan y seguirán pagando, porque esto no terminará con este sexenio.

Los pachucos languidecían cuando yo nací. Y abrí los ojos, sebosos y lagañudos, y ya estaban los harpys y luego vinieron los cholos. Unos y otros se organizaban (organizan) en barrios, en cuadras, en esquinas. Organizados para sobrevivir: para resistir los embates de los otros y para defender a sus mujeres, madres y hermanas, de las amenazas de una ciudad que apenas tiene banquetas y no tiene un transporte digno; una ciudad donde la policía es el crimen organizado y hasta tiene nombre criminal acreditado: La Línea. Organizados para resistir al abandono oficial.

El ejército gringo no nos invadió; supongo que los niños ya no cantan, como yo, canciones de resistencia con mascadas rojas, pistola y cigarro de hoja. Es más: nosotros invadimos el sur estadounidense; hoy es posible sobrevivir en una ciudad texana sólo con el español, pero no con el inglés. Y unos buenos huevos con salsa ranchera, y unos burritos, y unas tortillas de maíz azul son fáciles de comprar en El Paso en alguno de los miles de negocios que abrieron durante la otra invasión.

Porque Juárez, al que nunca llegaron los soldados gringos, sí sufrió otra invasión. Una invasión de prietos, como uno; una invasión interna. Fuerzas federales llegaron a finales de la década pasada a «rescatar la ciudad» de las fuerzas federales del narcotráfico. Estalló una guerra que sigue y se aplaca, que sigue y se aplaca. Las morgues se llenaron de inocentes y, sí, de malandros.

El 29 de diciembre de 2013, sentado en el aeropuerto de regreso a la Ciudad de México, tuve ganas de llorar. Y no fue porque, dos días antes, había enterrado a mi padre. Fueron ganas de llorar por mi ciudad. Saqué mi computadora y empecé a escribir:

«No quiero volver a Juárez», le dije a mi hermano. Me había recogido en el aeropuerto e íbamos hacia el Puente Libre. Era la noche del 25 de diciembre y caía un frío canijo que emblanquecía las calles, los toldos de los carros, los vidrios de las casas, la tierra. Una nata de contaminación cubría buena parte de la ciudad porque, supe por la televisión, se ha regresado al carbón y a la leña (en pleno siglo XXI); el gas es endiabladamente caro a pesar de que algunas de las familias más poderosas del sector energético mexicano son juarenses, como los Fuentes.

«No quiero volver a Juárez porque me quita las fuerzas», le insistí a Aurelio. La mancha urbana pasaba frente a no sotros: los mismos terrenos baldíos, las mismas paredes de tierra de cuando éramos niños. Algunas cosas han cambiado en décadas y casi todo para mal. La guerra pudrió lo que estaba medio podrido pero los apellidos de siempre le siguen chupando vida a la ciudad: los Fuentes, los Bermúdez, los Terrazas, los Escobar, los Quevedo, los Zaragoza, los De la Vega. Los mismos apellidos que han sacado todo de esta frontera y a los que —ahora resulta— debemos agradecer su misericordia. En el discurso oficial, esos zánganos son los padres de la patria chica.
En esencia, es el mismo Juárez en el que crecimos mis hermanas, mi hermano y yo. El mismo. Montones de drogas, montones de adictos y (después del carnicero Felipe Calderón Hinojosa) de huérfanos. Montones de pobres y montones de carros viejos que defeca Estados Unidos y acá desplazan a montones de obreros por una ciudad destartalada, dislocada por la ambición y la maquiladora, sostenida sobre llantas de desecho. Grandes extensiones de terreno están bardeadas, incluso en las zonas más céntricas, porque las familias dueñas de juárez no los quieren vender: especulan con la tierra; esperan su turno en la Alcaldía (algún sobrino, nieto o hijo llegará) para reorientar, otra vez, el crecimiento de la ciudad y así aprovechar un aumento en la plusvalía, como lo hicieron otros antes que ellos.

La ciudad, vista desde el cielo, es como el pulmón derecho de mi padre: con enormes zonas apagadas por el mal.

Traca-traca, la matraca: una y otra vez, retumban las viejas canciones. Y tengo cinco años y las grito con todo el fuelle del pecho, con la mano derecha unida al corazón y al frente de la fila:

Yo fui uno de aquellos Dorados de Villa

de los que no damos valor a la vida

de los que a la guerra llevamos valor

de los que morimos amando y cantando:

¡yo soy de este bando!

Porque uso de lado el sombrero vaquero

y fajo pistola y chamarra de cuero

y porque acostumbro cigarro de hoja

y anudo en el cuello mi mascada roja

me creen otra cosa.

Nos creen, sí, otra cosa.

1

LA VIDA ANTES

—Hola… ¿Hablo con María Luisa García Andrade?

—Sí, la misma, dígame.

—Hola, Malú, es un placer hablar contigo. Verás mi nombre es Elena y soy una periodista española interesada en contar tu historia en un libro.

Silencio al otro lado.

—¿Sigues ahí?

—Sí, señorita…, pero es que no sé si la he entendido bien, ¿un libro sobre mi vida? ¿De verdad le parece interesante?

—Desde luego, lo más interesante que he escuchado en los últimos años.

Ésa fue la llamada que le hice a Malú un mes antes de pisar de nuevo Ciudad Juárez. Ella se emocionó, lloró y me dijo que no sabía lo feliz que la hacía con esa propuesta, que al menos tanto sufrimiento servía de algo, aunque sólo fuera para que se conociera un poco mejor lo que está sucediendo en su tierra. Y también como un pequeño homenaje a su única hermana, Alejandra, secuestrada, torturada y asesinada años atrás sin que culpable alguno haya pagado por ello.

A partir de ese momento mantuvimos contacto por correo electrónico, ella me mandaba información casi a diario y me hablaba de la gente que me presentaría una vez que llegáramos a Juárez, personas que han sido claves en cada parte de esta historia, que es la de su vida. También dejó claro un punto muy importante que me transmitía de parte del equipo de seguridad que el Gobierno mexicano le asignó después del atentado que casi le cuesta la vida: nadie en Ciudad Juárez, ni siquiera sus familiares, tendría que saber que ella viajaría a la ciudad. Todo deberíamos improvisarlo sobre el terreno, y por supuesto no podíamos comentar absolutamente a nadie dónde íbamos a permanecer alojadas.

Y así fueron pasando los días hasta que llegó el momento de viajar. La recogí en México DF y desde allí, junto a sus tres escoltas, partimos hacia la frontera. Malú lleva dos años sin pisar Ciudad Juárez. Tras el último atentado sufrido y varias amenazas se vio obligada a abandonar su ciudad natal e instalarse en la capital del Estado, junto a sus dos hijos y a su actual pareja. Pero no viven solos: tres escoltas les protegen día y noche, vayan donde vayan. Malú es uno de los blancos principales del Cártel de Juárez, el grupo de crimen organizado más peligroso de su ciudad, y sin duda implicado en las desapariciones y asesinatos de mujeres.

Justo antes de aterrizar en Ciudad Juárez, Malú murmuró entre lágrimas:

—No puedo evitarlo. Cada vez que veo Juaritos desde arriba, busco puntos perdidos en la arena, cuerpos muertos tirados y abandonados en el desierto…, es en lo primero que pienso: menudo sitio donde esconder cadáveres de chicas… ¿Cuántos habrá ahí ahorita mismo?

A la mañana siguiente decidimos ir a casa de su abuelita, como ella la llama de manera cariñosa. Su abuela Esther era la madre de Norma Andrade, que es, a su vez, la mamá de Malú y de Alejandra. Y es en esa casa, y con esa abuelita, donde Malú ha vivido la mayor parte de su vida.

Malú nació como hija de madre soltera, y nunca mantuvo relación con su verdadero padre. Tenía sólo cuatro años cuando su madre, Norma, conoció al padre de Alejandra y se quedó embarazada de ella. Todos convivieron en casa de la abuela Esther durante algunos años. Cuando Norma decidió mudarse, Malú pidió quedarse con su abuela, y aunque en un principio Norma se opuso y se la llevó con ella a la colonia Infonavit, finalmente, ante la insistencia de la pequeña, la dejaron regresar a Colinas de Juárez.

UNA INMENSA TRISTEZA
Aún estamos en el hall del hotel esperando que los escoltas nos recojan con el coche cuando Malú se ve invadida por una especie de nerviosismo infantil. Pasa de la risa al llanto mientras conversa conmigo y con Alman, el fotógrafo que nos acompañará durante esos días allí. Decido preguntarle si está segura de querer ir a la casa de su abuela Esther.

—Sí, quiero ir, pero para mí es muy duro, y tienen que entenderme. No piso aquello desde hace tres años. Allí dentro tengo toda mi vida, y temo cómo voy a encontrar la casa.

Pero hay algo más. Malú sabe que una vez pise la calle en la que creció, y por mucha discreción que haya, las personas que tanto la han amenazado sabrán al instante que ella está de vuelta. Que Malú está en Ciudad Juárez.

Nos subimos al coche y ponemos rumbo a la colonia en la que ha vivido durante treinta y dos años. El trayecto en coche dura menos de diez minutos, puesto que estamos a tan sólo cuatro kilómetros, y mientras Malú permanece en un silencio absoluto el comandante de la escolta nos va dando instrucciones. Entre nuestro asiento trasero y el maletero, tiradas en el suelo, descansan tres Kalashnikov. El comandante nos pide que no bajemos del coche una vez que lleguemos a la casa, y que de hacerlo nuestra estancia sea tan sólo de cinco minutos… algo que, por supuesto, no cumplimos.

Colinas de Juárez es el barrio, o fraccionamiento, como dicen en México, donde estaba la casa de la abuela Esther. Está formado por cinco o seis hileras de casitas bajas, todas ellas con un pequeño patio en la entrada y otro más grande en la parte trasera. Tras las últimas casas no hay nada, sólo desierto y arena. Aunque aún es muy temprano ya se ve movimiento por sus calles, hombres asomados en las ventanas por el ruido del motor de nuestro coche, muchachas uniformadas preparadas para dirigirse a sus respectivas maquilas y niños camino de la escuela: un barrio alegre, que ha tenido que convivir con la sombra de una tragedia desde hace ya demasiados años. El coche se detiene frente a una casa de fachada blanca y vallado y ventanas azules. Todo en ella permanece cerrado y semiabandonado. En el buzón rebosan las cartas no leídas y en el tejado pueden apreciarse los signos de un incendio no muy lejano. Un incendio provocado que obligó a Malú a dejar Ciudad Juárez definitivamente el 16 de febrero de 2011.

—Ésta es la única propiedad que yo tengo. Me la dejó mi abuelita al fallecer, dos meses antes del incendio. Apenas he podido disfrutarla, ojalá pudiera regresar aquí…

Malú se ha bajado del coche casi de un salto para lanzarse sobre la valla que nos separa de la puerta cerrada de la casa, y habla con dificultad sin quitar la vista de su antiguo hogar.
—La casa la levantó mi abuelita con sus propias manos, fue de las primeras personas que vino a vivir a este lugar, y de hecho ésta fue la primera casa que se construyó en esta calle. —Mientras me explica esto, me muestra el desnivel que hay en su casa respecto al pavimento de la calle y el resto de las viviendas—. Mi casa está abajo, ¿ves?, eso es porque mi abuela la construyó sobre el puro desierto y las demás están construidas ya sobre el pavimento. Estos dos arbolitos que ves en la puerta los plantó mi hijo Bryan cuando tenía cinco añitos. Él estaba en preescolar y llegó muy contento con los dos árboles y mi abuela Esther le ayudó a sembrarlos, !mira cómo crecieron doce años después!

Malú vuelve a mostrarse vulnerable y comienza a recordar, sin importarle los cinco minutos que nos ha dado el comandante.

—Me da mucho coraje estar aquí y no poder entrar. Durante años entraba, salía, desayunaba con mi abuelita aquí dentro, tras estas paredes, hablábamos durante horas…, aquí crecí yo, aquí nacieron mis hijos y aquí fue donde los crié. Aquí pasé toda mi vida, cumpleaños, aniversarios, velatorios familiares… Aquí nos reunimos toda la familia cuando ocurrió lo de Alejandra…

El equipo de seguridad que siempre la acompaña le tiene prohibido acceder al interior de la vivienda.

—Tras el incendio nunca más volví a entrar. Quedaron todas nuestras cosas dentro: la cocina, los muebles, nuestra ropa, álbumes de fotos, recuerdos de los niños… Un familiar volvió un año después y nos dijo que la casa había sido saqueada. Robaron muchas cosas, otras las quemaron en montoncitos, se llevaron hasta el cobre de las ventanas… Y las paredes están grafiteadas. Me da una inmensa tristeza imaginar cómo estará ahora la casa por dentro.

Los escoltas se acercan a nosotras para interrumpirnos, tenemos que empezar a irnos. Pero Malú sigue agarrada a la valla y vuelve a llorar, con parte de su pasado enterrado entre unas paredes a las que no puede acceder. Un pasado sepultado bajo un incendio provocado por el odio de quienes ven acercarse demasiado a quien no cesa en su lucha por descubrir la verdad.

—No me gusta estar aquí, me da mucho dolor, porque aquí nací yo y sé que nunca más podré volver a habitarla…

No me quedan recuerdos… Me han arrebatado mi vida entera, la mía y la de mis hijos.

El comandante pierde la paciencia:

—Tenemos que irnos, licenciada: ya.

Seco las lágrimas de Malú, nos abrazamos y caminamos hacia el coche.

El policía que conduce nuestro vehículo, y que forma parte de la escolta, ha acelerado bruscamente para dejar la calle en la que han aflorado tantso recuerdos. Mientras subíamos al coche, Malú se ha quedado mirando fijamente a un hombre, de unos cincuenta años, moreno, que se escondía tras una cortina en la ventana de la casa de enfrente.

—¿Quién era ese señor? —pregunto.

—Mi tío Andrés —responde ella mirando aún en esa dirección—. Desde que pasó lo del incendio y lo de mi mamá, ningún familiar quiere tener contacto con nosotras. Estamos tan señaladas que cualquier persona cercana a nosotras corre peligro.

Malú vive rodeada de escoltas, y desde fuera puede parecer que tanto ella como los que la protegen pecan de cautos. Pero cuando el comandante gira la cabeza y nos habla alternando su mirada hacia nosotras dos me doy cuenta de que no bromea

—Señoritas, ellos ya saben que la licenciada anda por acá. Cuando ustedes andaban platicando en la puerta, pasaron dos camionetas, una paró y avisó a la otra por radio, hablaban de la señorita Malú. No deben volver a desobedecer una orden. Deben entender que sus vidas están en mis manos y las de mis compais,* y yo soy el que manda. * Compadres, compañeros.

Malú y yo asentimos serias y cada vez más preocupadas.

Nos movemos en coche sin ninguna dirección, vamos a circular por esas calles que Malú no puede recorrer a pie y en las que tantas vicisitudes ha vivido. Ella, con la mirada perdida, rememora su infancia.

—Echo mucho en falta a mi abuelita, este pedazo de calle… Aquí había muchísimos niños de mi edad, de la edad de mi hermana: mis tres primos, Pedro, seis años mayor que yo, Gloria que es de mi edad, y Martha, que es del año de mi hermana… Ellos son hijos de Andrés, el hombre que acabamos de ver, y vivían justo enfrente. Yo vivía sola con mi abuela Esther y Alejandra con mi mamá en la colonia Infonavit, pero como mi madre daba clases en la escuela Alejandra se pasaba el día aquí, en nuestra colonia. Bueno, pues toda esa pandilla, los hijos de los vecinos y todos nosotros jugábamos a mil cosas, a la escondida y juegos por el estilo, y así hasta que tuvimos doce o trece años, cuando, ya sabes, cada cual busca su grupo de amigos.

Ella tenía cuatro años más que Alejandra y, por tanto, le tocó ejercer de hermana mayor cuando Norma trabajaba. A Malú le gusta hablar de Ale, a pesar del velo de tristeza que recorre su mirada.

—Mi tío Cuate y mi tía Chela siempre nos traían regalos cuando venían a visitarnos a casa de mi abuelita. Yo tendría unos once años y una vez me trajeron un puzzle enorme, ¡de tres mil piezas! —A Malú le ha cambiado la expresión por completo, ahora irradia felicidad y sonríe tanto que parece que estuviera viviendo de nuevo aquel instante—. Y además no era nada fácil, porque representaba la escena de un crimen, con un detective, con su lupa, y la tiza blanca que dibuja el contorno del cadáver… y un cielo negro inmensa… ¡Era realmente complicado de armar! Tardé muchísimo en hacer el rompecabezas, y, como era tan grande, lo iba montando por partes y colocándolo sobre la mesa. Cuando por fin lo terminé estallé de alegría, fui corriendo en busca de mi abuelita, que andaba en la calle platicando con las vecinas, la agarré de la mano, y le pedí que entrara para verlo. Ella me siguió al cuarto y… ¡Menuda sorpresa! Ale, que tendría seis o siete años, estaba tirando las piezas por encima de su cabeza, como si fueran confeti. Para mí ese día se acabó el mundo, ¡imagínate!, me dio tanto coraje que agarré todo y lo tiré a la basura.

Los recuerdos de los días felices la hacen reír a carcajadas y poco a poco se va abriendo y mostrando su mundo.

—Alejandra era una chava bien traviesa. Me desesperaba, pero también la adoraba… Recuerdo una vez que con cuatro años me tocó cuidarla, me despisté, se subió a una silla y pintó la pared con un rotulador. Cuando llegó mi abuelita me dio unas buenas nalgadas, (azotes) ¡porque evidentemente no creyó que Alejandra llegara a esa altura para poder pintar nada! Ay, maldita mugrosa canija.

Su risa es realmente contagiosa, pero cuando le pregunto a Malú qué le gustaría hacer en este momento, su respuesta llega acompañada de una pena enorme reflejada en sus ojos oscuros:

—Abrazar a mi hermana.

LA ABUELA ESTHER

La abuela de Malú se quedó viuda muy joven y tuvo que compaginar su trabajo en casa con las largas jornadas en la maquila donde trabajaba como limpiadora.

—Ella trabajaba desde que tengo uso de razón en una maquila que se llamaba Surgicos, y era una de las encargadas de la limpieza. Tenía que levantarse cada mañana a las tres, ¡todos los días!, porque entraba a las seis y tenía que hacer virguerías para llegar a la fábrica. Primero recorrer varias cuadras, agarrar el transporte para llegar al centro de la ciudad y, ya desde ahí, agarrar el siguiente para llegar a la maquila. Era compulsivamente puntual, daba igual que tronara, nevara…, ella no podía faltar a su trabajo. De hecho, cada año le daban obsequios en la fábrica por no faltar, por ser puntual. El caso es que cuando Alejandra se quedaba a dormir con nosotras dos porque mi mamá trabajaba, mi abuelita nos metía en la cama a las ocho de la tarde por el madrugón tan grande que tenía que darse. Y, claro, a esa hora aún era de día y todos nuestros amigos jugaban en la calle… ¡Y nosotras desde el cuarto les oíamos! No teníamos nunca sueño y platicábamos durante horas…, y mi pobre abuelita nos regañaba, porque no la dejábamos descansar, pero nosotras seguíamos platicando porque queríamos salir fuera.

Malú cambia el tono de pronto, porque parece que acaba de darse cuenta de que «ahora de grande, y pensando, entiendo el desgaste tan cabrón que era para ella».

Es positivo que Malú rememore la parte luminosa de su vida, los recuerdos más alegres, antes de entrar en el momento actual, que al fin y al cabo es una inmensa herida abierta que a ella le duele mucho. Y ella habla y habla, habla de los fines de semana, de cuando se juntaban todos con José, el padre de Alejandra a la cabeza, para ir de pesca.

—Aquí, en Juárez, tenemos el río Bravo, que antes estaba seco y era un río de verdad. Está justo en la frontera con Estados Unidos, y antes iba llenito de agua. Podía incluso arrastrarte y estaba repleto de peces. A mi madre le gustaba más llevarnos al cerro, a practicar escalada, a cantar, a cocinar carne asada al aire libre. Siempre venían todos mis primos y hacíamos mil trastadas. Recuerdo cómo mi primo Pedro les daba siempre cerveza a y a Wero, nuestros perros, para emborracharlos y luego lanzarlos al agua para que se les pasara la borrachera. Luego cocinábamos los peces que pescaba José en el río y así pasábamos nuestros días de campo, tan felices.

»Mi abuelita nos llevaba muchas veces al cine. Recuerdo que una vez, siendo pequeña, fuimos a ver La profecía, sin saber muy bien de qué trataba, pero era la película del momento y la única que pasaban en los cines de acá. En la película cae una fuerte granizada, ¿recuerdas?, bueno, pues según salimos del cine comenzó a granizar… Imagínate el susto que pasé yo, creí que se acababa el mundo. —Y una vez más, Malú, la mujer invencible, rompe a reír a carcajadas—. También recuerdo con mucho cariño los sábados en que mi abuela Esther nos llevaba a casa de su mamá, nuestra bisabuela Toña. Jamás conocí a una mujer que cocinara como ella. Paseábamos hasta el centro y nos subíamos en la rutera (Rutera o ruta: autobus) que nos llevaba a su casa. Allí siempre nos esperaba la con mi comida favorita, mole con enchiladas. De verdad que desde que murió ella no he vuelto a probar algo tan delicioso.

Malú cuenta que era muy buena estudiante, «en todo menos en Historia, que me daba mucha pereza, y mi pasión era participar en la Escolta. Se trata de un desfile que se celebra el 16 de septiembre, día en que se conmemora el comienzo de la lucha por la independencia, en el que seis alumnos hacen los honores a la bandera mexicana. Lo hacen los militares ante el Presidente y en los colegios se imita a menor escala, ¡pero no por eso menos importante! Como mi voz es tan grave y fuerte, mi sueño era ser la líder, la comandante de la Escolta…, pero como soy tan chaparrita lo único que logré fue llegar a formar parte de la Escolta, algo que no está nada mal, ya que no todo el mundo lo consigue. Para pertenecer a la Escolta debías sacar buenas notas, observar buena conducta y cumplir siempre con las tareas, pues representar a la Escolta es algo muy importante aquí en México».

A Malú la adolescencia le duró poco, puesto que con quince años se quedó embarazada de Wendy, su hija mayor, un embarazo programado por ella misma, según cuenta.

—Cuando cumplí catorce años, mi mamá intentó que volviera a vivir a su casa de Infonavit, pero me opuse con todas mis fuerzas porque además por aquel entonces yo andaba saliendo con un muchacho, y no quería perder la libertad que tenía en la casa de mi abuelita. Ella me dijo que la única manera de no volver a su casa sería estando embarazada. Y entonces lo hice. En un principio mentí y dije que lo estaba, que me había quedado encinta, pero era mentira y sólo yo lo sabía. A los tres meses de aquella mentirilla me fui con aquel muchacho, Jesús, programé mis días fértiles y tuvimos nuestra primera relación… Nueve meses después, el 4 de septiembre de 1995, nació Wendy… ¡y nadie notó que había pasado un año desde que lo anuncié!

La conversación prosigue mientras pasamos por uno de los restaurantes favoritos de Malú. Es una terraza al aire libre, en mitad de un parking público. A ella le encanta la barbacoa, una especie de carne asada que cocinan lentamente para que la textura quede deshebrada, o desmechada, como dicen en México. Preparan una bandeja hasta arriba con un montón de carne, que hay que ir repartiendo en pequeñas tortitas de trigo. Ante una buen comida y dos cervezas con limón, Malú sigue desgranando su vida, una vida igual que la de tantas mujeres juarenses.

—Conseguí lo que pretendía y me quedé en casa de mi abuela. Se vino con nosotras Jesús, el papá de Wendy…, bueno, más bien iba y venía, porque jamás fue una relación muy estable. —En su rostro se dibuja una mueca divertida—. Yo tenía quince años y seguía estudiando la prepa, la mayor parte del tiempo desde casa porque con Wendy todo era más difícil. Pero entonces mi bisabuela tuvo una caída y se fracturó la cadera. Ella vivía bastante lejos de nosotras y la trajimos también a casa de la abuela Esther. Hice una pausa en la escuela y mamá y la abuelita me ofrecieron un dinerillo a cambio de cuidar a mi bisabuela, así que acepté, porque me venía muy bien para los gastos de mi bebé.

Durante ese periodo de tiempo la relación con Jesús se mantuvo más o menos de manera regular, y a pesar de que Malú tomaba anticonceptivos algo falló: a los cuatro meses de nacer Wendy se quedó embarazada de mi bebé.

—Yo andaba de tratamientos porque quería esterilizarme, ¡no me veía criando más niños! De repente comenzó a faltarme el periodo y no le di importancia, hasta que tres meses después el médico me dijo que estaba encinta, y que además se trataba de un embarazo de alto riesgo. Fíjate lo que aguantaba yo en casa que cuando llegué y se lo conté al que entonces era mi novio se enfadó mucho y me dijo que yo era una inconsciente. Me golpeó fuertemente y me empujó por la escalera. Gracias a Dios no pasó nada, y cuatro meses después nació Bryan.

Malú pasó a cuidar ella sola a sus dos hijos y a su bisabuela, una tarea complicada para una niña de dieciséis años.

—Del 96 al 98 no sé cómo aguanté. Mi bisabuela se movía con andador, a veces no me conocía, y yo tenía que hacerle todo, e incluso darle la comida. El colmo de la mala suerte fue que a los pocos meses a mi abuela Esther le dio una embolia, y se puso muy mal porque se le había paralizado medio cuerpo. Su rehabilitación fue muy lenta y cuando salió del hospital también tuve que ocuparme de ella. En noviembre del 98 mi bisabuela falleció, y para entonces mi abuela ya se movía mejor y de nuevo me ayudaba con los niños.

Malú y Alejandra se llevaban cuatro años, y por culpa de esos embarazos tan tempraneros no pudieron compartir demasiado tiempo ni disfrutaron plenamente de la relación entre hermanas.

—Cuando yo tenía quince años y me quedé embarazada de Wendy, ella sólo tenía once. Yo era ya madre y ella aún era una niña, que jugaba con mis hijos como si fueran sus muñequitos. Y cuando ella se quedó embarazada, con quince años, yo ya tenía a mis dos hijos. No tuvimos mucho tiempo para compartir todo eso, porque a los diecisiete años la perdimos.

Aunque han pasado ya trece años desde que su hermana no está, Malú tiene su recuerdo grabado a fuego. El recuerdo de Alejandra, una morena guapa, delgada, muy alta para ser una chica juarense, como dice Malú, con unas piernas infinitas y una cara preciosa, unos labios finos, y unos ojos de color miel, alegres y locuaces, un cuerpo al que acompañaba una voz aguda, una voz aún de niña.

—Lo que más me gustaba era la energía que desprendía, era una muchacha cuya alegría contagiaba. Desde niña quiso ser periodista, le gustaba hablar con la gente, contar historias, se relacionaba bien, era demasiado inocente. —Hay cierto tono de rencor al decir esas palabras, quién sabe si en el fondo piensa que de no haber sido su hermana tan confiada, hoy estaría con su familia—. Ella soñaba con hacer cosas importantes en la vida…, cuando eres adolescente, a veces sueñas con cambiar el mundo, y a ella le ocurría eso, aunque cuando tuvo a Jade la verdad es que empezó a conformarse con tener su matrimonio, sus niños. Ella creía que así sería feliz.

Alejandra, sin embargo, dejó mil cosas por hacer, y una de ellas fue celebrar una fiesta familiar por todo lo alto, en agosto de 2001, para celebrar así varios cumpleaños que coincidían aquel mes.

—Ale cumplía el 31 de agosto; su hijo Kaleb el 28 de ese mismo mes; mi hijo Bryan es del 23, también de agosto, y el de mi hija Wendy es el 4 de septiembre. Alejandra quería hacer una fiesta para celebrar todos aquellos cumpleaños…

Pero Alejandra desapareció dos semanas después de haberlo propuesto, sin tiempo siquiera de bautizar al pequeño Kaleb.

Malú se refiere a Alejandra como una niña con niños, apenas una adolescente entregada a sus hijos, aunque hipotecada por una relación que cambió su vida para mal, por culpa de Ricardo, el padre de los pequeños. Alejandra y Ricardo se conocieron en la secundaria, con trece años, y dos años después, justo antes de la graduación, cuando ella se preparaba para su fiesta de la quinceannera, ocurrió algo que según Malú hizo que la vida de su hermana pequeña cambiara radicalmente.

—Mi mamá me pidió que organizara yo el baile típico de esa fiesta. Ese día es muy especial para las mexicanas, ya que se celebra el paso de niña a mujer, durante el año que cumples los quince. Se festeja igual que si de una boda se tratara: la muchacha lleva un vestido de gala, hay un banquete suculento y los invitados bailan hasta la madrugada.

Para el ensayo del baile cité en casa de mi madre, que ese día trabajaba, a Alejandra y a todos los muchachos que debían participar en la coreografía. Me retrasé quince minutos, y cuando llegué me extrañó ver a todos los chicos en la puerta, esperando fuera con cara de circunstancias. Pregunté por mi hermana y me contestaron que andaba dentro. ¿Por qué no les ha invitado a entrar?, pregunté, pero ninguno contestaba, y entonces caí en la cuenta de que Ricardo tampoco se encontraba fuera. Abrí rápidamente la puerta y nada más hacerlo vi unos pantalones de hombre y un cinturón tirados sobre un sofá. Hice ruido a propósito y comencé a subir la escalera. Entonces apareció Ale, sobresaltada y con cara de sospechosa, en braguitas y camiseta, y con una toalla envolviendo su pelo. Me dijo que estaba terminando de secarse el cabello y que por qué tenía que entrar dando esos golpes. Cuando se puso a mi altura le quité la toalla y, efectivamente, como sospechaba, su melena estaba seca, así que seguí subiendo peldaños porque quería llegar a ver a Ricardo y confirmar lo que andaban haciendo… ¡Mi hermana tenía apenas quince años! Me pidió que no, que por favor saliera, que la situación era muy incómoda. Recapacité, bajé, la agarré del pelo y la obligué a que me escuchara. Quería explicar a la huevona de Alejandra que debía centrarse en sus estudios, que podía quedarse embarazada y arruinar así su vida. Ella me dijo que no, que no había pasado nada, que tan sólo estuvieron tonteando… Pero lo cierto es que Alejandra esa tarde se quedó en estado.

En mayo nació Jade, su primera hija. Malú cuenta esta historia recordando sobre todo cómo fue la reacción de Norma Andrade, su mamá, la maestra, esa mujer a la que todos respetan y cuyo carácter fuerte hacía que a las dos hermanas les temblaran las piernas cuando eran conscientes de que se avecinaba tormenta.

—Mi mamá jamás nos puso una mano encima, pero nos educó de tal manera que aprendimos a no desobedecerla jamás. Una mirada suya bastaba para enderezarnos. Ella es fuerte, sus ojos, su voz, su compostura. Es capaz de tener a cien alumnos sentados durante horas sin que abran la boca, y lo mismo ocurría con nosotras, con sus hijas. El caso es que cuando pillé in fraganti a Ale fui a hablar con mi madre, ya que al fin y al cabo era la que vivía con ella y consideré que debía saberlo… Su respuesta, como en la mayoría de las ocasiones en las que yo mostraba preocupación por algo, fue que mi hermana no era tan tonta como yo y que no le iba a pasar lo mismo.

Pero cinco meses después, Norma supo del embarazo de su hija pequeña y en la casa se vivió un auténtico drama, pues además, poco después, Alejandra le comunicó a su abuela Esther sus intenciones de irse a vivir a México DF con Ricardo, puesto que él era de allí y podían instalarse en la casa de su familia. Entre Malú y la abuela Esther reunieron seiscientos pesos y se lo dieron a la jovencísima pareja, que no tardó ni una semana en poner rumbo a la capital.

EL INFIERNO PARA ALEJANDRA

Pasó el tiempo y Norma fue aceptando que Alejandra hubiera elegido tener a su hija en México DF junto a la familia de su novio. Sin embargo, a la muchacha comenzó a no irle bien en la ciudad de su pareja. Ricardo empezó a cambiar su carácter y a tratarla mal.

—Empezó a pegarle a mi hermana, a humillarla, a insultarla y a echarla de su casa cada vez que le venía en gana. Al poquito de nacer Jade, Alejandra nos telefoneó: Ricardo la había vuelto a echar y había lanzado todas sus cosas por la ventana. Ella estaba en mitad de la calle, sin dinero, con su hija y con todas sus pertenencias esparcidas por el suelo. Entre toda la familia pagamos a mamá un pasaje de avión para que fuera al DF y trajera a Alejandra de vuelta a casa. La tranquilidad duró muy poquito tiempo, y cuando ya estaban mamá, Alejandra y Jade con nosotros, regresó Ricardo a Juárez y de nuevo se la llevó.

Malú se enfada cada vez que nombra a su excuñado. En la lápida de Alejandra hay una inscripción que reza lo siguiente: «Si en esta vida sufriste, esperemos que en el cielo encuentres paz». Y es que el infierno de Alejandra no comenzó el día de su desaparición, sino cuando conoció a Ricardo, tres años antes.

—Cuando volvieron a casa de la madre de Ricardo, éste regresó a su vida nocturna habitual, a salir de fiesta, a beber, a dejar a Alejandra con Jade en casa haciendo todos los quehaceres del hogar… Pero no sólo eso. Una noche, Ricardo metió a todos sus amigos en casa y a una chica con la que Alejandra sospechaba que el padre de su hija mantenía una relación. Como Alejandra esa noche estaba molesta por tanta fiesta, ya que quería dormir y la niña lloraba, Ricardo decidió encerrarlas en una habitación con llave y las dejó allí dentro durante horas. Alejandra, pasado el temporal, nos llamaba por teléfono y lloraba mucho, y mi mamá lloraba aún más por verla mal. Nos contaba que no le daban dinero ni para comprar pañales y que andaba casi en la indigencia, mientras Ricardo se lo gastaba todo en tomar (beber alcohol) y salir de parranda.

Malú recuerda cómo Norma y ella volvieron a coger un avión para ir a ver a Alejandra. Iban con el discurso bien aprendido y se mostraron serias y directas con ella.

—Le dijimos que no podía estar mareándonos y preocupándonos. Que si era mayor para haber decidido venir a México DF a vivir también lo era para tomar otro tipo de decisiones. Que si Ricardo se lo hacía pasar mal, que fuera valiente, le abandonara y regresara a Juárez con nosotras, pero que no podía llamarnos cada día contándonos lo odioso que era este tipo y después no dar el paso de dejarle, porque a nosotras nos preocupaba mucho, y aún más con tantos kilómetros de por medio. Le dijimos: «Si decides seguir con él hazlo, pero no nos vuelvas a hablar mal de él o no podremos después ponerle buenas caras, lo acabaremos odiando y tú parece que le adoras, así que, pequeña, tienes dos opciones: si te trata mal le dejas, y nosotras te apoyaremos. Si aun así decides seguir con él, trágate tus lágrimas y aguanta. No vayas allí a llorarnos, porque tú te irás de nuevo con él, pero mamá se quedará sola, preocupada, encabronada y llorando».

Norma y Malú regresaron a Ciudad Juárez para seguir con sus vidas, dejando a Alejandra con rostro serio pero sin decir mucho más. Pasaron las semanas y no volvieron a saber de ella. Un mes después volvió a telefonear: Ricardo había vuelto a pegarle y ella no soportaba más, quería volver a casa con Jade. Dos días después, Alejandra y su hija estaban viviendo de nuevo en la casa de Norma en Infonavit.

Nueve meses después nació Kaleb, el segundo hijo de Alejandra… Y ésta, sin querer, fue poco a poco volviendo a caer en las garras de Ricardo. Seguía locamente enamorada de él.

La relación de Alejandra con Ricardo era una relación de amor-odio. Ella le evitaba y a la vez lo buscaba. Cuando él llamaba por teléfono ella no era ni siquiera capaz de colgarle. Sabía que le hacía daño pero no podía dejar de quererle. Ricardo era la adicción de Alejandra. Le tenía miedo, la bloqueaba, la anulaba…, pero a ella le encantaba y no podía vivir sin él. Mal que nos pese, este tipo de relaciones desiguales, tóxicas, son más habituales de lo que pueda parecer a simple vista, e incluso mujeres de carácter fuerte y decidido quedan anuladas cuando se enamoran del hombre equivocado.

—Nunca me expliqué cómo Alejandra se enamoró así de ese tipo, pero estaba totalmente sometida. Mi hermana no era mi hermana cuando estaba con él. Yo desde el principio lo tenía calado. A pesar de lo enamorada que estaba ella yo le decía: «Ay, un chilango (Natural de México DF) es cosa mala…. », y aun así la apoyé.

Cuando nació Kaleb, la situación fue de nuevo calmándose y Ricardo se apartó de ella. Alejandra encontró trabajo en la maquila de Promex y retomó los estudios. Entre todos habían conseguido que la joven olvidara a Ricardo y la vida comenzó a sonreírle. En el trabajo, Alejandra conoció a un buen chico, serio y responsable, que empezó a cortejarla.

Se llamaba Alonso y era muy dulce con ella; a Ale se le veía muy feliz. Lo presentó a la familia en febrero de 2001 y a él no pareció molestarle que ella tuviera ya dos niños. Estaba muy enamorado. Kaleb tenía sólo cinco meses y ella quería que Alonso fuese el padrino del pequeño.

El 13 de febrero, la noche antes de que Alejandra desapareciera, la joven tuvo una fuerte discusión con su madre.

—Ella era muy cría, tenía aún la tontuna típica de los diecisiete años, el medio enamoramiento de Alonso, y además era muy huevona. No nos ayudaba demasiado a mamá y a mí con las tareas de la casa y prefería pasar el tiempo jugando con los niños. Esa noche yo me había quedado también en casa de mi mamá con Bryan y Wendy porque estaba ayudando en el colegio a preparar la Escolta de ese año, y me quedaba mucho más cerca Infonavit que la casa de mi abuelita. Recuerdo aquella noche como si hubiera sido ayer mismo… Ale jugaba con Bryan, él se escondía bajo la cama y ella hacía que le buscaba. Estuvieron casi una hora así y Norma se enfadó porque había encargado a Alejandra limpiar el suelo. Ale agarró a Kaleb en brazos y contestó a mi mamá de malas maneras, dijo que no soportaba sus regañinas diarias, y en mitad del sofoco y con los nervios golpeó sin querer la cabecita del niño contra la pared. Mi mamá se enfadó aún más y enseguida nos fuimos a acostar. Ésa fue la última vez que vi a Alejandra. Por la mañana, cuando yo me fui, Alejandra ya se había marchado a la maquila.

El 14 de febrero, cuando ya por la noche Norma vio que Alejandra no volvía a casa, telefoneó a Malú a casa de la abuela Esther y le contó que su hermana no había vuelto y que empezaba a estar preocupada.

—Yo sinceramente pensé que quizá, como era el Día de los Enamorados, se habría ido con Alonso y se les habría pasado la noción del tiempo. Le dije que no se preocupara, que esperáramos un poco y que si no aparecía llamaríamos a Alonso. Mi mamá llamó a casa del chico dos horas después y éste le contestó que efectivamente había visto a Alejandra en la maquila pero que después no supo más de ella, y que no pasaron la tarde juntos, como nosotras suponíamos… Al amanecer, mi mamá telefoneó a todas las amigas de Alejandra y ninguna sabía absolutamente nada de ella. Fui corriendo a casa de mi madre y la encontré llorando y muy alterada. Alejandra nunca antes había hecho una cosa así y comenzamos a pensar que algo malo podía haberle ocurrido.

 El comienzo

LA DESAPARICIÓN DE ALEJANDRA

Ciudad Juárez, 14 de febrero de 2001

Cuando sonó la sirena en la maquiladora Plásticos Promex, Alejandra sonrió. Eran las siete de la tarde y llevaba doce horas dando forma al medio millar de componentes que durante esa jornada habían pasado por sus manos morenas. Tenía callos desde que trabajaba en ese lugar, y a veces incluso se quejaba porque las manos se le dormían por completo. Pero no le importaba pues necesitaba el empleo. Y es que, aunque era apenas una adolescente de diecisiete años, ya tenía dos hijos: Jade y Kaleb.

Alejandra abandonó su puesto a toda prisa, puesto que sólo disponían de diez minutos para ir a los vestuarios, cambiarse de ropa y ser relevados por el siguiente turno. Ese 14 de febrero era el Día de los Enamorados y de la Amistad, y había pedido permiso a Norma, su madre, con la que vivían ella y los pequeños, para quedarse un ratito más fuera de la maquila hablando con sus compañeros, en especial con Alonso, un joven trabajador de la fábrica que llevaba algunos meses pretendiéndola y que a ella le encantaba.

Mientras cambiaba su uniforme de trabajo por unos tejanos y un suéter negro, Alejandra les contó a sus compañeras que estaba algo disgustada porque la noche antes había mantenido una discusión con su madre. Norma se esforzaba para que Alejandra fuera más responsable con las labores de la casa, al fin y al cabo si había sido mayor para tener dos críos también debía serlo para atenderlos. Pero a Alejandra las tareas del hogar nunca le hicieron mucha gracia. Ella lo que quería era ser periodista, y por eso compaginaba el empleo de tres días en la maquila con sus estudios en la preparatoria, el paso previo para acceder a la universidad. A veces también se sacaba un sobresueldo como modelo, sobre todo posando para los anuncios de la fábrica para la que trabajaba. Era guapa y destacaba entre las otras chicas, para empezar por su estatura, pues medía un metro setenta, algo poco habitual entre las mujeres de Juaritos, como los juarenses llaman a su ciudad, Juárez. Alejandra tenía unos grandes ojos de color miel, tan grandes que dicen los que la conocieron que «con mirarte ya te había conquistado». Sobre ellos llamaban la atención unas pobladísimas cejas que no restaban en absoluto belleza a ese rostro que se daba cierto aire a la tan admirada Frida Kahlo. Su pelo era negro azabache, y hacía poco que se lo había cortado a la altura de los hombros.

Alejandra se colgó su mochila negra en la espalda y se dispuso a salir. Ya era de noche, y hacía frío, pues Juárez está en el desierto y allí las temperaturas pueden llegar a ser muy extremas. Estuvo como unos veinte minutos charlando fuera con su grupo de amigos, hasta que decidió que se hacía tarde y que debía ir a esperar el autobús que la llevaría a casa. Siempre salía con ganas de reunirse con sus pequeños; Jade tenía un año y medio, y Kaleb sólo siete meses, y aunque lo normal es que Norma fuera con ellos en su coche a recoger a Alejandra, aquel día no pudo hacerlo porque tenía que dar un curso sobre educación sexual en el colegio donde trabajaba. Así que Alejandra se despidió de sus compañeros y comenzó a andar…

La maquiladora estaba en pleno centro de Ciudad Juárez, pero por aquellos años aún no se había edificado demasiado alrededor de la fábrica, tan sólo un centro comercial en un lateral, el Plaza Juárez Mall. Sin embargo, Alejandra no tenía que pasar por él para llegar a la parada del autobús, simplemente debía caminar durante diez minutos para atravesar un enorme descampado que quedaba frente a la maquila, un terreno lleno de maleza, basura e incluso animales muertos.
Alejandra comenzó a caminar, se cruzó con una señora que cargaba con varias bolsas de las tiendas del Mall y seguramente sus pensamientos estaban puestos en Jade, en Kaleb, en Alonso… Pero nunca llegó a esa parada de autobús.

Nunca regresó a casa. Nunca más volvió a ver a los suyos.

LA HISTORIA DE ANGÉLICA Y PAMELA… Y LA MATERNIDAD INTERRUMPIDA

23 Jun

Sólo un crimen es más castigado en el interior de las cárceles mexicanas que asesinar a un hijo: quitar la vida de la madre. Se pueden vender drogas por puños a niños o secuestrar y coleccionar mutilados y vivir con deshonra en libertad, pero aun con decoro en el encierro.

Arrancar la vida a quien la da es imperdonable.

Es parte de la ley viva en el interior de las prisiones. La misma que obliga a no delatar el peor de los abusos, a pagar a las autoridades formales e informales por recibir visita, pasar lista, dormir, declarar, vestir, fornicar, comer, beber, matar o vivir.

Por eso se entiende la suerte de Pamela en la penitenciaría de Barrientos, una de los más duras en el Estado de México a donde la muchacha fue presa acusada de asesinar a Angélica, su madre.

  

Intentó mentir adentro con que llegaba a prisión por robar algunos cosméticos en el Palacio de Hierro. Intentó pagar protección, pero en la cárcel el dinero es agua entre las manos. Y ahí la verdad o lo que por eso entienda el consenso de la cárcel siempre se impone.

Cuando las demás presas supieron que había llegado ahí por el asesinato de su madre, no dudaron. La arrastraron al baño y, como la madrugada en que llegó, le arrancaron la ropa para desnudarla.

Luego la violaron.

Angélica Patricia Domínguez Escamilla nació y creció en el centro de Tlalnepantla, hasta hace algunos años uno de los municipios más industrializados del país. A los 12 años sus padres se mudaron hacia el norte, a Barrientos, el mismo barrio que acoge la cárcel a donde llegaría su hija acusada de asesinarla.

Su padre fue un albañil alcohólico y golpeador de su mujer, la madre de los seis muchachos que debieron trabajar desde su primera infancia. A partir de los seis años, Angélica, una de las hermanas mayores, mendigaba casa por casa clamando por tortillas duras, se ganaba algunos centavos lavando trastes o lavando ropa ajena para ayudar a su mamá en los gastos de ella y sus hermanos.

A sus 14 años consiguió un trabajo en una empresa de revistas. El empleador dudaba de tener frente de sí a una niña, pero Angélica era empecinada, rasgo que la empujó a matricularse en un Colegio de Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Angélica era chiquita de estatura, de tez apiñonada y dueña de una melena rizada oscura que teñía de rubio, más a tono con sus ojos café claro y sus pestañas largas que estiraba todavía más con el rímel. Delineaba el borde de sus párpados inferiores de verde y colocaba color sobres sus labios.

En su juventud halló en la cultura azteca una pasión metafísica. Se integró a grupos de danza prehispánica. Bailaba cada fin de semana con las semillas de codo de fraile en los tobillos a manera de cascabeles y botas de peluche blanco que simulaban partes de la piel de un venado. El resto del atuendo eran falda y blusa rojas con perforaciones y bordados. Rodeaba la cintura con una cinta y se tocaba la cabeza con un penacho que, al final de su vida, alcanzaba una jerarquía de tres plumas, una verde, una roja y una blanca que representaban los elementos de tierra, fuego y aire.

“Ella decía que era fuego por el temperamento que tenía. Ella se incendiaba muy rápido y le gustaba el agua porque el agua siempre fluye y nunca se estanca y a mi mamá nunca le gustó detenerse en nada”, recuerda Pamela.

La danza la mantuvo en excelente forma física y, aseguraba ella, también mental y espiritual, hasta su edad mediana, cuando murió asesinada.

Angélica leía con ansiedad las leyendas del Mictlán, el mundo de los muertos de la mitología mexica. Admiraba la cosmovisión nahua y su entendimiento de la muerte, desprovisto de la tragedia y el dolor propios del cristianismo. Cada año, en el Día de Muertos, viajaba al Lago de Pátzcuaro, en Michoacán, o al pueblo de Mixquic, en la zona rural del Distrito Federal, para presenciar y participar en las ofrendas para el regreso momentáneo del inframundo.

En su último año en el bachillerato atendió a sus intereses en las ciencias naturales. Indecisa por qué carrera elegir, lanzó una moneda al aire en que se jugó uncamino por la agronomía o la medicina.

Sus buenas calificaciones le abrieron las puertas de la Facultad de Medicina en Ciudad Universitaria, pero no podía dejar de lado su trabajo en el norte de la Ciudad de México, así que hizo su cambio a la Facultad de Iztacala, en Tlalnepantla.

En alguno de los viajes a Tepoztlán del grupo de danza azteca conoció a un danzante que de inmediato la cortejó. El muchacho se ausentó de alguna de las presentaciones y un hermano suyo, un músico y fabricante de instrumentos prehispánicos, tomó su lugar en el flirteo con tanto éxito que se casó con Angélica cuando ambos pasaban los 18 años de edad.

Por esta época, la pareja sufrió el atropellamiento de un automóvil en la Avenida Mario Colín de Tlalnepantla. Él se levantó con algunos raspones y ella sobrevivió con la cadera destrozada, pero no los gemelos de que esperaba. Los especialistas advirtieron que difícilmente volvería a caminar y que de ninguna manera se lograría embarazar.

Pero, voluntariosa, ella volvió a danzar y el matrimonio procreó dos niñas. Primero nació Ivonne y, siete años después, el 5 de agosto de 1991, llegó Pamela.

Tras cursar la carrera de medicina con una niña en brazos, Angélica analizó su aflicción e interés por el duelo de quienes han perdido alguien y cursó varios diplomados en tanatología.

“Ella pensaba que la persona que lloraba por alguien que moría era muy egoísta, porque sólo quería la permanencia de su compañía. Creía que a los muertos los debemos dejar que se marchen en paz”, recuerda Pamela.

Angélica practicó la medicina en el Seguro Social, pero no abandonó sus intereses académicos y logró especializarse en medicina del trabajo, influenciada por su marido quien se ocupó como obrero en la industria metalúrgica. Algunos años después, la mujer debió agregar a sus títulos el de madre soltera luego de divorciarse del padre de sus hijas.

También vivió el agobiante deterioro al que se sometió la institución. Se jubiló, pero, con la pasión viva por la medicina, se mantuvo activa. Era insistente y fuerte en todos los sentidos que ese adjetivo ofrezca, a pesar de su tamaño pequeño.

A los ocho meses de checar su último tarjetón, Angélica buscó empleo y lo encontró en un consultorio municipal del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) estatal entonces presidido por la primera dama Angélica Rivera Hurtado, un sitio con recursos menos que suficientes completados por la voluntad de Angélica. Colocaba dispositivos intrauterinos a madres que vivían embarazadas, regalaba algún medicamento a sus hijos para que las lombrices los dejaran un rato en paz.

“Esa era mi mamá. Era buena persona”, recuerda Pamela Ruíz Domínguez, su hija que fue a prisión acusada de asesinarla.

La madrugada del 4 de abril de 2011, Angélica despertó con gritos de auxilio. De su recámara salían ruidos de su cabecera de madera golpeando contra la pared.

–¡Pamela! –pidió ayuda Angélica.

En ese tiempo, Pamela estudiaba diseño gráfico por la mañana en la UNAM y arquitectura por la tarde en la Universidad Tecnológica, carrera que cursaba con el financiamiento de Angélica. Si algunos minutos sobraban al día los compartía con su novio, Luis Carlos Jiménez Aguilar.

La joven dormía entre dos y tres horas y la carga de trabajo la había colocado en la posibilidad de reprobar una materia por no despertar a tiempo en la mañana. Su madre decidió que el calentador de agua se quedaría apagado y así Pamela se vería obligada a programar más temprano el despertador.

Ese día, entre las cinco y las cinco y media de la mañana, Pamela descendió a la planta baja de la casa para iniciar la flama.

–¡Pamela! –urgió Angélica.

Pero la muchacha se quedó paralizada. Reaccionó algunos segundos después y corrió a la salida. Antes de alcanzar la puerta chocó con un hombre que llevaba la cabeza cubierta con un pasamontañas negro. Sólo quedaban descubiertos sus ojos y parte del tabique nasal. Sus manos iban dentro de guantes cafés. Cuando se encontraron, el tipo le asestó un puñetazo en el rostro. Ambos alcanzaron la calle y corrieron en direcciones distintas.

Pamela sacudió una puerta cuatro casas delante de la suya. Abrieron casi de inmediato. Una pareja de vecinos acompañó a Pamela y alcanzaron a ver la carrera de un hombre de espaldas.

Entraron y un vecino frenó a las mujeres. Afuera escucharon la sirena de una patrulla de la policía; la luz alrededor cambiaba de azul a rojo. El hombre subió por las escaleras. Cuando volvió abrazó con fuerza a Pamela para impedir que fuera a la habitación de su madre.

“Estuvimos a tres minutos de agarrarlo, pero ya no lo correteamos, porque pensamos que nada más fue un robo”, se justificaron los patrulleros.

Una ambulancia terminó de despertar al vecindario.

Alguna de las vecinas llamó a una hermana de Angélica y, pronto, el resto de la familia llegó a la casa de Tlalnepantla.
–¿Cómo estás tú? –preguntó una hermana de Angélica a Pamela cuando la encontró temblando dentro de una camioneta, dos horas después del asalto. Se descubriría luego que el sujeto hurtó un pañal de tela que Angélica utilizaba como alhajero de unos pocos aretes y anillos de oro.

–Yo estoy bien, sólo tengo un golpe en la cara. ¿Y mi mamá? –averiguó Pamela.

–Tu mamá ya falleció.

La muchacha no logró contener el vómito.

El agente Agustín López Nieto inició la investigación cambiando el nombre de Angélica y “ofensiva pedantería”. En ese momento intentó interrogar a la huérfana, pero la familia reclamó respeto.

La subieron a un auto Neón blanco sin logotipos ni distintivos de la Procuraduría de Justicia del Estado de México (PJEM). La introdujeron a una oficina dedicada a feminicidios. Con fastidio, un funcionario resolvió que deberían esperar a que la jovencita terminara de llorar para tomar su declaración.

A la vez, el médico forense resolvía que Angélica murió desangrada a consecuencia de una profunda cuchillada en el cuello.

Ivonne, la hermana de Pamela, logró que una psicóloga amiga de Angélica la asistiera mientras hablaba con las autoridades. El agente permitió que la muchacha saliera del lugar hacia las siete de la noche, unas 14 horas después de que perdiera a su mamá a quien velaban en la agencia funeraria Gayosso de Tlalnepantla. La sepultaron en el cementerio Los Cipreses, en Naucalpan.

“Mi mamá era muy friolenta y siempre dijo que quería morir calientita, en su cama. Cuando hablaba del tema decía que la enterraran con pijama y calcetas de lana y una frazada. Quería que cuando la enterráramos le lleváramos mariachis y que le cantaran A mi manera”.

Tal vez lloré, o tal vez reí,

tal vez gané, o tal vez perdí,

ahora sé que fui feliz,
que si lloré, también amé,

puedo vivir, hasta el final, a mi manera.

Los tíos maternos de Pamela pidieron permiso a la policía de limpiar la casa tres días después del asesinato. La muchacha ya no volvió a ese lugar y se instaló en casa de sus abuelos maternos.

De vez en cuando recibía la visita de los investigadores, entre ellos del policía ministerial Agustín López Nieto. La familia de Angélica percibía que el caso tenía interés para las autoridades y lo atribuían al ambiente político mexiquense: el Gobernador Enrique Peña Nieto, interesado en la Presidencia de la República, enfrentaba continuos cuestionamientos por los feminicidios ocurridos durante su administración.

Cada vez con más insistencia, los ministeriales preguntaban sobre el estado de las relaciones de Angélica con cada miembro de la familia. Su actitud siempre resultó incómoda. Estaban lejos de la cortesía y se inmiscuían en algunos temas revelando el doble sentido de las preguntas. Un tema que molestó especialmente a Ivonne, por ejemplo, fue el de los recursos económicos de su madre en tal tono que sugerían el origen ilícito de bienes conseguidos con una vida de esfuerzo.

El sistema fiscal mexicano depende del Ministerio Público y la investigación se construye a partir de los datos obtenidos por los policías judiciales y los peritos, más ineficientes y corruptos los primeros que los segundos. Aunque la averiguación debiera ser y se presume científica es común que prive el sistema de prejuicios y salidas fáciles de los investigadores. Uno de los postulados fundamentales en su método es la supuesta probanza de la ubicación: si ocurre un crimen y en su tiempo y espacio coincide la presencia de una persona, ésta es la culpable y no importa más.

Aunque en el asesinato de Angélica los técnicos obtuvieron huellas digitales, estos rastros no se preservaron de manera adecuada por lo que quedaron inútiles.

La evolución del comportamiento de la Procuraduría mexiquense preocupaba a la familia de Pamela, a quien la autoridad acechaba y decidieron que lo mejor sería contar con asistencia legal. Solicitaron los servicios de una mujer llamada Ivonne Li Sánchez, de quien hoy Pamela sospecha que no es una abogada sino, como se dice en el argot de la administración pública en México, una “coyota”, una facilitadora de medios para corromper funcionarios. En este caso particular, Li Sánchez presumía amistad con Agustín López Nieto, el policía encargado de la investigación. Según Pamela, de inmediato solicitó dinero para aceitar el trabajo y hacer el esfuerzo real por detener al culpable.

El 25 de julio de 2011, tres meses y 11 días después del asesinato, los policías buscaron por teléfono a Pamela. Le explicaron que necesitaban practicar algunas diligencias en torno al crimen y la citaron a las cinco y media de la tarde en la casa en que ocurrió el asesinato de Angélica para reconstruir los hechos. Llegaron tres camionetas y dos autos repletos de policías y funcionarios

Los agentes impidieron el paso de los familiares de Pamela que querían acompañarla. En lugar de ello dieron paso a Li Sánchez.

Dentro de la casa, la Fiscal Liliana Guadalupe Rosillo tomó la palabra.

–Yo soy la Fiscal del área de feminicidios, yo mando a esta bola de gatos, yo estoy llevando personalmente el caso de tu mamá porque estoy muy interesada y a ver, dime cómo pasaron las cosas –ordenó la funcionaria.

Apenas comenzó Pamela con el asunto del calentador de agua y la hora a la que bajó a prenderlo, Rosillo la interrumpió.

–Es que tus tiempos no coinciden –alzó la voz la Fiscal.

–Es que yo no sé –respondió la muchacha sorprendida.

–Dime exactamente minuto y segundo.

–Yo no traía un cronometro ni un reloj para que estar viendo exactamente el minuto y el segundo.

–¿Por qué me contestas así?

–Porque es la verdad, yo no traía nada para marcar el tiempo.

–Pues yo no le creo, jefa, ¿usted cómo ve? –intervino un hombre.

–No, pues no.

Sin orden de aprehensión, la subieron a un auto y la acomodaron en el asiento trasero en medio de un agente del Ministerio Público y la supuesta abogada Li Sánchez. Conducía un tipo alto, moreno, de ceja poblada, nariz aguileña, labios gruesos, la cara cubierta de cicatrices de acné y apodado “El Chacal”. En el asiento del acompañante viajaba la fiscal Rosillo con la atención puesta en un teléfono Black Berry morado y blanco.

Por su posición, Pamela leyó un mensaje escrito por la funcionaria:

“Ya garramos a la hija de la chingada que mató a la mamá, ya nada más nos falta el novio. Ya vamos para allá”.

Con el mundo al revés, Pamela escuchó las frases como quien ve a través de un velo.

–¿Cómo la mataron? ¿Qué hicieron? Fuiste tú con tu novio –Luis Carlos Jiménez Aguilar–, y si no fuiste tú fue alguno de tus amigos, así que dime.

–No, no –repetía Pamela.

Intervino Li Sánchez.

–Cálmate y, pues, diles.

Llegaron a un edificio de aspecto moderno, con fachada de cristal junto a la vieja cárcel de Barrientos. La condujeron a la Fiscalía de Feminicidios y la sentaron dentro de una oficina. Un hombre la encaró.

–Ya sabemos las cosas: tú mataste a tu mamá. Lo sabemos porque por una llamada que hiciste a tu novio, el día 4 de abril a las 5 45 de la mañana. La llamada se registra a dos o tres cuadras de tu casa.

Pamela guardó silencio. El tipo salió y a los 10 minutos entró otro. Hojeó unos papeles.

–Tenemos la llamada registrada de tu novio de tu celular en el Metro Rosario.

–Decídanse: a tres cuadras de mi casa o en el Metro Rosario.

Tras el desconcierto, pareció que el agente estallaría. Se contuvo y dejó la habitación a la que luego entró la Fiscal Liliana Rosillo con la carpeta de investigación del homicidio de Angélica que arrojó contra la cara de Pamela.

–Deja de estarte haciendo pendeja, hija de tu chingada madre, porque ya sé que tú fuiste la culera que mató a tu mamá y dime cómo, cómo la mataste. Y mira, ve las fotos – Liliana Rosillo recogió algunas imágenes forenses de Angélica las colocó frente a Pamela. –Mira, mira cómo la dejaron, ¿crees que es justo? Yo sé que tú fuiste. Eres una culera, ve cómo la dejaste.

Pamela no contuvo el llanto, pero apretó los ojos.

“Ella traía uñas postizas y me agarraba la cara y me abría los ojos con las uñas. Me jalaba los cabellos y me abofeteaba”, recuerda Pamela.

–¡Vela, te estoy diciendo que la veas! –exigía la Fiscal. –¿Dónde está tu novio?

–Yo no voy a decir nada hasta que esté mi abogada.

–Esa está igual de pendeja que tú –espetó la Fiscal, según el relato de Pamela. –Tráiganle a la pinche abogada –ordenó.

“Pero, ya con la abogada, Rosillo se transformó en un pan de dulce”.

–A ver, creo que empezamos mal, ¿te puedo traer agua porque estás muy tensa y muy nerviosa? –reinició Rosillo.

–Cuéntame cómo te llevabas con tu mamá. Yo estoy interesada en al caso de tu mamá porque también mataron a mi mamá.

La joven declaró nuevamente y repitió, casi palabra por palabra, lo que dijo el 4 de abril. A las dos o tres de la mañana del 26 de julio de 2011, el interrogatorio fue retomado por dos agentes del Ministerio Público, Norma Angélica Rosas Roldán y Rubén Ortega Cisneros.

–Te vamos a ayudar. Una de tus tías nos dijo que probablemente estés embarazada. Velo por tu hijo, porque los hombres son bien culeros. Si fue tu novio, dinos –argumentó Norma Angélica Rosas Roldán.

Pero Pamela se mantenía firme en que ni ella ni su novio habían cometido el asesinato.

“Empezaron a hacer la declaración. Hasta se reían y se preguntaban ‘¿qué más le agrego?, ¿aquí qué modifico?’”, relata Pamela. “La declaración que me fabricaron básicamente decía que mi mamá nos había encontrado a mi novio y a mí teniendo relaciones sexuales y que, al calor de las emociones, la matamos. Se reían cuando cambiaban los detalles sexuales.

“Me mostraron un certificado médico de que estaba embarazada y me obligaron a hablar con Luis y decirle que era un cabrón si no se entregaba y se culpaba estando yo en esa condición. ‘El Chacal’ me apuntó con una pistola en la espalda para que lo hiciera”.

En adelante, la joven mujer ya no pudo hablar más a solas con su familia. Al día siguiente de la fabricación de la declaración, la supuesta abogada se acercó para hablar con ella, también frente a los funcionarios de la Procuraduría mexiquense.

–Es que sí fuiste tú, pero no te preocupes yo te voy a ayudar, te voy a sacar, nada más que necesito saber cuánto vale tu casa y la camioneta de tu mamá.

–La verdad ni idea.
–Es que ahorita me están pidiendo dinero, pero tú no te preocupes. Ahorita te saco. No te espantes ni nada, nada más espérame aquí.

Al siguiente día, Li Sánchez acompañó a Ivonne, la hermana de Pamela, y algunos de sus tíos a retirar dinero del banco para el soborno.

Pamela tiene presente cada detalle de esos días. En ningún momento de la entrevista que concedió para la inclusión de su caso en este libro dudó del nombre de algún funcionario. La charla ocurre en casa de Pamela, una vivienda de interés social en Cuautitlán Izcalli, también en el Estado de México. Es acompañada por su abogado defensor definitivo, Eduardo García Zarazúa.
–¿Cuánto les pidieron, quién se los pidió? –pregunto a Pamela.

–En primera instancia pidieron 750 mil pesos. Ese dinero los pidieron Araceli Toro Reyna, agente del Ministerio Público, y la Fiscal Rosillo –responde la muchacha. –El trato fue entre el Ministerio Público y la abogada, y la abogada fue la encargada de pedirles el dinero a mis tíos.

–¿A quién la pidieron el dinero?

–A mi hermana y a mi tío Armando.

–¿Y fueron por el dinero al banco?

–Sí, al siguiente día. De hecho, la abogada lo quería en ese mismo momento, en la madrugada. Eso ya lo sé porque lo he platicado con todos mis tíos. Fueron por el dinero a un banco en Mundo E, pero no tuvieron todo el dinero. Entonces recorrieron varios bancos buscando que les cambiaran un cheque por 400 mil pesos.

–¿Cuánto logran conseguir ese día?

–200 mil.

–¿Qué pasó después?

–No me sacaron. Vi a mi hermana, porque le pidieron que me convenciera de decirles dónde estaba mi novio. Yo siempre le dije que estaba en su casa. Mi hermana se puso pesada y me gritó que le dijera donde estaba Luis. Llegó la Fiscal Rosillo y le dijo que ella no tenía por qué gritar ni nada y decidió que me bajarían a las galeras. Era algo armado para que a mí me diera más miedo. No me pasaban comidas si ellos no autorizaban que me pasaran comida. Para ir al baño tenía que ir custodiada por dos personas, un hombre y una mujer, ni podía cerrar la puertita del baño. Al día siguiente me hicieron firmar un documento enviado por la abogada ‘coyota’ a través de una amiga suya que sí contaba con cédula profesional –de donde se desprende que Li Sánchez carecía de título, lo que debía ser del conocimiento de la autoridad y que impidió a Pamela su oportuna y debida defensa. –Dijo que con esa firma yo quedaría libre y yo firmé sin saber que era la declaración en que me inculpaba, porque no me permitieron leer el papel de cuatro hojas utilizado para acusarme.

–¿Cuánto tiempo estuviste detenida en el Ministerio Público?

–Cinco días, hasta el viernes en la noche. El jueves en la tarde una de mis tías me dijo que habíamos cambiado de abogado. Desde entonces me defendió Eduardo García Zarazúa. Todos los agentes del Ministerio Público empezaron a decir que me había equivocado por el cambio. “A ver si no te traen a cualquier pendejo”, me advertían. Yo tenía mucho miedo y sentía mucha desesperación. Pero fue hasta ese momento en que alguien me dijo que no dijera ni firmara absolutamente nada.

Hasta ese momento las marcas de los golpes y rasguños infringidos por Rosillo eran visibles en el rostro de Pamela.

Su abogado promovía un amparo y, cuando la situación parecía enderezarse, en la madrugada del viernes, la muchacha salió al baño y encontró que en el interior de la Procuraduría ya estaba detenido su novio, Luis Carlos Jiménez Aguilar. Lo encontró sentado en un sillón, esposado de pies y manos.
Pamela inició el llanto más largo de su vida cuando la llevaron a empellones a recibir la notificación de que el amparo tardaría un día más en estar listo, y que, finalmente, un juez había ordenado al Ministerio Público que la aprehendieran.

La Fiscal Liliana Rosillo pidió en su escrito al juez que condenara a la pareja a 70 años de prisión.

Horas después, un policía cerró un grillete alrededor de un tobillo de Pamela y el otro alrededor del tobillo de Luis. Así bajaron a la calle, donde los esperaba la camioneta blanca que los introdujo a la cárcel, a pocos metros de distancia.

–¿A poco si te chingaste a tu suegra? –preguntó un oficial a Luis con sorna.

–Era tu mamá, ¡qué poca madre tienes! –dijo otro a Pamela con humor negro.

Los muchachos temblaban antes de iniciar el recorrido. Atravesaron una enorme puerta metálica pintada de verde que los llevó a la aduana de la penitenciaría. Los bajaron del vehículo y los introdujeron a un cuartito con rejas verdes lleno de tomates podridos, tortillas enlamadas, agua en el suelo y un baño con varios días de uso sin aseo.

Los custodios ordenaron a Pamela y Luis que cambiaran su ropa. Los condujeron por un pasillo largo y angosto hasta un cuarto donde les tomaron sus datos, los pesaron y midieron, fotografiaron y tomaron huellas de todos los dedos de ambas manos.

A partir de ese momento siguieron separados.

Pamela subió por unas escaleras con los peldaños despostillados, las paredes manchadas de humedad y el piso de cemento alisado. La pasaron por una puerta pequeña de barrotes gruesos, también verdes.

Era de madrugada y la cárcel casi estaba en silencio, excepto por grupos de hombres vestidos de azul marino que, al verla, chiflaron y le dirigieron cualquier cantidad de insultos sexuales. La muchacha sentía su corazón como tambor fúnebre.

Una guardia le apretó el brazo y, sin mirarla, habló.

–Ya sé por qué vienes: vienes por matar a tu mamá, pero no digas nada porque allá arriba te van a matar a golpes.

Entraron a una pequeña habitación anunciado como el servicio médico de la cárcel. Pamela distinguió una camilla vieja con sábanas revueltas y sucias. Una doctora sin bata abandonó la torta que comía y la auscultó sobre la mesa de exploración.

–Ya es hora –avisó la custodia.

Siguieron unas escaleras por las que Pamela debió caminar junto a las rejas, a su lado derecho. La guardia la llevaba tomada de la mano hasta que encontraron una puerta grande y metálica verde con dos pequeñas ventanas. La vigilante tocó la puerta y otra se asomó por una de las rendijas.

–¿De dónde eres –interrogó a Pamela la segunda policía con tono marcial? –¿Qué hiciste? ¿Es justo o injusto lo que te está pasando? –indagó no por sus atribuciones formales, sino con la otra parte de su autoridad, la propia de la ley no escrita de las prisiones.

Pamela sólo lloraba y hacía por contener los mocos sorbiéndolos con fuerza por la nariz. La mujer policía sacudió la cabeza con reprobación y risa fingida para dejar claro lo muy difícil que le sería la vida en adelante.

La cárcel de mujeres quedó a la vista de la muchacha, una sala del tamaño de una calle corta llamada “La Aldea” con unas 250 convictas.

La introdujeron a una barraca con literas de tres camas. A su lado derecho encontró una señora medio desnuda jugando baraja con otras mujeres más jóvenes. Fumaban y veían televisión a la vez.

–¿Por qué viene? –averiguó la de mayor edad con la guardia, pero ésta no respondió.

Continuaron al final del pasillo hecho por las camas y entraron a un baño de dos metros de ancho por tres de lado. En una de las paredes, cerca del techo, Pamela descubrió cuatro agujeros que funcionaban como regaderas. Abajo, tres excusados y unos botes para pintura con agua calentándose con unos alambres enchufados a la toma eléctrica.

–¡Báñate! –le ordenaron y las mismas presas le quitaron la ropa a jalones.

Antes de tocar el agua le arrojaron algunas prendas alguna vez color azul marino. Las mismas internas la llevaron al inicio de la bodega y la pusieron frente a la vieja que jugaba naipes.

–¿Por qué vienes? –indagó la vieja, sólo tapada con un calzón.

Pamela no cesaba el llanto.

–Te ves muy chica. Te van a bañar –resolvió la líder de las reas o “mamá”, como se le llama en el argot carcelario tanto en los reclusorios varoniles como femeniles.

–Bueno –tembló la muchacha.

Una de las reas se acercó y le entregó un pequeño jabón Rosa Venus.

–Toma, yo tengo mi agua calentando porque me iba a bañar, pero báñate tú. No te preocupes, no te va a pasar nada –la consoló.

La carcelera la guio un nivel más hacia arriba, un espacio con celdas más pequeñas y unas 70 mujeres vestidas de beige.

–¿Por qué vienes?

–Me robé unos cosméticos en el Palacio de Hierro –mintió Pamela.

–¿Cómo a Palacio de Hierro? Estás bien pendeja. Métete a robar a la Comercial Mexicana –recomendó una de las internas.

–Te vas a ir bien rápido, una semana por mucho te echas aquí –la confortó otra. –Ya cálmate, no llores.

Pero no dejaba de hacerlo. Las reclusas mayores la tomaron por los brazos, la desnudaron nuevamente y la sumergieron en un tambo lleno de agua helada. Le tallaron el cuerpo con escobas y luego la llevaron a su celda. Desde el módulo varonil, Luis logró pasar algún dinero al área de mujeres para que Pamela durmiera sola en una cama, un armazón de varillas y esponja.

A partir del día siguiente conoció la rutina del penal de Barrientos:

Los pases de lista, todos obligatorios, son a las 5.30 y 8.30 de la mañana y 12.30, 5.30 y 7.30 de la tarde. El derecho de formarse se compra, en cada ocasión, en 10 pesos. Faltar a uno de los llamados se cobra con 35 pesos. Ahí todo mundo sabe que ese dinero y parte de cada una de las cosas que ahí se cobra, y ahí todo se cobra, va a los bolsillas de los guardias de seguridad que, a su vez, entregan una parte a sus jefes.

Las cárceles mexicanas son un increíble negocio: en Barrientos se exigen 25 pesos a la semana por usar el baño, de cuyo aseo se encargaban las otras presas. Cinco pesos diarios por calentar el agua en los botes. Diez pesos por utilizar los lavaderos de ropa, pero como los tendederos son territorio que sólo se conquista con guerra, lo mejor es pagar a alguna compañera para que ella se encargue de la ropa sucia. Se puede comer la comida frecuentemente podrida del lugar o pagar por consumir alimentos en mejor estado.

Muchos de los pagos se hacen los domingos de visita, luego de que las familias dejan dinero a sus internos para que sobrevivan una semana más.

Pamela, en su calidad de nueva, debía hacer cualquier cosa hasta que las otras hubiesen terminado.

“El rancho”, como ahí se llama a la comida, se servía en los envases desechables de la crema o yogurt.

La peor de sus comidas fueron unas verdolagas en chile verde a medio podrir. Era eso o la inanición. Desde su llegada, Pamela intentó mantener un ayuno que rompió casi al mes de su encierro. Mide 1.56 y pesaba, al inicio de la reclusión, poco más de 50 kilos. En algún momento de la cárcel pesó 38 kilos.

Pamela compartía celda con 13 internas en espera de sentencia, entre ellas Érika, acusada de asesinar y destazar a su cuñada, pero ahí dentro nadie creía en su culpabilidad. Otra, Elizabeth, purgaba condena por trata de mujeres con fines sexuales y vivía con ahí con su hija de brazos. Otra presumía que había llegado por un fraude y que, con otra estafa, dejaría la cárcel.

Conoció a una mujer que agradecía a Dios por estar presa por el robo de unos tenis y no por los 13 asesinatos que, juraba y describía, había cometido. Otras detallaban la amputación de los dedos de sus secuestrados.

Todo el tiempo estaba encendida la televisión en los canales que transmiten las telenovelas.

“Había una que era un hitazo: ‘Una familia de con suerte’. La realidad se pone medio irónica a veces. En la tele también vimos lo del ‘Coqueto’ –un feminicida serial– que hasta fans tenía allá adentro. ‘Te amo, Coqueto’, decían, y le mandaban cartas. Le escribían: ‘Yo también quiero que vengas y me violes’. Puras jaladas”.

Y había dos más, ambas secuestradoras, dos golpeadoras encargadas de cobrar.

Ellas eran las nuevas “mamás” de Pamela.

Quien sufría el decomiso de un cigarro de marihuana debía pagar entre 150 pesos y 350 pesos a las custodias. Una falta grave era castigada con encierro en el apando, un cuartito que en la cárcel de mujeres de Barrientos tiene apenas seis metros cuadrados. Todo lo que hay es una colchoneta y un pequeño excusado. No hay luz y, como al lado de la habitación están las parrillas para cocinar, es un sitio en verdad caliente.

El soborno por evitar la celda de castigo es de 500 pesos, una pequeña fortuna para la mayoría de los internos.

Pero una falta grave ahí es un acto distinto a lo que se podría entender fuera. Porque ninguna mujer fue al apando por participar en la violación tumultuaria a la que sometieron a Pamela cuando conocieron el verdadero motivo de su encarcelamiento.

–¿Qué pasaba con Luis? –pregunto a Pamela.

–Lo veía una vez a la semana, porque el abogado nos iba ver. Jamás dejó de ir, ni un solo lunes dejó de ir. Y era cuando yo lo veía. Frente a mí, él nunca lloró. Yo era la que siempre chillaba, chillaba y chillaba –lo dice llorando.

–Él siempre me decía: cálmate, todo va a estar bien. Y yo sólo le decía que ya me quería ir de ahí. Nada más una vez que sí me dijo: “Sí tengo miedo de que nos vayamos a quedar aquí”.

Hasta que, siete meses después de atravesar el portón verde metálico de la aduana, llegó la sentencia.

El 7 de marzo de 2012, el entonces candidato presidencial Enrique Peña Nieto se reunió en Culiacán con empresarios sinaloenses, se dejó acompañar de integrantes de la banda “El Recodo” y grabó spots de campaña en la zona de playa conocida como Olas Altas.

Ese mismo día Pamela caminó al área de juzgados de Barrientos para escuchar su sentencia luego de siete meses y siete días después de que el Ministerio Público la acusara formalmente del feminicidio de su madre.

Luego de siete meses y siete días en el infierno, Pamela y Luis podrían enfrentar una condena para seguir en ese lugar siete décadas más.

El juez ordenó el inicio de la audiencia a la una y media del día. Pamela y Luis se acomodaron detrás de una mampara de acrílico.

El juez Felipe Landeros Herrera, un hombre alto, blanco, de ojos café oscuros y lentes se sentó en medio del tribunal con rostro grave. No sólo parecía solemne. Se le veía molesto.

Leyó hojas y hojas de irregularidades cometidas por la Procuraduría de Justicia del Estado de México mientras pasaba su pluma por el documento impreso.

La llamada con pretendían probar la complicidad de Pamela y Luis había sido hecha por Ivonne, horas después, para pedir al muchacho que interviniera para calmar a Pamela.

Uno de los peritajes practicados, llamado mecánica de hecho, fue realizado por un solo perito en el mes de octubre, medio año después del feminicidio. Peor: el supuesto especialista de la Procuraduría nunca estuvo en la casa en que ocurrió el crimen.

Los policías que la trasladaron de la casa a la Fiscalía Especializada en Feminicidios, la ocasión en que la detuvieron, declararon que ella había confesado en un momento de remordimiento y plasmaron exactamente las mismas palabras, una tras otra y coma tras coma, en el documento acusatorio. Es decir, simplemente copiaron y pegaron un relato.
En pocas palabras, no existía un solo elemento de prueba que los inculpara. Ni siquiera estaba embarazada. Eso también fue una simulación.

Landeros Herrera se dirigió a los representantes del Ministerio Público. Pamela recuerda las palabras:

“Lo que ustedes están haciendo es un atentado contra la humanidad, es un atentado contra la inteligencia”.

El abogado García Zarazúa opina sobre las actuaciones de los agentes del Ministerio Público en el Estado de México:

“No saben ni siquiera leer y no lo digo con un propósito despectivo. Pueden reconocer las letras, no comprenden ni pueden interpretar lo que la ley dice. Recientemente absolvieron a otra persona imputada, también por el delito de feminicidio, y cometieron los mismos errores y arbitrariedades que en el caso de Pamela.

“El ministerio actúa con la seguridad que le da su ignorancia y únicamente con base en el Código de Procedimientos Penales. Pareciera que ignoran la existencia de la Constitución y francamente no saben que existen tratados internacionales. Desconocen los protocolos de investigación, no saben de la existencia de leyes orgánicas. No aplican manuales para la investigación criminalística en materia de homicidios y feminicidios. Y se los he dicho de frente, que son ignorantes, porque tengo razón”.

Cuando el abogado ofreció la entrevista para este libro estaba en vísperas de obtener su doctorado en derecho penal con una tesis en que analizó la prueba ilícita parcial.

“Su obligación sería continuar la investigación abrirla nuevamente. Estamos ante una múltiple victimización cometida por el Estado en contra de una familia. El asesinato de Angélica continúa impune”.

El 7 de marzo de 2012, Pamela y Luis debieron firmar algunos documentos. Ella se echó a llorar suplicando que no la hicieran entrar de nuevo a “La Aldea”, porque las liberadas, antes de dejar su celda, eran golpeadas por las demás. Él pagó 200 pesos al carcelero que los llevaba para que su novia se quedara en el área de locutorios.

La salida estaba programada a la media noche y alguna otra cantidad entregaron para salir cuanto antes, pero, aunque los funcionarios recibieron los billetes, una serie de movimientos impidieron el pronto egreso y Pamela debió regresar.

“A quien primero vi fue a mi hermana Ivonne. Me encontré afuera con Luis. El aire afuera huele diferente. Ahora estamos esperando un bebé”.

–¿Estuviste en el mismo edificio de donde brincó “El Coqueto”, el feminicida serial, en su supuesta huida? –pregunto a Pamela.

–Sí. Pero yo digo: ¿cómo brincó si no se puede? No se puede, de verdad no se puede. Hay tres que abren este pedazo –separa las manos cinco centímetros. Yo estuve cinco días ahí y lo puedo dibujar. La caída es de unos 15 metros, mínimo, porque son tres pisos de muy buena altura. Dijeron que se había descolgado con el cable de una computadora, cuando sólo había dos computadoras de escritorio y las demás eran portátiles: ¿cuál cable

“A mí me tocó estar con un muchacho que asesinó a su novia en un hotel y siempre lo tuvieron esposado. No le quitaban el ojo pero para nada, siempre te están cuidando. Está bien tonto que “El Coqueto” se haya escapado como dicen que se escapó

–¿Convencieron a tus familiares en algún momento de tu culpabilidad?

–¿Convencido en el sentido de que ellos también lo hayan creído? Sí. Hasta ahora ninguno de los dos hermanos de mi mamá me habla por eso.

–¿Retomaste tus estudios?

–Sí, regresé a la escuela, nada más diseño gráfico, porque a la UNAM tendría que esperarme un poco más.

–¿Te ofrecieron disculpas?
–No, al contrario: sólo se rieron.

JAZMÍN, LA MUJER QUE SOBREVIVIÓ A “EL COQUETO”

23 Jun

¿Cómo huele la muerte en el aliento de un asesino serial de mujeres? ¿Cómo es el cuerpo propio cuando éste repugna y duele tanto que se quiere huir de él? ¿Cómo retumba la risa de un funcionario dedicado a procurar justicia cuando se tiembla en una agencia del Ministerio Público a la espera de contar que una debería estar muerta?
En 2012, el periodista Humberto Padgett platicó con Jazmín, única sobreviviente de un feminicida que también violó y luego asesinó a otras siete jóvenes mujeres en la tierra del Presidente Enrique Peña Nieto.
Su relato se presenta transcrito y apenas corregido, presentado en primera persona. Ella, Jazmín –pseudónimo solicitado por la joven que habla–, es quien dice cómo se regresa de la muerte en el Estado de México.

  
En realidad, no pasó mucho tiempo para que todo sucediera después de que subí al microbús. Era muy temprano, por la mañana, antes de que saliera el sol. Yo iba hacia el trabajo e hice la parada del camión.

Estaba sola y me sentí incómoda pero sólo porque no me gustaba estar sola y que afuera todo estuviera oscuro. Eran entre las cinco y las seis de la mañana.

Se puede pensar que un hombre con estas características tiene la palabra violencia escrita en la cara.

–¿Había razones para que descubriera, que anticipara que yo… que mi vida estaba en riesgo al momento de subir al microbús?

–No.

Lo único que vi es que él parecía dormido. Se veía desvelado. Recuerdo sus ojos enrojecidos, algo imbécil en su mirada. Quizá estaba drogado. No lo sé.

No sé si lo empiezo a asimilar y lo pienso bien y me trato de acercar a ese momento en que lo vi y me siento segura de que no, de que no hubo ningún motivo o razón para que yo pensara que ese hombre es malo y que tenía la intensión de hacerme algo, de destruirme, de asesinarme.

Nunca lo vi venir.

Ni una sospecha para prever que es la clase de hombre que ahora sé que es él. Y pensar que le llaman El Coqueto (César Armando Librado Legorreta). Escucho el sobrenombre y siento asco.

Subí al microbús de la Ruta 27.

El vehículo estaba completamente solo. Únicamente estábamos los dos ahí dentro. Lo abordé cerca de la base, pero no hubo oportunidad de que subiera más gente porque a los pocos metros se desvió de la ruta.

En esa desviación me empecé a alterar y le pregunté a dónde me llevaba. No contestó. Agarré mis cosas. Me desesperé. Y nada… Cerró la unidad y apagó la luz.

Nunca he sabido cuántos minutos fueron, porque yo forcejeaba con él para que no me hiciera nada. Yo sabía que no sólo sería atacada, que no sólo sería golpeada o abusada sexualmente, sino que también mi vida estaba en un hilo.

Esos momentos fueron lentos, segundos que pasaban muy lentos y lo único que yo quería era volver a ver a mi familia… Sin llegar a los detalles, lo único que yo hacía era luchar por mi vida y luchar por regresar y bajarme de ese microbús y regresar como fuera a mi casa, arrastrándome, sangrando de la cara… Así me vieran como pordiosera, desnuda o semidesnuda, yo quería regresar a mi casa.

Me defendía como podía y no sé cuánto tiempo pasó, no sé por cuánto tiempo estuve luchando contra él, hasta que logró que me desmayara. De tanto que me presionaba el cuello logró que me desmayara. Cuando desperté no supe cuántos minutos pasaron, no supe ni donde estaba. No fueron horas… apenas pasaron minutos.

Ese hombre me dio por muerta. Cuando desperté volví a cerrar los ojos. Quise patear la puerta para ver si salía, pero como ya no tenía fuerza no podría hacerlo. Cerré los ojos otra vez, porque vi que venía hacia mí. Me dije: ¿ya qué puedo hacer? Que me mate, pensé. Entonces mejor cerré los ojos para que pensara… que estaba muerta o que seguía desmayada.

Permanecí inmóvil. Él manejaba hacia donde me iba a arrojar. En ese momento pensé que lo mejor sería cerrar los ojos otra vez, como si yo no hubiera despertado para que no me viera. Soporté mucho dolor. Yo seguía en silencio. Paró el vehículo, me arrastró hacia la puerta y me arrojó a la calle.

Y para mí ese día fue… Fue como el día negro que lo recuerdo y lo empiezo a recordar y paro. No puedo seguir con ese recuerdo, no puedo seguir metiéndome en el recuerdo, porque si yo lo recuerdo es como si yo recordara cómo bajé al infierno.

Con el paso del tiempo, he tratado de ya no regresar ahí.

Los primeros días eran pesadillas. Las primeras semanas eran de no dormir, de llorar, de no tratar de recordar porque sentía que esta persona… Dormitaba y soñaba con él, soñaba que subía de nuevo al camión, que veía su cara de drogado y estúpido. Soñaba que me volvía a atacar.

Conforme ha pasado el tiempo me he sentido mejor. Por supuesto es algo que nunca, nunca olvidaré. No podré quitar ese día de mi vida. Fue el 21 de junio de 2010.

 Subió a su microbús. Lo seguí con los ojos entrecerrados. No sé cómo lo pude hacer ahora, fingir que estaba muerta para que no me matara.
Esperé a que girara su camión. Me levanté. Yo tenía mucho miedo. No me podía levantar, no podía ver, no veía nada, veía muy borroso. Pero necesitaba irme de ahí a conseguir ayuda. La colonia es fea, muy, muy fea. No está pavimentada. Pura piedra y tierra, en Naucalpan.

Cuando me levantaba, me caía. Me ponía de pie y caía nuevamente. Vi un hombre a lo lejos. Le quise gritar pero, pero no pude. Él se acercó a mí, le pedí que me llevara a un sitio de taxis para ir a casa. El hombre me subió primero a una combi para llegar al sitio de taxis, pero yo iba descalza, sí con mi ropa, pero descalza y sucia, muy sucia, y golpeada de la cara. Ya había amanecido y todos me miraban, pero nadie me preguntaba qué me pasaba, qué necesitaba.

Los recuerdo como sombras, sólo con los ojos vivos mirando hacia mis pies desnudos.

Descalza, atravesé la calle. Subí a la combi, subí un puente, llegue con las plantas de los pies cortadas, llenas de astillas.

Así llegué a mi casa.

Tenía raspones, tenía la cara muy morada, muy inflamada. Casi me estranguló. Tenía reventados lo vasitos de los ojos, el cuello lo tenía con las marcas de sus dedos. En los pies tenía muchos golpes. Todo me dolía: la espalda, el cuello. Todo.

A mi mente, en destellos, llegaba la idea de que lo peor ya había pasado.

Cuando estaba llegando a mi casa, yo quería que mi mamá o mi papá no me recibieran. Rezaba porque no me vieran. Pensaba que se desmayarían, que tendrían mucho dolor. Pero ansiaba llegar a mi casa y estar con ellos. El miedo disminuyó porque ya no estaba en las manos de ese tipo.

Me quería asear desde que llegué, pero no podía porque me tenían que llevar así al Ministerio Público. Pero yo lloraba, no podía ni gritar, pero quería gritar que no quería ya salir de mi casa. Mis papas son unas personas muy sensibles y mis hermanos también. En todo momento me dieron la tranquilidad para hacer las cosas, nunca me forzaron. Pero era algo muy importante, que lo entendí y accedí a hacerlo.

Lo único que quería era ver a mi doctor y nada más.

No podía caminar, no podía hablar. Me debieron llevar al Ministerio Público para denunciar y que me certificara un médico legista.

La experiencia en el Ministerio Público en el Ministerio Público fue mala, muy mala. Una atención muy mala, muy denigrante por parte de la médica legista y de la agente del Ministerio Público, ambas mujeres.

No podía ni tomar asiento. Me dolía todo. Ni podía hablar. La médica legista me hablaba como si hubiera subido a la plancha a un perro. Creo que un veterinario atiende mejor a un animalito. Me hablaba mal, me exigía que hablara más fuerte, que me sentara bien.

No podía.

La agente del Ministerio Público, mientras tomaba mi declaración, platicaba con un amigo suyo. En ocasiones ni me veía, sólo ponía atención a lo que ese hombre decía y ese hombre a veces sólo callaba para escuchar los detalles de lo que había pasado. Fumaban, todo el tiempo fumaron.

Ya eran las 11 de la mañana y ya no soportaba seguir ahí.

La agente no me habló mal, pero era una funcionaria con poca experiencia, poco criterio y ninguna sensibilidad.

Platicaba con su amigo, hombre, y este escuchando todo. Yo debía decirlo todo y entendía que al ser la primera debía ser bien concisa, que si me equivocaba en lo que declaraba yo podría ser responsable de que ese hombre se fuera libre si algún día lo detenían.

Tuve que decir todo, cada instante, cada detalle. No podía ocultar nada. Me quería bañar. Me urgía bañarme. Y el amigo de la agente ahí, fumando y platicando. Permanecí tres horas y media en el lugar.

Después, finalmente, pude bañarme.

Fui con el doctor, con mi doctor, con el que yo quería ir.
El resto del día fui con mi doctor, con mi ginecólogo. Compramos todo el medicamento necesario para evitar cualquier cosa. No aguantaba la espalda. Tenía bolas moradas en toda la espalda. Me llevaron también con un ortopedista. Durante los dos o tres días siguientes fui con un neurólogo, que me estudió la cabeza, porque la tenía muy golpeada, y un oftalmólogo, porque no veía bien.

Lo siguientes días fueron días de visitas con los médicos, todos particulares. Toda mi atención corrió por cuenta de mi familia.

¿Cómo fue la primera noche? No dormí. Intenté descansar sentada, porque no podía recargar la espalda. Cuando me recostaba sentía que me faltaba el aire por la presión que recibí en el cuello. Mi mamá estuvo conmigo despierta toda la noche. No dormí la primera semana.

Pasaron meses antes de que hubiera un día en que no llorara. Lloraba todos los días. Si no era en la tarde, era en la mañana o en la noche y más cuando no dormía, porque también quería dormir y no podía y pensaba… y tenía algo, como un delirio de persecución. Paranoia. A veces lloraba en la regadera, cuando nadie me viera.

Tenía 23 años cuando me atacó. Estuve en tratamiento psicológico. Sigo yendo a terapia. Ya no son tan frecuentes las sesiones, pero sigo yendo. No sé hasta cuándo.

  

Me mandaban llamar mucho del Ministerio Público, pero lo más importante era que la policía ministerial fuera al lugar de los hechos o que trabajara en ubicación de esta persona, pero no era sí.

Me decían que sí iban y no lo hacían. Llegó un momento, ya cuando podía caminar bien, moverme mejor, sentarme mejor en que salía a buscarlo yo misma. Me disfrazaba de embarazada o lo que fuera y caminaba por los dos paraderos de microbuses correspondientes con su ruta para ubicarlo, porque sí tuve la oportunidad de verle bien la cara.

Alguna vez, cuando apenas llegaba a la base de camiones, me pareció verlo. Estoy casi segura que sí era, pero también estoy casi segura de que él también me vio y ya no volvió.

Ese día fue de mucho descontrol para quien me acompañaba y para mí, porque ya nunca lo volvimos a ver. Seguí yendo y yendo durante meses y meses no lo veía. Fui más de 50 veces a buscarlo, era casi diario. Estaba obsesionada. Sentía mucho miedo cuando salía y cuando regresaba sin nada sentía mucha impotencia y mucha desesperación.

No lo encontré.

Llegó un momento en que ya no pude más y lo dejé en las manos de Dios: “Dios tú lo vas a encontrar algún día”. Y ya no lo busqué. Era muy cansado, muy desgastante. Dejé de ir al Ministerio Público a preguntarles de qué manera ayudaba, porque en vez de decirme ellos cómo me ayudaban a mí, lo hacía yo.

Me mentían mucho, todo el tiempo. Me decían que no podían acercarse a la Secretaria de Transporte y Vialidad del Estado de México, incluso me proponían que yo lo hiciera. Que yo tenía que investigar los gafetes y licencias de los conductores. Siempre había toda clase de pretextos para no hacer las cosas.

Me pedían dinero. Desgraciadamente al principio sí dimos casi 10 mil pesos hasta que llegó un momento en que les dijimos a los policías ministeriales que no les daríamos más. Dimos el dinero por desesperación, para que empezara la investigación. Había una abogada que se nombró, no quiero decir el nombre, como mi coadyuvante y a través de ella dimos el dinero. No sé si realmente entregó el dinero, que nos dijo era para la Policía Judicial y para la agente del Ministerio Público, o si se lo quedó todo ella.

¿Qué harían con ese dinero? Su trabajo, nada más. Decían que necesitaban eso para hacer su trabajo. Y no lo hicieron.

Ya no fui a preguntar más, a pedir que buscaran a ese hombre y lo encerraran. Dejé de ir porque me cansé de ver que en realidad no les importaba nada.

Un día de fines de febrero de 2012, me llamaron y me dijeron: “necesitamos que reconozcas a un sospechoso”. Primero dije que no iría, porque ya estaba harta. Alguna vez anterior fui a identificar a otro que no era. No quería hacer nada, por desánimo, por decepción.

Me dijeron que al parecer era esa persona y que había otros casos y que era necesario colaborar, porque en los otros casos ya no había quien lo reconociera porque las había matado.

Eso fue lo que me motivó a hacerlo. Me paré al otro lado de la cámara de Gesell. Su mirada, sus ojos, su boca. Su mirada como si estuviera drogado, cansado, desvelado.

Lo reconocí de inmediato.

No pedí tiempo para nada, ni para pensar. Vestía pantalón de mezclilla y una sudadera gris. Lo hicieron hablar para que reconociera su voz. Habló una vez, habló una vez pero dijo una tontería y le pegaron, bueno, no le pegaron, le jalaron de cabellos. Quiso pasar como inocente.

Cuando lo vi, sentí mucho coraje, pero a la vez sentí alivio. Yo nunca dudé que sentiría ese alivio. Todas las noches soñaba, todos los días luchaba pensando cuándo lo detendrían. Pedía a Dios que cuando lo encontrara sí fuera él y que yo lo reconociera sin duda alguna.

Y así fue y a la vez me sentí descargada. Lloré mucho, lloré mucho ese día. Era distinto. Lloraba con mucho sentimiento. No lloraba de miedo ni lloraba de coraje. Sólo lloraba.

De todo me despojó, menos de mi ropa. Robó mi bolsa y con ella mi cartera, dinero, lentes, cosméticos. Le encontraron cosas, pero no sé si de las mías. Yo no quise pedir nada o preguntar si habían encontrado algo mío, porque no quería ver ni tener nuevamente nada.

Pero cuando lo tuve a la vista y recordé su mirada, dije: sí, es él.

Yo no había escuchado de los asesinatos, de asuntos parecidos al mío. Hubiera corrido a pedirles que sacaran mi archivo de la reserva. Mi expediente es una averiguación previa y los de las otras mujeres atacadas, las muchachas que murieron, son carpetas de investigación, porque entre el momento en que yo fui atacada y en el que ellas fueron asesinadas se hizo el cambio en el sistema judicial del Estado de México.
Un funcionario de la Procuraduría de Justicia del Estado de México me dijo así, textualmente: “Me tuve que aventar un clavado para sacar tu averiguación”. Yo ya estaba resignada a que no habría justicia.

Me enteré que había otras víctimas. Él quiso matarme y se los dije desde antes. Les pedí que no lo dejaran, que siguieran con la investigación. Se lo pedí a varias personas del Ministerio Público: “Si no lo hacen, sino lo detienen, él sí matará a otras personas porque él tuvo toda la intensión de hacerlo conmigo”, les advertí. Y obviamente cuando me enteré que hubo otras víctimas, tuve mucho coraje. Y lloré de dolor.

Dos días después, el 28 de febrero, prendí la computadora, vi las noticias y lo primero que encontré es que ese hombre se había fugado. Protestamos. Me dijeron que lo iban a encontrar, que estuviera tranquila. ¿Cómo estar tranquila? Un día lo detuvieron y al siguiente se escapó. Me dio miedo y coraje: si ya lo tenían, ¿cómo es que se les fue? Nuevamente, no quedaba más que esperar.

Pensaba en la versión de la fuga, en la historia de que se había quitado las esposas y que luego saltó del tercer piso de una ventana de la Subprocuraduría de Tlalnepantla, junto a la cárcel de Barrientos. Y lo único que me provoca ahora esa versión de la Procuraduría es risa.

Yo vi las ventanas de ese lugar y una persona no cabe por ese hueco. Si lo hace y brinca, no me cabe duda, se mata, pero ya no quise entrar en detalles con ellos. Solamente me dijeron eso, que se les escapó a los policías.

La fuga fue otra re victimización en mi contra y de las demás chicas, las que ese tipo sí logró asesinar.

Si el Ministerio Público hubiera hecho lo que tenía que hacer en mi caso, tengo la seguridad de que al menos tres más estarían vivas, porque estaba muy cerca de ellos y estaba muy clara la manera en que ese hombre cometía los ataques.

Yo les describí el microbús y el sitio exacto en que me subí al camión. Cómo era él y cuántos años tenía. En qué ruta trabajaba. Lo tenían todo y atacó a siete más, por lo menos. A todas las mató.

No era que los investigadores necesitaran ir lejos o que necesitaran dinero para sus teléfonos celulares. No, no, no. Esta persona trabajaba muy cerca de ellos, en las colonias aledañas, alrededor del Ministerio Público.

Su microbús pasaba casi junto a sus oficinas.
Tiene poco tiempo que en realidad me empecé a sentir mejor.
Tengo 26 años. Estoy por entrar a la universidad y también trabajo. Soy hija de familia desde siempre. Mi deseo es formar una familia y seguir adelante. Tengo muchas expectativas y mucha cosas por hacer.

Quiero estudiar Derecho. Siempre me ha gustado, siempre he tenido esa cosquillita. Sé que no es una carrera fácil y que es un poco demandante, pero es algo que me gustaría hacer. Me gustaría estudiar fotografía y formar una familia.

Me gustan muchos los niños. Ojalá algún día pueda tener por lo menos uno, pero me gustaría que fueran más. Me gustan las fiestas importantes, como la Navidad, aunque en realidad me encantan los domingos. No me gusta que sólo nos reunamos durante Año Nuevo si tenemos la oportunidad de hacerlo cada ocho días. Somos una familia mediana y muy unida. Tal vez por eso nos podemos ver con más frecuencia.

Tengo hermanos tres hermanos. Somos cuatro en total.

Estudié en escuelas privadas y públicas.

Me gusta toda la música. Me gusta mucho Celine Dion, ese tipo de música, más tranquila. Me gustan los colores rojos y morados. Me gustan mucho los chiles en nogada, los tacos… La comida mexicana.

Mi película favorita es “Un amor para recordar” (Adam Shankman, 2002). Trata de una pareja de muchachos que son rechazados en su escuela y que se conocen en una obra de teatro y ahí se enamoran.

Ese hombre ya se salió de mis pesadillas. Aún tengo esos recuerdos, como flashazos, que intento evitar que no me afecten, que no se me aferren a la mente y me arrebaten otro día. Ahora siento con seguridad de que podré dejar todo atrás.

Nunca me ha faltado el apoyo ni el amor de mi familia, ni de mi novio. Ya puedo salir a la calle con más tranquilidad, con más seguridad. Con límites, ya no como antes, sola. No es fácil salir sola nuevamente. No puedo subir sola al transporte público.

Es un caminar largo, pero a la vez estoy agradecida con Dios porque estoy viva. Nada más por eso.

Nota: Jazmín es el pseudónimo elegido por la única víctima sobreviviente de César Armando Librado Legorreta El Coqueto. El cambio de nombre obedece a la petición hecha por la víctima.

50 RAZONES DE LA DEBACLE PERREDISTA EN EL DF

23 Jun

La debacle perredista se sintió en todo el país. Sin embargo, en el bastión histórico de los amarillos –el Distrito Federal–, fue donde la caída resultó más evidente.

Los espacios que ganó Morena –y en menor medida, el PRI y el PAN– fueron los clavos en el ataúd de la alicaída hegemonía perredista. Y hoy que deben hacer cuentas, los del Sol Azteca apuntan dedos hacia todos lados, pero apenas ejerciendo una tibia autocrítica.

Es culpa de todos, menos mía, parece ser la consigna con que se evalúan los amarillos. Basta ver que el propio Miguel Ángel Mancera negó tener responsabilidad en la paliza que su partido putativo recibió en la capital.

¿De veras nadie tiene parte en el fracaso?, ¿de veras todo se debió a esa vaguedad con que “Los Chuchos” han querido justificarse: al “desgaste de gobierno” que los dueños del PRD gritan a coro?

Por otro lado, también se habla de traiciones y de venganzas urdidas por los personajes más oscuros del Sol Azteca.

Sin embargo, lo que poco se reconoce y menos se dice es que la derrota que sufrió el Partido de la Revolución Democrática en el Distrito Federal tiene una de sus explicaciones en el decepcionante gobierno que encabeza Miguel Ángel Mancera. Y es que, si Mancera fue ungido con cerca del 60% de la votación –que puede traducirse en apoyo–, hoy un amplio sector de sus gobernados lo rechazan y cuestionan sus decisiones.

De este modo, no es difícil pensar que una parte de los sufragios emitidos a favor de Morena, del PRI, del PAN y hasta de Movimiento Ciudadano, fueron, en realidad, votos en contra del gobierno mancerista.

Por lo anterior, proponemos 50 razones que llevaron a los capitalinos a votar en contra del PRD y de su hombre fuerte, Miguel Ángel Mancera.

Los capitalinos votaron contra el PRD y contra Mancera:

1. Porque ya no quieren las marchas con que la CNTE y otros grupos mafiosos se adueñan de las calles.

2. Porque ya no quieren los plantones.

3. Porque Mancera entregó a la CNTE el Monumento a la Revolución.

4. Porque el gobierno de Mancera permite el vandalismo impune.

5. Porque no quieren los bloqueos.

6. Porque están cansados de los ambulantes.

7. Porque están hartos de los taxis piratas.

8. Porque se cansaron del transporte público deficiente que Mancera prometió –sin cumplir hasta ahora– mejorar.

9. Porque nadie ha podido explicar qué pasó con la línea 12 del Metro.

10. Porque, a más de un año del cierre parcial de la Línea 12, sigue sin haber claridad sobre cuándo se reabrirá.

11. Porque no se aplicó la ley a quienes participaron en los fraudes de la Línea 12.

12. Porque se aumentó la tarifa del Metro, pero no hay mejoras a la vista.

13. Porque se prometió mejorar el servicio general del Metro y hoy es peor que nunca.

14. Porque los microbuses destartalados siguen siendo los amos del transporte público.

15. Porque nadie del gobierno resuelve el problema de los baches.

16. Porque la ciudad se sigue inundando por pequeñas lluvias.

17. Porque nadie atiende el problema del drenaje.

18. Porque sigue habiendo localidades sin agua y a nadie del gobierno le interesa.

19. Porque, a pesar de las cifras alegres del gobierno, muchos habitantes siguen recibiendo agua amarilla que no es potable y menos apta para consumo.

20. Porque sigue habiendo calles sin banquetas en una ciudad que aspira a la modernidad.

21. Porque si hay banquetas, no hay rampas para discapacitados.

22. Porque si hay rampas, están malhechas y no sirven.

23. Porque las ciclovías que tanto se presumen parecen trazadas por niños de primaria.

24. Porque los semáforos no funcionan o están mal sincronizados.

25. Porque hay miles de cruceros sin paso peatonal. Y ya no hablemos de señalizaciones.

26. Porque se construyen edificios que violan el uso de suelo.

27. Porque hay cientos de construcciones que se adueñan de propiedad pública y el gobierno se hace “de la vista gorda”.

28. Porque el crimen organizado avanza en la ciudad.

29. Porque el gobierno de Mancera prefiere negar la existencia del crimen organizado, antes que enfrentarlo.

30. Porque abundan los vendedores de drogas.

31. Porque cada vez es más común oír acerca de sicarios en el sur de la ciudad.

32. Porque nadie hace nada contra los extorsionadores.

33. Porque el gobierno de Mancera no puede con los asaltantes.

34. Porque los defraudadores operan como si nada.

35. Porque sigue habiendo cientos de presos sin sentencia.

36. Porque hay inocentes en la cárcel y delincuentes en las calles.

37. Porque la corrupción en los Ministerios Públicos sigue igual que antes.

38. Porque los policías corruptos están coludidos con los jueces corruptos.

39. Porque el gobierno de Mancera nunca castigó a los delegados corruptos.

40. Porque nadie investigó las presuntas corruptelas de Mauricio Toledo, ex jefe delegacional de Coyoacán y hoy diputado electo.

41. Porque nadie investigó con seriedad a Jesús Valencia, otro ex jefe delegacional del que se sospechan actos de corrupción. De hecho, Valencia será diputado federal por la vía plurinominal.

42. Porque tampoco nadie hizo nada ante las denuncias de corrupción contra el panista Jorge Romero.

43. Porque el gobierno permitió que los políticos transas siguieran transando.

44. Porque el gobierno de Mancera no aplica la ley contra sus cuates.

45. Porque el PRD y el grupo de Mancera –encabezado por Héctor Serrano– premiaron las corruptelas de los suyos con candidaturas.

46. Porque Mancera no se atrevió a desarticular las mafias de golpeadores al servicio de los poderosos.

47. Porque el PRD premió a cuestionadas familias caciquiles con más puestos y candidaturas.

48. Porque el PRD y Mancera permiten el grosero nepotismo.

49. Porque ni el PRD ni Mancera llamaron a cuentas a los jefes delegacionales que fueron exhibidos cobrando diezmo.

50. Porque nadie hizo nada contra los asambleístas y jefes delegacionales que se dan vida de reyes a costa del erario.

¿O será que ninguna de estas 50 razones tuvo nada que ver en el fracaso del perredismo en la Ciudad de México?