Los impresentables

9 Mar

  
El problema no es que al sistema político mexicano le hayan brotado tumores malignos y excrecencias dañinas; no, la tragedia es que no tiene manera de deshacerse de ellos. No hay defensa alguna contra gobernadores como Javier Duarte y Roberto Borge en Veracruz y Quintana Roo respectivamente, o contra líderes charros como el sujeto que regentea el sindicato ferrocarrilero, los dueños del Partido Verde, diputados y senadores impresentables, o un largo etcétera. No me mal interpreten. No es que el pasado fuese mejor: corruptos, sinvergüenzas e ineptos han habido siempre. Lo nuevo es que el sistema ha perdido su capacidad para aislar y desechar aquello que le resulta disfuncional.
El PRI se sostuvo durante setenta años gracias a su habilidad para eliminar aquello que atentaba contra su propia reproducción o ponía en riesgo su permanencia en el poder. Carlos Salinas “depuso” a 16 gobernadores durante su sexenio, además de la purga que llevó a cabo entre las filas de los líderes gremiales, comenzando con la Quina, del sindicato petrolero. En muchos casos se trató de ajustes de cuentas para fortalecer su propia fracción en detrimento de sus rivales; pero en otras simplemente eliminó piezas que resultaban disfuncionales, ineficientes o embarazosas para la imagen del partido. Algo similar a lo que ha estado haciendo el partido comunista chino durante los últimos años. En otras palabras, el presidencialismo de antaño tenía botones y palancas en la cabina de mando para desprenderse de un funcionario cuya insensatez, torpeza o locura dañaban la operación del conjunto.
Enrique Peña Nieto y Manlio Fabio Beltrones, cabezas del poder ejecutivo y del PRI respetivamente, están conscientes de que un sátrapa suelto como Duarte constituye un torpedo a la línea de flotación del partido en el poder. La violación sistemática de los derechos humanos por parte del gobernador de Veracruz, su cacería de brujas en contra de periodistas o su desastrosa gestión de las finanzas públicas han terminado por convertirse en motivo de vergüenza nacional e internacional. Y no es que el resto de gobernadores sea un dechado de virtudes; pero los excesos de Duarte superan la cuota de infamias tolerables por una opinión pública que de por sí es de muy amplio criterio.
El problema para las cabezas del partido es que en el panel de instrumentos no existe un botón que permita expulsar a los Nerones y los Calígulas que se encumbran en el poder. Los costos políticos para meter en cintura a los del Partido Verde, por ejemplo, son demasiado altos para Los Pinos, entre otras cosas porque el debilitamiento de la figura presidencial le obliga a sumar a todos los aliados, sin importar sus defectos; como un general ante una batalla de resultado incierto que prefiere ignorar la indisciplina de oficiales de reputación cuestionable; prescindir de cualquiera de ellos y de los recursos que aportan podría hacerle morder el polvo de la derrota. El ejecutivo ha preferido pasar por alto los absurdos excesos de Duarte y de Borge, antes de poner en riesgo el control del PRI sobre Veracruz o Quintana Roo. Aunque bien mirado, ahora mismo esas entidades estarían en riesgo de perderse justamente por la calamitosa gestión de estos bebesaurios. Al final, todo general sabe que la batalla también puede perderse por los desaguisados de un oficial inepto.
Y como bien sabemos, la alternativa democrática al debilitamiento del presidencialismo nunca funcionó. Los contrapesos institucionales han sido insuficientes para acotar los excesos de la clase política ahora que el ejecutivo es incapaz de hacerlo. Los gobernadores terminan por controlar a los congresos locales, a las comisiones estatales de derechos humanos, a sus jueces. El Partido Verde tiene suficientes miembros en las cámaras para decidir votaciones apretadas, lo cual les permite negociar dispensas a los delitos electorales cometidos (delitos que le garantizaron colocar a tantos miembros en las cámaras: un círculo pernicioso que se alimenta a sí mismo).
En suma, el sistema político carece de defensas frente a sus propias perversiones. Y esa es una de las principales diferencias entre el PRI de antaño y el de ahora. Peor aún, los escándalos surgidos en torno al primer círculo presidencial, desmotivan a la cabeza del sistema a emprender un cambio desde arriba. En parte por conveniencia propia y en parte por debilidad, el partido en el poder se ve obligado a exhibir sus vergüenzas sin posibilidad alguna de lavarse la cara, ni siquiera para hacer creer que se ha bañado.
Ante los excesos, el presidente prefiere nadar de muertito; no hacer olas se ha convertido en el mayor talento de la clase política actual. En eso han llegado a ser artistas pero sirve muy poco para gobernar.
Por Jorge Zepeda 

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