LA HISTORIA DE ANGÉLICA Y PAMELA… Y LA MATERNIDAD INTERRUMPIDA

23 Jun

Sólo un crimen es más castigado en el interior de las cárceles mexicanas que asesinar a un hijo: quitar la vida de la madre. Se pueden vender drogas por puños a niños o secuestrar y coleccionar mutilados y vivir con deshonra en libertad, pero aun con decoro en el encierro.

Arrancar la vida a quien la da es imperdonable.

Es parte de la ley viva en el interior de las prisiones. La misma que obliga a no delatar el peor de los abusos, a pagar a las autoridades formales e informales por recibir visita, pasar lista, dormir, declarar, vestir, fornicar, comer, beber, matar o vivir.

Por eso se entiende la suerte de Pamela en la penitenciaría de Barrientos, una de los más duras en el Estado de México a donde la muchacha fue presa acusada de asesinar a Angélica, su madre.

  

Intentó mentir adentro con que llegaba a prisión por robar algunos cosméticos en el Palacio de Hierro. Intentó pagar protección, pero en la cárcel el dinero es agua entre las manos. Y ahí la verdad o lo que por eso entienda el consenso de la cárcel siempre se impone.

Cuando las demás presas supieron que había llegado ahí por el asesinato de su madre, no dudaron. La arrastraron al baño y, como la madrugada en que llegó, le arrancaron la ropa para desnudarla.

Luego la violaron.

Angélica Patricia Domínguez Escamilla nació y creció en el centro de Tlalnepantla, hasta hace algunos años uno de los municipios más industrializados del país. A los 12 años sus padres se mudaron hacia el norte, a Barrientos, el mismo barrio que acoge la cárcel a donde llegaría su hija acusada de asesinarla.

Su padre fue un albañil alcohólico y golpeador de su mujer, la madre de los seis muchachos que debieron trabajar desde su primera infancia. A partir de los seis años, Angélica, una de las hermanas mayores, mendigaba casa por casa clamando por tortillas duras, se ganaba algunos centavos lavando trastes o lavando ropa ajena para ayudar a su mamá en los gastos de ella y sus hermanos.

A sus 14 años consiguió un trabajo en una empresa de revistas. El empleador dudaba de tener frente de sí a una niña, pero Angélica era empecinada, rasgo que la empujó a matricularse en un Colegio de Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Angélica era chiquita de estatura, de tez apiñonada y dueña de una melena rizada oscura que teñía de rubio, más a tono con sus ojos café claro y sus pestañas largas que estiraba todavía más con el rímel. Delineaba el borde de sus párpados inferiores de verde y colocaba color sobres sus labios.

En su juventud halló en la cultura azteca una pasión metafísica. Se integró a grupos de danza prehispánica. Bailaba cada fin de semana con las semillas de codo de fraile en los tobillos a manera de cascabeles y botas de peluche blanco que simulaban partes de la piel de un venado. El resto del atuendo eran falda y blusa rojas con perforaciones y bordados. Rodeaba la cintura con una cinta y se tocaba la cabeza con un penacho que, al final de su vida, alcanzaba una jerarquía de tres plumas, una verde, una roja y una blanca que representaban los elementos de tierra, fuego y aire.

“Ella decía que era fuego por el temperamento que tenía. Ella se incendiaba muy rápido y le gustaba el agua porque el agua siempre fluye y nunca se estanca y a mi mamá nunca le gustó detenerse en nada”, recuerda Pamela.

La danza la mantuvo en excelente forma física y, aseguraba ella, también mental y espiritual, hasta su edad mediana, cuando murió asesinada.

Angélica leía con ansiedad las leyendas del Mictlán, el mundo de los muertos de la mitología mexica. Admiraba la cosmovisión nahua y su entendimiento de la muerte, desprovisto de la tragedia y el dolor propios del cristianismo. Cada año, en el Día de Muertos, viajaba al Lago de Pátzcuaro, en Michoacán, o al pueblo de Mixquic, en la zona rural del Distrito Federal, para presenciar y participar en las ofrendas para el regreso momentáneo del inframundo.

En su último año en el bachillerato atendió a sus intereses en las ciencias naturales. Indecisa por qué carrera elegir, lanzó una moneda al aire en que se jugó uncamino por la agronomía o la medicina.

Sus buenas calificaciones le abrieron las puertas de la Facultad de Medicina en Ciudad Universitaria, pero no podía dejar de lado su trabajo en el norte de la Ciudad de México, así que hizo su cambio a la Facultad de Iztacala, en Tlalnepantla.

En alguno de los viajes a Tepoztlán del grupo de danza azteca conoció a un danzante que de inmediato la cortejó. El muchacho se ausentó de alguna de las presentaciones y un hermano suyo, un músico y fabricante de instrumentos prehispánicos, tomó su lugar en el flirteo con tanto éxito que se casó con Angélica cuando ambos pasaban los 18 años de edad.

Por esta época, la pareja sufrió el atropellamiento de un automóvil en la Avenida Mario Colín de Tlalnepantla. Él se levantó con algunos raspones y ella sobrevivió con la cadera destrozada, pero no los gemelos de que esperaba. Los especialistas advirtieron que difícilmente volvería a caminar y que de ninguna manera se lograría embarazar.

Pero, voluntariosa, ella volvió a danzar y el matrimonio procreó dos niñas. Primero nació Ivonne y, siete años después, el 5 de agosto de 1991, llegó Pamela.

Tras cursar la carrera de medicina con una niña en brazos, Angélica analizó su aflicción e interés por el duelo de quienes han perdido alguien y cursó varios diplomados en tanatología.

“Ella pensaba que la persona que lloraba por alguien que moría era muy egoísta, porque sólo quería la permanencia de su compañía. Creía que a los muertos los debemos dejar que se marchen en paz”, recuerda Pamela.

Angélica practicó la medicina en el Seguro Social, pero no abandonó sus intereses académicos y logró especializarse en medicina del trabajo, influenciada por su marido quien se ocupó como obrero en la industria metalúrgica. Algunos años después, la mujer debió agregar a sus títulos el de madre soltera luego de divorciarse del padre de sus hijas.

También vivió el agobiante deterioro al que se sometió la institución. Se jubiló, pero, con la pasión viva por la medicina, se mantuvo activa. Era insistente y fuerte en todos los sentidos que ese adjetivo ofrezca, a pesar de su tamaño pequeño.

A los ocho meses de checar su último tarjetón, Angélica buscó empleo y lo encontró en un consultorio municipal del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) estatal entonces presidido por la primera dama Angélica Rivera Hurtado, un sitio con recursos menos que suficientes completados por la voluntad de Angélica. Colocaba dispositivos intrauterinos a madres que vivían embarazadas, regalaba algún medicamento a sus hijos para que las lombrices los dejaran un rato en paz.

“Esa era mi mamá. Era buena persona”, recuerda Pamela Ruíz Domínguez, su hija que fue a prisión acusada de asesinarla.

La madrugada del 4 de abril de 2011, Angélica despertó con gritos de auxilio. De su recámara salían ruidos de su cabecera de madera golpeando contra la pared.

–¡Pamela! –pidió ayuda Angélica.

En ese tiempo, Pamela estudiaba diseño gráfico por la mañana en la UNAM y arquitectura por la tarde en la Universidad Tecnológica, carrera que cursaba con el financiamiento de Angélica. Si algunos minutos sobraban al día los compartía con su novio, Luis Carlos Jiménez Aguilar.

La joven dormía entre dos y tres horas y la carga de trabajo la había colocado en la posibilidad de reprobar una materia por no despertar a tiempo en la mañana. Su madre decidió que el calentador de agua se quedaría apagado y así Pamela se vería obligada a programar más temprano el despertador.

Ese día, entre las cinco y las cinco y media de la mañana, Pamela descendió a la planta baja de la casa para iniciar la flama.

–¡Pamela! –urgió Angélica.

Pero la muchacha se quedó paralizada. Reaccionó algunos segundos después y corrió a la salida. Antes de alcanzar la puerta chocó con un hombre que llevaba la cabeza cubierta con un pasamontañas negro. Sólo quedaban descubiertos sus ojos y parte del tabique nasal. Sus manos iban dentro de guantes cafés. Cuando se encontraron, el tipo le asestó un puñetazo en el rostro. Ambos alcanzaron la calle y corrieron en direcciones distintas.

Pamela sacudió una puerta cuatro casas delante de la suya. Abrieron casi de inmediato. Una pareja de vecinos acompañó a Pamela y alcanzaron a ver la carrera de un hombre de espaldas.

Entraron y un vecino frenó a las mujeres. Afuera escucharon la sirena de una patrulla de la policía; la luz alrededor cambiaba de azul a rojo. El hombre subió por las escaleras. Cuando volvió abrazó con fuerza a Pamela para impedir que fuera a la habitación de su madre.

“Estuvimos a tres minutos de agarrarlo, pero ya no lo correteamos, porque pensamos que nada más fue un robo”, se justificaron los patrulleros.

Una ambulancia terminó de despertar al vecindario.

Alguna de las vecinas llamó a una hermana de Angélica y, pronto, el resto de la familia llegó a la casa de Tlalnepantla.
–¿Cómo estás tú? –preguntó una hermana de Angélica a Pamela cuando la encontró temblando dentro de una camioneta, dos horas después del asalto. Se descubriría luego que el sujeto hurtó un pañal de tela que Angélica utilizaba como alhajero de unos pocos aretes y anillos de oro.

–Yo estoy bien, sólo tengo un golpe en la cara. ¿Y mi mamá? –averiguó Pamela.

–Tu mamá ya falleció.

La muchacha no logró contener el vómito.

El agente Agustín López Nieto inició la investigación cambiando el nombre de Angélica y “ofensiva pedantería”. En ese momento intentó interrogar a la huérfana, pero la familia reclamó respeto.

La subieron a un auto Neón blanco sin logotipos ni distintivos de la Procuraduría de Justicia del Estado de México (PJEM). La introdujeron a una oficina dedicada a feminicidios. Con fastidio, un funcionario resolvió que deberían esperar a que la jovencita terminara de llorar para tomar su declaración.

A la vez, el médico forense resolvía que Angélica murió desangrada a consecuencia de una profunda cuchillada en el cuello.

Ivonne, la hermana de Pamela, logró que una psicóloga amiga de Angélica la asistiera mientras hablaba con las autoridades. El agente permitió que la muchacha saliera del lugar hacia las siete de la noche, unas 14 horas después de que perdiera a su mamá a quien velaban en la agencia funeraria Gayosso de Tlalnepantla. La sepultaron en el cementerio Los Cipreses, en Naucalpan.

“Mi mamá era muy friolenta y siempre dijo que quería morir calientita, en su cama. Cuando hablaba del tema decía que la enterraran con pijama y calcetas de lana y una frazada. Quería que cuando la enterráramos le lleváramos mariachis y que le cantaran A mi manera”.

Tal vez lloré, o tal vez reí,

tal vez gané, o tal vez perdí,

ahora sé que fui feliz,
que si lloré, también amé,

puedo vivir, hasta el final, a mi manera.

Los tíos maternos de Pamela pidieron permiso a la policía de limpiar la casa tres días después del asesinato. La muchacha ya no volvió a ese lugar y se instaló en casa de sus abuelos maternos.

De vez en cuando recibía la visita de los investigadores, entre ellos del policía ministerial Agustín López Nieto. La familia de Angélica percibía que el caso tenía interés para las autoridades y lo atribuían al ambiente político mexiquense: el Gobernador Enrique Peña Nieto, interesado en la Presidencia de la República, enfrentaba continuos cuestionamientos por los feminicidios ocurridos durante su administración.

Cada vez con más insistencia, los ministeriales preguntaban sobre el estado de las relaciones de Angélica con cada miembro de la familia. Su actitud siempre resultó incómoda. Estaban lejos de la cortesía y se inmiscuían en algunos temas revelando el doble sentido de las preguntas. Un tema que molestó especialmente a Ivonne, por ejemplo, fue el de los recursos económicos de su madre en tal tono que sugerían el origen ilícito de bienes conseguidos con una vida de esfuerzo.

El sistema fiscal mexicano depende del Ministerio Público y la investigación se construye a partir de los datos obtenidos por los policías judiciales y los peritos, más ineficientes y corruptos los primeros que los segundos. Aunque la averiguación debiera ser y se presume científica es común que prive el sistema de prejuicios y salidas fáciles de los investigadores. Uno de los postulados fundamentales en su método es la supuesta probanza de la ubicación: si ocurre un crimen y en su tiempo y espacio coincide la presencia de una persona, ésta es la culpable y no importa más.

Aunque en el asesinato de Angélica los técnicos obtuvieron huellas digitales, estos rastros no se preservaron de manera adecuada por lo que quedaron inútiles.

La evolución del comportamiento de la Procuraduría mexiquense preocupaba a la familia de Pamela, a quien la autoridad acechaba y decidieron que lo mejor sería contar con asistencia legal. Solicitaron los servicios de una mujer llamada Ivonne Li Sánchez, de quien hoy Pamela sospecha que no es una abogada sino, como se dice en el argot de la administración pública en México, una “coyota”, una facilitadora de medios para corromper funcionarios. En este caso particular, Li Sánchez presumía amistad con Agustín López Nieto, el policía encargado de la investigación. Según Pamela, de inmediato solicitó dinero para aceitar el trabajo y hacer el esfuerzo real por detener al culpable.

El 25 de julio de 2011, tres meses y 11 días después del asesinato, los policías buscaron por teléfono a Pamela. Le explicaron que necesitaban practicar algunas diligencias en torno al crimen y la citaron a las cinco y media de la tarde en la casa en que ocurrió el asesinato de Angélica para reconstruir los hechos. Llegaron tres camionetas y dos autos repletos de policías y funcionarios

Los agentes impidieron el paso de los familiares de Pamela que querían acompañarla. En lugar de ello dieron paso a Li Sánchez.

Dentro de la casa, la Fiscal Liliana Guadalupe Rosillo tomó la palabra.

–Yo soy la Fiscal del área de feminicidios, yo mando a esta bola de gatos, yo estoy llevando personalmente el caso de tu mamá porque estoy muy interesada y a ver, dime cómo pasaron las cosas –ordenó la funcionaria.

Apenas comenzó Pamela con el asunto del calentador de agua y la hora a la que bajó a prenderlo, Rosillo la interrumpió.

–Es que tus tiempos no coinciden –alzó la voz la Fiscal.

–Es que yo no sé –respondió la muchacha sorprendida.

–Dime exactamente minuto y segundo.

–Yo no traía un cronometro ni un reloj para que estar viendo exactamente el minuto y el segundo.

–¿Por qué me contestas así?

–Porque es la verdad, yo no traía nada para marcar el tiempo.

–Pues yo no le creo, jefa, ¿usted cómo ve? –intervino un hombre.

–No, pues no.

Sin orden de aprehensión, la subieron a un auto y la acomodaron en el asiento trasero en medio de un agente del Ministerio Público y la supuesta abogada Li Sánchez. Conducía un tipo alto, moreno, de ceja poblada, nariz aguileña, labios gruesos, la cara cubierta de cicatrices de acné y apodado “El Chacal”. En el asiento del acompañante viajaba la fiscal Rosillo con la atención puesta en un teléfono Black Berry morado y blanco.

Por su posición, Pamela leyó un mensaje escrito por la funcionaria:

“Ya garramos a la hija de la chingada que mató a la mamá, ya nada más nos falta el novio. Ya vamos para allá”.

Con el mundo al revés, Pamela escuchó las frases como quien ve a través de un velo.

–¿Cómo la mataron? ¿Qué hicieron? Fuiste tú con tu novio –Luis Carlos Jiménez Aguilar–, y si no fuiste tú fue alguno de tus amigos, así que dime.

–No, no –repetía Pamela.

Intervino Li Sánchez.

–Cálmate y, pues, diles.

Llegaron a un edificio de aspecto moderno, con fachada de cristal junto a la vieja cárcel de Barrientos. La condujeron a la Fiscalía de Feminicidios y la sentaron dentro de una oficina. Un hombre la encaró.

–Ya sabemos las cosas: tú mataste a tu mamá. Lo sabemos porque por una llamada que hiciste a tu novio, el día 4 de abril a las 5 45 de la mañana. La llamada se registra a dos o tres cuadras de tu casa.

Pamela guardó silencio. El tipo salió y a los 10 minutos entró otro. Hojeó unos papeles.

–Tenemos la llamada registrada de tu novio de tu celular en el Metro Rosario.

–Decídanse: a tres cuadras de mi casa o en el Metro Rosario.

Tras el desconcierto, pareció que el agente estallaría. Se contuvo y dejó la habitación a la que luego entró la Fiscal Liliana Rosillo con la carpeta de investigación del homicidio de Angélica que arrojó contra la cara de Pamela.

–Deja de estarte haciendo pendeja, hija de tu chingada madre, porque ya sé que tú fuiste la culera que mató a tu mamá y dime cómo, cómo la mataste. Y mira, ve las fotos – Liliana Rosillo recogió algunas imágenes forenses de Angélica las colocó frente a Pamela. –Mira, mira cómo la dejaron, ¿crees que es justo? Yo sé que tú fuiste. Eres una culera, ve cómo la dejaste.

Pamela no contuvo el llanto, pero apretó los ojos.

“Ella traía uñas postizas y me agarraba la cara y me abría los ojos con las uñas. Me jalaba los cabellos y me abofeteaba”, recuerda Pamela.

–¡Vela, te estoy diciendo que la veas! –exigía la Fiscal. –¿Dónde está tu novio?

–Yo no voy a decir nada hasta que esté mi abogada.

–Esa está igual de pendeja que tú –espetó la Fiscal, según el relato de Pamela. –Tráiganle a la pinche abogada –ordenó.

“Pero, ya con la abogada, Rosillo se transformó en un pan de dulce”.

–A ver, creo que empezamos mal, ¿te puedo traer agua porque estás muy tensa y muy nerviosa? –reinició Rosillo.

–Cuéntame cómo te llevabas con tu mamá. Yo estoy interesada en al caso de tu mamá porque también mataron a mi mamá.

La joven declaró nuevamente y repitió, casi palabra por palabra, lo que dijo el 4 de abril. A las dos o tres de la mañana del 26 de julio de 2011, el interrogatorio fue retomado por dos agentes del Ministerio Público, Norma Angélica Rosas Roldán y Rubén Ortega Cisneros.

–Te vamos a ayudar. Una de tus tías nos dijo que probablemente estés embarazada. Velo por tu hijo, porque los hombres son bien culeros. Si fue tu novio, dinos –argumentó Norma Angélica Rosas Roldán.

Pero Pamela se mantenía firme en que ni ella ni su novio habían cometido el asesinato.

“Empezaron a hacer la declaración. Hasta se reían y se preguntaban ‘¿qué más le agrego?, ¿aquí qué modifico?’”, relata Pamela. “La declaración que me fabricaron básicamente decía que mi mamá nos había encontrado a mi novio y a mí teniendo relaciones sexuales y que, al calor de las emociones, la matamos. Se reían cuando cambiaban los detalles sexuales.

“Me mostraron un certificado médico de que estaba embarazada y me obligaron a hablar con Luis y decirle que era un cabrón si no se entregaba y se culpaba estando yo en esa condición. ‘El Chacal’ me apuntó con una pistola en la espalda para que lo hiciera”.

En adelante, la joven mujer ya no pudo hablar más a solas con su familia. Al día siguiente de la fabricación de la declaración, la supuesta abogada se acercó para hablar con ella, también frente a los funcionarios de la Procuraduría mexiquense.

–Es que sí fuiste tú, pero no te preocupes yo te voy a ayudar, te voy a sacar, nada más que necesito saber cuánto vale tu casa y la camioneta de tu mamá.

–La verdad ni idea.
–Es que ahorita me están pidiendo dinero, pero tú no te preocupes. Ahorita te saco. No te espantes ni nada, nada más espérame aquí.

Al siguiente día, Li Sánchez acompañó a Ivonne, la hermana de Pamela, y algunos de sus tíos a retirar dinero del banco para el soborno.

Pamela tiene presente cada detalle de esos días. En ningún momento de la entrevista que concedió para la inclusión de su caso en este libro dudó del nombre de algún funcionario. La charla ocurre en casa de Pamela, una vivienda de interés social en Cuautitlán Izcalli, también en el Estado de México. Es acompañada por su abogado defensor definitivo, Eduardo García Zarazúa.
–¿Cuánto les pidieron, quién se los pidió? –pregunto a Pamela.

–En primera instancia pidieron 750 mil pesos. Ese dinero los pidieron Araceli Toro Reyna, agente del Ministerio Público, y la Fiscal Rosillo –responde la muchacha. –El trato fue entre el Ministerio Público y la abogada, y la abogada fue la encargada de pedirles el dinero a mis tíos.

–¿A quién la pidieron el dinero?

–A mi hermana y a mi tío Armando.

–¿Y fueron por el dinero al banco?

–Sí, al siguiente día. De hecho, la abogada lo quería en ese mismo momento, en la madrugada. Eso ya lo sé porque lo he platicado con todos mis tíos. Fueron por el dinero a un banco en Mundo E, pero no tuvieron todo el dinero. Entonces recorrieron varios bancos buscando que les cambiaran un cheque por 400 mil pesos.

–¿Cuánto logran conseguir ese día?

–200 mil.

–¿Qué pasó después?

–No me sacaron. Vi a mi hermana, porque le pidieron que me convenciera de decirles dónde estaba mi novio. Yo siempre le dije que estaba en su casa. Mi hermana se puso pesada y me gritó que le dijera donde estaba Luis. Llegó la Fiscal Rosillo y le dijo que ella no tenía por qué gritar ni nada y decidió que me bajarían a las galeras. Era algo armado para que a mí me diera más miedo. No me pasaban comidas si ellos no autorizaban que me pasaran comida. Para ir al baño tenía que ir custodiada por dos personas, un hombre y una mujer, ni podía cerrar la puertita del baño. Al día siguiente me hicieron firmar un documento enviado por la abogada ‘coyota’ a través de una amiga suya que sí contaba con cédula profesional –de donde se desprende que Li Sánchez carecía de título, lo que debía ser del conocimiento de la autoridad y que impidió a Pamela su oportuna y debida defensa. –Dijo que con esa firma yo quedaría libre y yo firmé sin saber que era la declaración en que me inculpaba, porque no me permitieron leer el papel de cuatro hojas utilizado para acusarme.

–¿Cuánto tiempo estuviste detenida en el Ministerio Público?

–Cinco días, hasta el viernes en la noche. El jueves en la tarde una de mis tías me dijo que habíamos cambiado de abogado. Desde entonces me defendió Eduardo García Zarazúa. Todos los agentes del Ministerio Público empezaron a decir que me había equivocado por el cambio. “A ver si no te traen a cualquier pendejo”, me advertían. Yo tenía mucho miedo y sentía mucha desesperación. Pero fue hasta ese momento en que alguien me dijo que no dijera ni firmara absolutamente nada.

Hasta ese momento las marcas de los golpes y rasguños infringidos por Rosillo eran visibles en el rostro de Pamela.

Su abogado promovía un amparo y, cuando la situación parecía enderezarse, en la madrugada del viernes, la muchacha salió al baño y encontró que en el interior de la Procuraduría ya estaba detenido su novio, Luis Carlos Jiménez Aguilar. Lo encontró sentado en un sillón, esposado de pies y manos.
Pamela inició el llanto más largo de su vida cuando la llevaron a empellones a recibir la notificación de que el amparo tardaría un día más en estar listo, y que, finalmente, un juez había ordenado al Ministerio Público que la aprehendieran.

La Fiscal Liliana Rosillo pidió en su escrito al juez que condenara a la pareja a 70 años de prisión.

Horas después, un policía cerró un grillete alrededor de un tobillo de Pamela y el otro alrededor del tobillo de Luis. Así bajaron a la calle, donde los esperaba la camioneta blanca que los introdujo a la cárcel, a pocos metros de distancia.

–¿A poco si te chingaste a tu suegra? –preguntó un oficial a Luis con sorna.

–Era tu mamá, ¡qué poca madre tienes! –dijo otro a Pamela con humor negro.

Los muchachos temblaban antes de iniciar el recorrido. Atravesaron una enorme puerta metálica pintada de verde que los llevó a la aduana de la penitenciaría. Los bajaron del vehículo y los introdujeron a un cuartito con rejas verdes lleno de tomates podridos, tortillas enlamadas, agua en el suelo y un baño con varios días de uso sin aseo.

Los custodios ordenaron a Pamela y Luis que cambiaran su ropa. Los condujeron por un pasillo largo y angosto hasta un cuarto donde les tomaron sus datos, los pesaron y midieron, fotografiaron y tomaron huellas de todos los dedos de ambas manos.

A partir de ese momento siguieron separados.

Pamela subió por unas escaleras con los peldaños despostillados, las paredes manchadas de humedad y el piso de cemento alisado. La pasaron por una puerta pequeña de barrotes gruesos, también verdes.

Era de madrugada y la cárcel casi estaba en silencio, excepto por grupos de hombres vestidos de azul marino que, al verla, chiflaron y le dirigieron cualquier cantidad de insultos sexuales. La muchacha sentía su corazón como tambor fúnebre.

Una guardia le apretó el brazo y, sin mirarla, habló.

–Ya sé por qué vienes: vienes por matar a tu mamá, pero no digas nada porque allá arriba te van a matar a golpes.

Entraron a una pequeña habitación anunciado como el servicio médico de la cárcel. Pamela distinguió una camilla vieja con sábanas revueltas y sucias. Una doctora sin bata abandonó la torta que comía y la auscultó sobre la mesa de exploración.

–Ya es hora –avisó la custodia.

Siguieron unas escaleras por las que Pamela debió caminar junto a las rejas, a su lado derecho. La guardia la llevaba tomada de la mano hasta que encontraron una puerta grande y metálica verde con dos pequeñas ventanas. La vigilante tocó la puerta y otra se asomó por una de las rendijas.

–¿De dónde eres –interrogó a Pamela la segunda policía con tono marcial? –¿Qué hiciste? ¿Es justo o injusto lo que te está pasando? –indagó no por sus atribuciones formales, sino con la otra parte de su autoridad, la propia de la ley no escrita de las prisiones.

Pamela sólo lloraba y hacía por contener los mocos sorbiéndolos con fuerza por la nariz. La mujer policía sacudió la cabeza con reprobación y risa fingida para dejar claro lo muy difícil que le sería la vida en adelante.

La cárcel de mujeres quedó a la vista de la muchacha, una sala del tamaño de una calle corta llamada “La Aldea” con unas 250 convictas.

La introdujeron a una barraca con literas de tres camas. A su lado derecho encontró una señora medio desnuda jugando baraja con otras mujeres más jóvenes. Fumaban y veían televisión a la vez.

–¿Por qué viene? –averiguó la de mayor edad con la guardia, pero ésta no respondió.

Continuaron al final del pasillo hecho por las camas y entraron a un baño de dos metros de ancho por tres de lado. En una de las paredes, cerca del techo, Pamela descubrió cuatro agujeros que funcionaban como regaderas. Abajo, tres excusados y unos botes para pintura con agua calentándose con unos alambres enchufados a la toma eléctrica.

–¡Báñate! –le ordenaron y las mismas presas le quitaron la ropa a jalones.

Antes de tocar el agua le arrojaron algunas prendas alguna vez color azul marino. Las mismas internas la llevaron al inicio de la bodega y la pusieron frente a la vieja que jugaba naipes.

–¿Por qué vienes? –indagó la vieja, sólo tapada con un calzón.

Pamela no cesaba el llanto.

–Te ves muy chica. Te van a bañar –resolvió la líder de las reas o “mamá”, como se le llama en el argot carcelario tanto en los reclusorios varoniles como femeniles.

–Bueno –tembló la muchacha.

Una de las reas se acercó y le entregó un pequeño jabón Rosa Venus.

–Toma, yo tengo mi agua calentando porque me iba a bañar, pero báñate tú. No te preocupes, no te va a pasar nada –la consoló.

La carcelera la guio un nivel más hacia arriba, un espacio con celdas más pequeñas y unas 70 mujeres vestidas de beige.

–¿Por qué vienes?

–Me robé unos cosméticos en el Palacio de Hierro –mintió Pamela.

–¿Cómo a Palacio de Hierro? Estás bien pendeja. Métete a robar a la Comercial Mexicana –recomendó una de las internas.

–Te vas a ir bien rápido, una semana por mucho te echas aquí –la confortó otra. –Ya cálmate, no llores.

Pero no dejaba de hacerlo. Las reclusas mayores la tomaron por los brazos, la desnudaron nuevamente y la sumergieron en un tambo lleno de agua helada. Le tallaron el cuerpo con escobas y luego la llevaron a su celda. Desde el módulo varonil, Luis logró pasar algún dinero al área de mujeres para que Pamela durmiera sola en una cama, un armazón de varillas y esponja.

A partir del día siguiente conoció la rutina del penal de Barrientos:

Los pases de lista, todos obligatorios, son a las 5.30 y 8.30 de la mañana y 12.30, 5.30 y 7.30 de la tarde. El derecho de formarse se compra, en cada ocasión, en 10 pesos. Faltar a uno de los llamados se cobra con 35 pesos. Ahí todo mundo sabe que ese dinero y parte de cada una de las cosas que ahí se cobra, y ahí todo se cobra, va a los bolsillas de los guardias de seguridad que, a su vez, entregan una parte a sus jefes.

Las cárceles mexicanas son un increíble negocio: en Barrientos se exigen 25 pesos a la semana por usar el baño, de cuyo aseo se encargaban las otras presas. Cinco pesos diarios por calentar el agua en los botes. Diez pesos por utilizar los lavaderos de ropa, pero como los tendederos son territorio que sólo se conquista con guerra, lo mejor es pagar a alguna compañera para que ella se encargue de la ropa sucia. Se puede comer la comida frecuentemente podrida del lugar o pagar por consumir alimentos en mejor estado.

Muchos de los pagos se hacen los domingos de visita, luego de que las familias dejan dinero a sus internos para que sobrevivan una semana más.

Pamela, en su calidad de nueva, debía hacer cualquier cosa hasta que las otras hubiesen terminado.

“El rancho”, como ahí se llama a la comida, se servía en los envases desechables de la crema o yogurt.

La peor de sus comidas fueron unas verdolagas en chile verde a medio podrir. Era eso o la inanición. Desde su llegada, Pamela intentó mantener un ayuno que rompió casi al mes de su encierro. Mide 1.56 y pesaba, al inicio de la reclusión, poco más de 50 kilos. En algún momento de la cárcel pesó 38 kilos.

Pamela compartía celda con 13 internas en espera de sentencia, entre ellas Érika, acusada de asesinar y destazar a su cuñada, pero ahí dentro nadie creía en su culpabilidad. Otra, Elizabeth, purgaba condena por trata de mujeres con fines sexuales y vivía con ahí con su hija de brazos. Otra presumía que había llegado por un fraude y que, con otra estafa, dejaría la cárcel.

Conoció a una mujer que agradecía a Dios por estar presa por el robo de unos tenis y no por los 13 asesinatos que, juraba y describía, había cometido. Otras detallaban la amputación de los dedos de sus secuestrados.

Todo el tiempo estaba encendida la televisión en los canales que transmiten las telenovelas.

“Había una que era un hitazo: ‘Una familia de con suerte’. La realidad se pone medio irónica a veces. En la tele también vimos lo del ‘Coqueto’ –un feminicida serial– que hasta fans tenía allá adentro. ‘Te amo, Coqueto’, decían, y le mandaban cartas. Le escribían: ‘Yo también quiero que vengas y me violes’. Puras jaladas”.

Y había dos más, ambas secuestradoras, dos golpeadoras encargadas de cobrar.

Ellas eran las nuevas “mamás” de Pamela.

Quien sufría el decomiso de un cigarro de marihuana debía pagar entre 150 pesos y 350 pesos a las custodias. Una falta grave era castigada con encierro en el apando, un cuartito que en la cárcel de mujeres de Barrientos tiene apenas seis metros cuadrados. Todo lo que hay es una colchoneta y un pequeño excusado. No hay luz y, como al lado de la habitación están las parrillas para cocinar, es un sitio en verdad caliente.

El soborno por evitar la celda de castigo es de 500 pesos, una pequeña fortuna para la mayoría de los internos.

Pero una falta grave ahí es un acto distinto a lo que se podría entender fuera. Porque ninguna mujer fue al apando por participar en la violación tumultuaria a la que sometieron a Pamela cuando conocieron el verdadero motivo de su encarcelamiento.

–¿Qué pasaba con Luis? –pregunto a Pamela.

–Lo veía una vez a la semana, porque el abogado nos iba ver. Jamás dejó de ir, ni un solo lunes dejó de ir. Y era cuando yo lo veía. Frente a mí, él nunca lloró. Yo era la que siempre chillaba, chillaba y chillaba –lo dice llorando.

–Él siempre me decía: cálmate, todo va a estar bien. Y yo sólo le decía que ya me quería ir de ahí. Nada más una vez que sí me dijo: “Sí tengo miedo de que nos vayamos a quedar aquí”.

Hasta que, siete meses después de atravesar el portón verde metálico de la aduana, llegó la sentencia.

El 7 de marzo de 2012, el entonces candidato presidencial Enrique Peña Nieto se reunió en Culiacán con empresarios sinaloenses, se dejó acompañar de integrantes de la banda “El Recodo” y grabó spots de campaña en la zona de playa conocida como Olas Altas.

Ese mismo día Pamela caminó al área de juzgados de Barrientos para escuchar su sentencia luego de siete meses y siete días después de que el Ministerio Público la acusara formalmente del feminicidio de su madre.

Luego de siete meses y siete días en el infierno, Pamela y Luis podrían enfrentar una condena para seguir en ese lugar siete décadas más.

El juez ordenó el inicio de la audiencia a la una y media del día. Pamela y Luis se acomodaron detrás de una mampara de acrílico.

El juez Felipe Landeros Herrera, un hombre alto, blanco, de ojos café oscuros y lentes se sentó en medio del tribunal con rostro grave. No sólo parecía solemne. Se le veía molesto.

Leyó hojas y hojas de irregularidades cometidas por la Procuraduría de Justicia del Estado de México mientras pasaba su pluma por el documento impreso.

La llamada con pretendían probar la complicidad de Pamela y Luis había sido hecha por Ivonne, horas después, para pedir al muchacho que interviniera para calmar a Pamela.

Uno de los peritajes practicados, llamado mecánica de hecho, fue realizado por un solo perito en el mes de octubre, medio año después del feminicidio. Peor: el supuesto especialista de la Procuraduría nunca estuvo en la casa en que ocurrió el crimen.

Los policías que la trasladaron de la casa a la Fiscalía Especializada en Feminicidios, la ocasión en que la detuvieron, declararon que ella había confesado en un momento de remordimiento y plasmaron exactamente las mismas palabras, una tras otra y coma tras coma, en el documento acusatorio. Es decir, simplemente copiaron y pegaron un relato.
En pocas palabras, no existía un solo elemento de prueba que los inculpara. Ni siquiera estaba embarazada. Eso también fue una simulación.

Landeros Herrera se dirigió a los representantes del Ministerio Público. Pamela recuerda las palabras:

“Lo que ustedes están haciendo es un atentado contra la humanidad, es un atentado contra la inteligencia”.

El abogado García Zarazúa opina sobre las actuaciones de los agentes del Ministerio Público en el Estado de México:

“No saben ni siquiera leer y no lo digo con un propósito despectivo. Pueden reconocer las letras, no comprenden ni pueden interpretar lo que la ley dice. Recientemente absolvieron a otra persona imputada, también por el delito de feminicidio, y cometieron los mismos errores y arbitrariedades que en el caso de Pamela.

“El ministerio actúa con la seguridad que le da su ignorancia y únicamente con base en el Código de Procedimientos Penales. Pareciera que ignoran la existencia de la Constitución y francamente no saben que existen tratados internacionales. Desconocen los protocolos de investigación, no saben de la existencia de leyes orgánicas. No aplican manuales para la investigación criminalística en materia de homicidios y feminicidios. Y se los he dicho de frente, que son ignorantes, porque tengo razón”.

Cuando el abogado ofreció la entrevista para este libro estaba en vísperas de obtener su doctorado en derecho penal con una tesis en que analizó la prueba ilícita parcial.

“Su obligación sería continuar la investigación abrirla nuevamente. Estamos ante una múltiple victimización cometida por el Estado en contra de una familia. El asesinato de Angélica continúa impune”.

El 7 de marzo de 2012, Pamela y Luis debieron firmar algunos documentos. Ella se echó a llorar suplicando que no la hicieran entrar de nuevo a “La Aldea”, porque las liberadas, antes de dejar su celda, eran golpeadas por las demás. Él pagó 200 pesos al carcelero que los llevaba para que su novia se quedara en el área de locutorios.

La salida estaba programada a la media noche y alguna otra cantidad entregaron para salir cuanto antes, pero, aunque los funcionarios recibieron los billetes, una serie de movimientos impidieron el pronto egreso y Pamela debió regresar.

“A quien primero vi fue a mi hermana Ivonne. Me encontré afuera con Luis. El aire afuera huele diferente. Ahora estamos esperando un bebé”.

–¿Estuviste en el mismo edificio de donde brincó “El Coqueto”, el feminicida serial, en su supuesta huida? –pregunto a Pamela.

–Sí. Pero yo digo: ¿cómo brincó si no se puede? No se puede, de verdad no se puede. Hay tres que abren este pedazo –separa las manos cinco centímetros. Yo estuve cinco días ahí y lo puedo dibujar. La caída es de unos 15 metros, mínimo, porque son tres pisos de muy buena altura. Dijeron que se había descolgado con el cable de una computadora, cuando sólo había dos computadoras de escritorio y las demás eran portátiles: ¿cuál cable

“A mí me tocó estar con un muchacho que asesinó a su novia en un hotel y siempre lo tuvieron esposado. No le quitaban el ojo pero para nada, siempre te están cuidando. Está bien tonto que “El Coqueto” se haya escapado como dicen que se escapó

–¿Convencieron a tus familiares en algún momento de tu culpabilidad?

–¿Convencido en el sentido de que ellos también lo hayan creído? Sí. Hasta ahora ninguno de los dos hermanos de mi mamá me habla por eso.

–¿Retomaste tus estudios?

–Sí, regresé a la escuela, nada más diseño gráfico, porque a la UNAM tendría que esperarme un poco más.

–¿Te ofrecieron disculpas?
–No, al contrario: sólo se rieron.

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