TANHUATO: LA ROPA INTACTA Y LOS CUERPOS DESTROZADOS (3 de 3)

6 Ago

¿Por qué los cuerpos de sus familiares mostraban huellas de tortura, balazos en la espalda, fracturas múltiples, quemaduras… y, sin embargo, su ropa estaba intacta, sin siquiera huellas de sangre?
Esa es una pregunta que las familias de Ocotlán, Jalisco, de donde eran originarios la mayoría de los muertos del Rancho El Sol, situado en Tanhuato, Michoacán, se repiten una y otra vez. 
¿Por qué en el Servicio Médico Forense de Morelia trataron los cuerpos peor que en un rastro, sin que los responsables de defender los derechos humanos en México dijeran absolutamente nada y, encima, permitieran las burlas de miembros de la Policía Federal a las familias?
Este último es otro de los muchos cuestionamientos que ni las autoridades locales ni las federales han aclarado sobre el supuesto enfrentamiento del 22 de mayo pasado que dejó más de 42 muertos, dicen las familias, y por el que una comunidad entera se ha unido en un esfuerzo por limpiar los nombres de los jóvenes que, sin distinción, fueron señalados por el Gobierno federal como criminales y miembros del Cártel Jalisco Nueva Generación.

  
Ocotlán, Jalisco, 5 de agosto (SinEmbargo).– Era el número 13. Le fue asignado al azar. Un número que le robaba su identidad. No tenía nombre, pero su padre detectó entre la montaña de seres humanos desnudos y apilados en el suelo con aserrín, su cuerpo menudo, adolescente, casi de niño. Tenía 17 años. Se llamaba Francisco Daniel Magallón Torres.
El olor a muerte penetró en la nariz de Francisco Javier Magallón Pérez. De pronto, llegaron a su mente las imágenes de los gemelos recién nacidos, con cinco años, con 10. Francisco Daniel y Francisco David, idénticos, tanto que la gente los confundía de manera constante.
Y ahora, ha visto a uno de ellos en este lugar indigno. Hace cuatro meses Francisco Daniel “El Cuate”, se casó con Leslie. Estaba feliz, radiante. Trabajaba de dependiente en una tienda, pero su salario no le alcanzaba. Quería progresar, obtener un sueldo mejor para construir una familia y empezar una nueva vida.
Y a lo lejos lo identifica. Quisiera creer que no es él. Un padre conoce a su hijo. A medida que se acerca siente un estremecimiento, un ligero vértigo físico y de emociones; un dolor intenso por la pérdida, un golpe al corazón por esta realidad que parece ficción. Todo es como una novela negra, un thriller post apocalíptico.
El escenario putrefacto, surrealista, siniestro. No hay refrigeración, tampoco condiciones para tener 43 cuerpos. Pero allí están apilados, otros en fila, tirados en el suelo con aserrín y barras de hielo derretidas rápidamente y convertidas en agua. La sangre mezclada, el fétido olor, el ambiente nauseabundo, la muerte.
–¿Por qué los tienen así, como animales?”, preguntó sin dar crédito a la imagen inhumana, más parecida a un rastro a un matadero, que al Servicio Médico Forense de Morelia.

  
ROPA Y DISPAROS
En realidad, Francisco Javier Magallón Pérez primero identificó a su hijo en las imágenes de lo que él llama la “matanza” del Rancho El Sol, ubicado entre Ecuandureo y Tanhuato: “Estaba de espaldas, vestido con una sudadera naranja y un pantalón de mezclilla”.
Y ahora lo estaba viendo allí tirado en el suelo. Su sangre mezclada con la de otros: “Estaba todo su cuerpo amoratado. Y en la pierna como que le cortaron la piel, como con un cuchillo o algo así. Los torturaron”.
Las preguntas siguen surgiendo. “¿Por qué el pantalón está intacto si su pierna la tiene dañada y su piel cortada? Es obvio, dice, que primero los desnudaron, los torturaron y luego los vistieron”.
Cuenta que pudo ver los otros cuerpos, gracias a que ingresó al lugar junto a los trabajadores de la funeraria, sin pedir permiso: “Estaban en pésimas condiciones, echados a perder, uno estaba picado con la piel reventada, torturados, unos les mocharon los dedos de las manos, les tumbaron dientes a unos, a otros les mocharon sus partes íntimas. ¡No se vale!”.
Indignado añade: “Fue una emboscada, dicen que fue enfrentamiento, no, eso es una mentira. Fue una matanza. Los agarraron, primero los torturaron y luego les dieron el tiro de gracia. Mi hijo tenía un balazo por la espalda”.
Es otra de las preguntas que se hace. ¿Por qué su hijo tenía un balazo en la espalda y en las fotos difundidas en las redes sociales aparecía con una sudadera naranja intacta, sin el agujero del proyectil?.
“Los tenían en un cuarto todos amontonados, ni siquiera en la cámara (refrigerada) para que aguantaran los cuerpos. Yo cuando los vi, ya ni tenían hielo, ya nomás era pura agua la que estaba escurriendo, agua y sangre de ellos, aserrín abajo, como si hayan sido unos animales. Así los tenían”.

  
Comenta que al entregarle el cuerpo en una bolsa, no le entregaron sus pertenencias: “Nada, ni camisa, ni la sudadera, nomas me dieron el puro pantalón y sus trusas. Todo lo demás se quedaron con ello”.
No tiene duda de que los policías federales alteraron la escena del crimen e hicieron lo que quisieron: “A mi hijo primero lo torturaron y ya después órale córrale y por la espalda le dieron, el balazo lo tiene por la espalda, él cayó boca abajo. Con el balazo que le dieron con eso tuvo, le perforaron los pulmones. Y luego todo el cuerpo amoratado”.
Y añade: “No esta bien eso que hicieron, los hubieran aprehendido, los hubieran entregado y que la ley haya caído sobre ellos. No haber hecho justicia ellos, como lo hicieron. Que se haga justicia, que caiga la ley como debe de caer sobre ellos, porque eso fue un asesinato, fue una masacre fea. Supuestamente dijeron que los sanguinarios eran ellos y resultó más sanguinario el gobierno de ellos”.
Considera que fue una estrategia del Semefo dejar que los cuerpos se descompusieron al no tenerlos en la cámara frigorífica: “Mi hijo no se descompuso porque estaba delgado… Yo me metí con los de la carroza hasta el cuarto que los tenían, de hecho, hasta me regañaron porque me metí”.
Ninguna institución se acercó a apoyarlos, ni la CNDH ni la CEAV, tampoco alguna dependencia social para ayudarles con los gastos funerarios o con terapia psicológica.
Francisco Javier tiene cuatro hijos. El rostro de Francisco Daniel esta presente en su hijo gemelo Francisco David, pero el hueco en el corazón por la pérdida es irremplazable. El gemelo visita el cementerio constantemente para llevarle serenata.
Los trabajadores del cementerio conocen las tumbas de los “Guerreros de Ocotlán”. En su tumba hay una manta con la foto del rostro de Francisco Daniel con la frase “Mi guerrero”. Esta llena de flores y comparte espacio con otros familiares: “Hace días allí estuvimos, pero él se quedó con unos amigos, metieron la camioneta para ponerle música, serenata a su gemelo. La gente los confundía mucho, casi eran iguales. Lo extraña mucho. Mi esposa anda mal, en ratitos anda bien, pero a veces anda de la patada, es que no es para menos, la pérdida de un hijo es dura”.
Si la pérdida de un hijo es difícil, para María de Jesús Martinez la pérdida de dos nietos, José Antonio y Jesús Giovanni Mendoza Martínez de 20 y 21 años, a quienes crió como hijos, es un golpe tremendo del cual “jamás” podrá recuperarse.
Esta sentada en una pequeña habitación. En su casa visiblemente humilde se escuchan los palomos de José Antonio criaba. El palomar se ha quedado sin cuidados, ya no hay quien le hable a los palomas.

  
MISAS PARA SU DESCANSO
“Ellos no saben que están muertos”, dice de manera desolada Mamá Chuy, como le decían José Antonio y Jesús Giovanni a su abuelita que desde pequeños se hizo cargo de ellos.
Doña Chuy de 62 años solicitó al sacerdote del pueblo unas misas gregorianas para los 42 y hoy como todos los días se está preparando para asistir a la Iglesia San Antonio donde el cura nombre a cada uno de ellos con sus nombres y apellidos para pedir por su eterno descanso.
“Ellos aquí nacieron y se quedaron a vivir conmigo. Y hasta la fecha. Ellos se quemaron con el mismo hielo porque amontonaron los cuerpos. Me dijeron que los tenían como animales”, dice esta mujer de 62 años con un hilo de voz, apenas audible. La depresión no la ha podido superar.
Llora “no es justo”, repite. “Los masacraron. ¿Qué puede hacer uno? Es una impotencia. ¿Y el gobierno? Ni se ha acercado, ya ve lo que dicen, que eran unos malvivientes y eso no es cierto”.
Cuenta que Jesús Giovanni se iba en la mañana a vender fruta y en la noche le ayudaba a un señor a vender tacos, también trabajaba por temporadas en la empacadora de pollos; mientras José Antonio trabajaba cerca de la vía del ferrocarril lavando carros. Ambos fueron invitados a trabajar en el Rancho El Sol.
“Yo lo único que le pedía a Dios es que estuvieran bien, y por lo que veo, ahora si están bien, pero con él. Eran creaturas como todos, traviesos, pero no eran malosos ni andaban en malos pasos. Aquí toda la gente viera como los extraña. Cuando no andaba trabajando Antonio se la pasaba allá arriba con los palomos, se la pasaba chiflándoles, los soltaba y les daba de comer… Y así”.
Ambos no terminaron la primaria. Jesús Giovanni a quien le decían “el mudo”, la finalizó de adulto porque quería seguir estudiando. Y muestra la foto de su novia que estudiaba enfermería: “Esa muchacha no nos abandona para nada, sigue viniendo aquí, le decía ‘su paquetito’”.
En cambio, José Antonio a quien le llamaban “El Guamara” fue un niño mucho más sociable: “Con toda la gente se dieron a querer. Ya no los pude ver, me dijeron que estaban en bolsas negras y que con el hielo se quemaron y estaban bien hinchados. Y no los pudimos incinerar”.
Con profundo desaliento dice que no espera nada del gobierno: “Lo único que pedimos es justicia divina. ¿el gobierno qué? De malvivientes y cuánta cosa no los bajan. No es cierto nada de lo que dicen”.
Dice que gracias a los ahorros de Jesús Giovanni pudo atenderse del cáncer de matriz en quinto grado que padecía y finalmente superó hace pocos meses: “Fue gracias a él, porque era muy trabajador. Los dos, eran muy buenos muchachos. ¿Cómo se supera la muerte de dos hijos? Todavía dijéramos fue uno, pero no, fueron dos. Me los mataron”.
Jesús Giovanni era devoto de San Judas Tadeo, como la mayoría de los jóvenes muertos en el Rancho El Sol: “Las misas gregorianas son importantes, porque ellos no saben que están muertos y andan penando. Y estas misas es para que no anden penando los jovencitos, la mayoría eran puros jóvenes”.
Está segura que gracias a las mismas gregorianas, sus gritos y lamentos ya casi no se escuchan en el cementerio, según les han dicho los trabajadores del cementerio: “Era lo que les hacía falta, las misas”.
Aunque María de Jesús Amezcua Briones, esposa de César Mora Pérez, otro de los abatidos en el Rancho El Sol, difiere de esa opinión: “Dicen que se siguen escuchando en el panteón, unos se lamentan, otros se quejan, lloran. De todas maneras, ellos no están descansando. En el lugar donde los matan siempre hay que ponerles una cruz y no hemos podido ponérselas, no nos dejan”. 

 
EL CARPINTERO
César Mora Pérez era el número cuatro en el Servicio Médico Forense. Trabajaba como carpintero en Taosa Muebles y también atendía una pequeña tienda de abarrotes en su casa, un negocio que ahora su esposa cerró a falta de recursos económicos.
María de Jesús cuenta que un día le ofrecieron llevar un estiércol al Rancho El Sol para trabajar el jardín: “Pidió un camión para llevar eso para el jardín. Me avisó y todo. Y me llamó por teléfono para avisarme que ya venía”.
Era 22 de mayo y a las 8:50 de la mañana recibió su llamada: “Ya voy para allá, hazme de almorzar, traigo mucha hambre”, le dijo. Al pasar las horas, vio la noticia por la televisión.
Lo que más le sorprendió, dice, es que en el acta de defunción dice que su esposo murió a las 7 de la mañana: “Me lo entregaron sin un oído, lo tenía desprendido como si se lo hubieran arrancado con un cuchillo. Tenía un balazo en la cabeza, un tiro de gracia pues y una herida hecha con navaja o cuchillo en la cara”.
Dice que cuando se los estaban entregando pudo ver otros jóvenes amigos de su marido: “Estaban unos calcinados con el rostro quemado, unos sin ojos, sin dientes. Los torturaron. Hemos pedido justicia. Pero no hacen caso. Fue el gobierno. El gobierno hizo eso, una masacre. Si ellos eran delincuentes, ¿entonces el gobierno qué fue? Su deber de ellos era aprehenderlos, no matarlos con tanta crueldad”.
Indignada por la versión oficial de la Policía Federal, que dijo que los 42 pertenecían al Cartel Jalisco Nueva Generación, señala: “Si hubiera sido narco, ahorita tuviera un casonon”.

  
Ella y sus dos hijos viven en una vecindad sumamente humilde. El pequeño tiene un año y el mayor seis. Ahora vende perfumes y ropa en la calle, para sacarlos adelante, ya que se quedó sin sustento y con la deuda del funeral y otras cosas.
Cuando vio las fotos publicadas en las redes sociales de los muertos en el Rancho El Sol identificó inmediatamente a su marido y está segura de algo muy importante: “A ellos les arrimaron las armas, se las sembraron”.
Muestra una imagen donde su marido aparece sin arma, y otra donde ya le sembraron en arma: “En unas fotos los mismos que salen con armas, en otro lado salen sin armas. Esa arma que le pusieron además tiene seguro, según me dijeron, yo no sé de armas. Allí está acomodado”.
Dice que su esposo tenía un pie visiblemente quebrado y una cuchillada en el rostro: “¿Entonces qué fue lo que hicieron? Los torturaron y luego los mataron a sangre fría. Si son gobierno para qué sirven. Dudo que vaya haber justicia. Todo se quedará en la impunidad, como siempre. Los mataron muy feo”.
El niño de seis años le hace una pregunta recurrente: “¿Cuando va a venir mi papá?” Ella intenta explicarle el sentido de la muerte. El pequeño insiste. Y no contesta, simplemente añade: “El niño sabe que su papá está en el cielo, pero piensa que va a regresar”.

Por SanjuanaMartinez 

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Una respuesta to “TANHUATO: LA ROPA INTACTA Y LOS CUERPOS DESTROZADOS (3 de 3)”

  1. Hector Salgado (@HectorSalgadoR) 13 agosto, 2015 a 4:11 PM #

    La justicia no es “ciega” es acéfala mira para una sola dirección; el estado!

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