JAZMÍN, LA MUJER QUE SOBREVIVIÓ A “EL COQUETO”

23 Jun

¿Cómo huele la muerte en el aliento de un asesino serial de mujeres? ¿Cómo es el cuerpo propio cuando éste repugna y duele tanto que se quiere huir de él? ¿Cómo retumba la risa de un funcionario dedicado a procurar justicia cuando se tiembla en una agencia del Ministerio Público a la espera de contar que una debería estar muerta?
En 2012, el periodista Humberto Padgett platicó con Jazmín, única sobreviviente de un feminicida que también violó y luego asesinó a otras siete jóvenes mujeres en la tierra del Presidente Enrique Peña Nieto.
Su relato se presenta transcrito y apenas corregido, presentado en primera persona. Ella, Jazmín –pseudónimo solicitado por la joven que habla–, es quien dice cómo se regresa de la muerte en el Estado de México.

  
En realidad, no pasó mucho tiempo para que todo sucediera después de que subí al microbús. Era muy temprano, por la mañana, antes de que saliera el sol. Yo iba hacia el trabajo e hice la parada del camión.

Estaba sola y me sentí incómoda pero sólo porque no me gustaba estar sola y que afuera todo estuviera oscuro. Eran entre las cinco y las seis de la mañana.

Se puede pensar que un hombre con estas características tiene la palabra violencia escrita en la cara.

–¿Había razones para que descubriera, que anticipara que yo… que mi vida estaba en riesgo al momento de subir al microbús?

–No.

Lo único que vi es que él parecía dormido. Se veía desvelado. Recuerdo sus ojos enrojecidos, algo imbécil en su mirada. Quizá estaba drogado. No lo sé.

No sé si lo empiezo a asimilar y lo pienso bien y me trato de acercar a ese momento en que lo vi y me siento segura de que no, de que no hubo ningún motivo o razón para que yo pensara que ese hombre es malo y que tenía la intensión de hacerme algo, de destruirme, de asesinarme.

Nunca lo vi venir.

Ni una sospecha para prever que es la clase de hombre que ahora sé que es él. Y pensar que le llaman El Coqueto (César Armando Librado Legorreta). Escucho el sobrenombre y siento asco.

Subí al microbús de la Ruta 27.

El vehículo estaba completamente solo. Únicamente estábamos los dos ahí dentro. Lo abordé cerca de la base, pero no hubo oportunidad de que subiera más gente porque a los pocos metros se desvió de la ruta.

En esa desviación me empecé a alterar y le pregunté a dónde me llevaba. No contestó. Agarré mis cosas. Me desesperé. Y nada… Cerró la unidad y apagó la luz.

Nunca he sabido cuántos minutos fueron, porque yo forcejeaba con él para que no me hiciera nada. Yo sabía que no sólo sería atacada, que no sólo sería golpeada o abusada sexualmente, sino que también mi vida estaba en un hilo.

Esos momentos fueron lentos, segundos que pasaban muy lentos y lo único que yo quería era volver a ver a mi familia… Sin llegar a los detalles, lo único que yo hacía era luchar por mi vida y luchar por regresar y bajarme de ese microbús y regresar como fuera a mi casa, arrastrándome, sangrando de la cara… Así me vieran como pordiosera, desnuda o semidesnuda, yo quería regresar a mi casa.

Me defendía como podía y no sé cuánto tiempo pasó, no sé por cuánto tiempo estuve luchando contra él, hasta que logró que me desmayara. De tanto que me presionaba el cuello logró que me desmayara. Cuando desperté no supe cuántos minutos pasaron, no supe ni donde estaba. No fueron horas… apenas pasaron minutos.

Ese hombre me dio por muerta. Cuando desperté volví a cerrar los ojos. Quise patear la puerta para ver si salía, pero como ya no tenía fuerza no podría hacerlo. Cerré los ojos otra vez, porque vi que venía hacia mí. Me dije: ¿ya qué puedo hacer? Que me mate, pensé. Entonces mejor cerré los ojos para que pensara… que estaba muerta o que seguía desmayada.

Permanecí inmóvil. Él manejaba hacia donde me iba a arrojar. En ese momento pensé que lo mejor sería cerrar los ojos otra vez, como si yo no hubiera despertado para que no me viera. Soporté mucho dolor. Yo seguía en silencio. Paró el vehículo, me arrastró hacia la puerta y me arrojó a la calle.

Y para mí ese día fue… Fue como el día negro que lo recuerdo y lo empiezo a recordar y paro. No puedo seguir con ese recuerdo, no puedo seguir metiéndome en el recuerdo, porque si yo lo recuerdo es como si yo recordara cómo bajé al infierno.

Con el paso del tiempo, he tratado de ya no regresar ahí.

Los primeros días eran pesadillas. Las primeras semanas eran de no dormir, de llorar, de no tratar de recordar porque sentía que esta persona… Dormitaba y soñaba con él, soñaba que subía de nuevo al camión, que veía su cara de drogado y estúpido. Soñaba que me volvía a atacar.

Conforme ha pasado el tiempo me he sentido mejor. Por supuesto es algo que nunca, nunca olvidaré. No podré quitar ese día de mi vida. Fue el 21 de junio de 2010.

 Subió a su microbús. Lo seguí con los ojos entrecerrados. No sé cómo lo pude hacer ahora, fingir que estaba muerta para que no me matara.
Esperé a que girara su camión. Me levanté. Yo tenía mucho miedo. No me podía levantar, no podía ver, no veía nada, veía muy borroso. Pero necesitaba irme de ahí a conseguir ayuda. La colonia es fea, muy, muy fea. No está pavimentada. Pura piedra y tierra, en Naucalpan.

Cuando me levantaba, me caía. Me ponía de pie y caía nuevamente. Vi un hombre a lo lejos. Le quise gritar pero, pero no pude. Él se acercó a mí, le pedí que me llevara a un sitio de taxis para ir a casa. El hombre me subió primero a una combi para llegar al sitio de taxis, pero yo iba descalza, sí con mi ropa, pero descalza y sucia, muy sucia, y golpeada de la cara. Ya había amanecido y todos me miraban, pero nadie me preguntaba qué me pasaba, qué necesitaba.

Los recuerdo como sombras, sólo con los ojos vivos mirando hacia mis pies desnudos.

Descalza, atravesé la calle. Subí a la combi, subí un puente, llegue con las plantas de los pies cortadas, llenas de astillas.

Así llegué a mi casa.

Tenía raspones, tenía la cara muy morada, muy inflamada. Casi me estranguló. Tenía reventados lo vasitos de los ojos, el cuello lo tenía con las marcas de sus dedos. En los pies tenía muchos golpes. Todo me dolía: la espalda, el cuello. Todo.

A mi mente, en destellos, llegaba la idea de que lo peor ya había pasado.

Cuando estaba llegando a mi casa, yo quería que mi mamá o mi papá no me recibieran. Rezaba porque no me vieran. Pensaba que se desmayarían, que tendrían mucho dolor. Pero ansiaba llegar a mi casa y estar con ellos. El miedo disminuyó porque ya no estaba en las manos de ese tipo.

Me quería asear desde que llegué, pero no podía porque me tenían que llevar así al Ministerio Público. Pero yo lloraba, no podía ni gritar, pero quería gritar que no quería ya salir de mi casa. Mis papas son unas personas muy sensibles y mis hermanos también. En todo momento me dieron la tranquilidad para hacer las cosas, nunca me forzaron. Pero era algo muy importante, que lo entendí y accedí a hacerlo.

Lo único que quería era ver a mi doctor y nada más.

No podía caminar, no podía hablar. Me debieron llevar al Ministerio Público para denunciar y que me certificara un médico legista.

La experiencia en el Ministerio Público en el Ministerio Público fue mala, muy mala. Una atención muy mala, muy denigrante por parte de la médica legista y de la agente del Ministerio Público, ambas mujeres.

No podía ni tomar asiento. Me dolía todo. Ni podía hablar. La médica legista me hablaba como si hubiera subido a la plancha a un perro. Creo que un veterinario atiende mejor a un animalito. Me hablaba mal, me exigía que hablara más fuerte, que me sentara bien.

No podía.

La agente del Ministerio Público, mientras tomaba mi declaración, platicaba con un amigo suyo. En ocasiones ni me veía, sólo ponía atención a lo que ese hombre decía y ese hombre a veces sólo callaba para escuchar los detalles de lo que había pasado. Fumaban, todo el tiempo fumaron.

Ya eran las 11 de la mañana y ya no soportaba seguir ahí.

La agente no me habló mal, pero era una funcionaria con poca experiencia, poco criterio y ninguna sensibilidad.

Platicaba con su amigo, hombre, y este escuchando todo. Yo debía decirlo todo y entendía que al ser la primera debía ser bien concisa, que si me equivocaba en lo que declaraba yo podría ser responsable de que ese hombre se fuera libre si algún día lo detenían.

Tuve que decir todo, cada instante, cada detalle. No podía ocultar nada. Me quería bañar. Me urgía bañarme. Y el amigo de la agente ahí, fumando y platicando. Permanecí tres horas y media en el lugar.

Después, finalmente, pude bañarme.

Fui con el doctor, con mi doctor, con el que yo quería ir.
El resto del día fui con mi doctor, con mi ginecólogo. Compramos todo el medicamento necesario para evitar cualquier cosa. No aguantaba la espalda. Tenía bolas moradas en toda la espalda. Me llevaron también con un ortopedista. Durante los dos o tres días siguientes fui con un neurólogo, que me estudió la cabeza, porque la tenía muy golpeada, y un oftalmólogo, porque no veía bien.

Lo siguientes días fueron días de visitas con los médicos, todos particulares. Toda mi atención corrió por cuenta de mi familia.

¿Cómo fue la primera noche? No dormí. Intenté descansar sentada, porque no podía recargar la espalda. Cuando me recostaba sentía que me faltaba el aire por la presión que recibí en el cuello. Mi mamá estuvo conmigo despierta toda la noche. No dormí la primera semana.

Pasaron meses antes de que hubiera un día en que no llorara. Lloraba todos los días. Si no era en la tarde, era en la mañana o en la noche y más cuando no dormía, porque también quería dormir y no podía y pensaba… y tenía algo, como un delirio de persecución. Paranoia. A veces lloraba en la regadera, cuando nadie me viera.

Tenía 23 años cuando me atacó. Estuve en tratamiento psicológico. Sigo yendo a terapia. Ya no son tan frecuentes las sesiones, pero sigo yendo. No sé hasta cuándo.

  

Me mandaban llamar mucho del Ministerio Público, pero lo más importante era que la policía ministerial fuera al lugar de los hechos o que trabajara en ubicación de esta persona, pero no era sí.

Me decían que sí iban y no lo hacían. Llegó un momento, ya cuando podía caminar bien, moverme mejor, sentarme mejor en que salía a buscarlo yo misma. Me disfrazaba de embarazada o lo que fuera y caminaba por los dos paraderos de microbuses correspondientes con su ruta para ubicarlo, porque sí tuve la oportunidad de verle bien la cara.

Alguna vez, cuando apenas llegaba a la base de camiones, me pareció verlo. Estoy casi segura que sí era, pero también estoy casi segura de que él también me vio y ya no volvió.

Ese día fue de mucho descontrol para quien me acompañaba y para mí, porque ya nunca lo volvimos a ver. Seguí yendo y yendo durante meses y meses no lo veía. Fui más de 50 veces a buscarlo, era casi diario. Estaba obsesionada. Sentía mucho miedo cuando salía y cuando regresaba sin nada sentía mucha impotencia y mucha desesperación.

No lo encontré.

Llegó un momento en que ya no pude más y lo dejé en las manos de Dios: “Dios tú lo vas a encontrar algún día”. Y ya no lo busqué. Era muy cansado, muy desgastante. Dejé de ir al Ministerio Público a preguntarles de qué manera ayudaba, porque en vez de decirme ellos cómo me ayudaban a mí, lo hacía yo.

Me mentían mucho, todo el tiempo. Me decían que no podían acercarse a la Secretaria de Transporte y Vialidad del Estado de México, incluso me proponían que yo lo hiciera. Que yo tenía que investigar los gafetes y licencias de los conductores. Siempre había toda clase de pretextos para no hacer las cosas.

Me pedían dinero. Desgraciadamente al principio sí dimos casi 10 mil pesos hasta que llegó un momento en que les dijimos a los policías ministeriales que no les daríamos más. Dimos el dinero por desesperación, para que empezara la investigación. Había una abogada que se nombró, no quiero decir el nombre, como mi coadyuvante y a través de ella dimos el dinero. No sé si realmente entregó el dinero, que nos dijo era para la Policía Judicial y para la agente del Ministerio Público, o si se lo quedó todo ella.

¿Qué harían con ese dinero? Su trabajo, nada más. Decían que necesitaban eso para hacer su trabajo. Y no lo hicieron.

Ya no fui a preguntar más, a pedir que buscaran a ese hombre y lo encerraran. Dejé de ir porque me cansé de ver que en realidad no les importaba nada.

Un día de fines de febrero de 2012, me llamaron y me dijeron: “necesitamos que reconozcas a un sospechoso”. Primero dije que no iría, porque ya estaba harta. Alguna vez anterior fui a identificar a otro que no era. No quería hacer nada, por desánimo, por decepción.

Me dijeron que al parecer era esa persona y que había otros casos y que era necesario colaborar, porque en los otros casos ya no había quien lo reconociera porque las había matado.

Eso fue lo que me motivó a hacerlo. Me paré al otro lado de la cámara de Gesell. Su mirada, sus ojos, su boca. Su mirada como si estuviera drogado, cansado, desvelado.

Lo reconocí de inmediato.

No pedí tiempo para nada, ni para pensar. Vestía pantalón de mezclilla y una sudadera gris. Lo hicieron hablar para que reconociera su voz. Habló una vez, habló una vez pero dijo una tontería y le pegaron, bueno, no le pegaron, le jalaron de cabellos. Quiso pasar como inocente.

Cuando lo vi, sentí mucho coraje, pero a la vez sentí alivio. Yo nunca dudé que sentiría ese alivio. Todas las noches soñaba, todos los días luchaba pensando cuándo lo detendrían. Pedía a Dios que cuando lo encontrara sí fuera él y que yo lo reconociera sin duda alguna.

Y así fue y a la vez me sentí descargada. Lloré mucho, lloré mucho ese día. Era distinto. Lloraba con mucho sentimiento. No lloraba de miedo ni lloraba de coraje. Sólo lloraba.

De todo me despojó, menos de mi ropa. Robó mi bolsa y con ella mi cartera, dinero, lentes, cosméticos. Le encontraron cosas, pero no sé si de las mías. Yo no quise pedir nada o preguntar si habían encontrado algo mío, porque no quería ver ni tener nuevamente nada.

Pero cuando lo tuve a la vista y recordé su mirada, dije: sí, es él.

Yo no había escuchado de los asesinatos, de asuntos parecidos al mío. Hubiera corrido a pedirles que sacaran mi archivo de la reserva. Mi expediente es una averiguación previa y los de las otras mujeres atacadas, las muchachas que murieron, son carpetas de investigación, porque entre el momento en que yo fui atacada y en el que ellas fueron asesinadas se hizo el cambio en el sistema judicial del Estado de México.
Un funcionario de la Procuraduría de Justicia del Estado de México me dijo así, textualmente: “Me tuve que aventar un clavado para sacar tu averiguación”. Yo ya estaba resignada a que no habría justicia.

Me enteré que había otras víctimas. Él quiso matarme y se los dije desde antes. Les pedí que no lo dejaran, que siguieran con la investigación. Se lo pedí a varias personas del Ministerio Público: “Si no lo hacen, sino lo detienen, él sí matará a otras personas porque él tuvo toda la intensión de hacerlo conmigo”, les advertí. Y obviamente cuando me enteré que hubo otras víctimas, tuve mucho coraje. Y lloré de dolor.

Dos días después, el 28 de febrero, prendí la computadora, vi las noticias y lo primero que encontré es que ese hombre se había fugado. Protestamos. Me dijeron que lo iban a encontrar, que estuviera tranquila. ¿Cómo estar tranquila? Un día lo detuvieron y al siguiente se escapó. Me dio miedo y coraje: si ya lo tenían, ¿cómo es que se les fue? Nuevamente, no quedaba más que esperar.

Pensaba en la versión de la fuga, en la historia de que se había quitado las esposas y que luego saltó del tercer piso de una ventana de la Subprocuraduría de Tlalnepantla, junto a la cárcel de Barrientos. Y lo único que me provoca ahora esa versión de la Procuraduría es risa.

Yo vi las ventanas de ese lugar y una persona no cabe por ese hueco. Si lo hace y brinca, no me cabe duda, se mata, pero ya no quise entrar en detalles con ellos. Solamente me dijeron eso, que se les escapó a los policías.

La fuga fue otra re victimización en mi contra y de las demás chicas, las que ese tipo sí logró asesinar.

Si el Ministerio Público hubiera hecho lo que tenía que hacer en mi caso, tengo la seguridad de que al menos tres más estarían vivas, porque estaba muy cerca de ellos y estaba muy clara la manera en que ese hombre cometía los ataques.

Yo les describí el microbús y el sitio exacto en que me subí al camión. Cómo era él y cuántos años tenía. En qué ruta trabajaba. Lo tenían todo y atacó a siete más, por lo menos. A todas las mató.

No era que los investigadores necesitaran ir lejos o que necesitaran dinero para sus teléfonos celulares. No, no, no. Esta persona trabajaba muy cerca de ellos, en las colonias aledañas, alrededor del Ministerio Público.

Su microbús pasaba casi junto a sus oficinas.
Tiene poco tiempo que en realidad me empecé a sentir mejor.
Tengo 26 años. Estoy por entrar a la universidad y también trabajo. Soy hija de familia desde siempre. Mi deseo es formar una familia y seguir adelante. Tengo muchas expectativas y mucha cosas por hacer.

Quiero estudiar Derecho. Siempre me ha gustado, siempre he tenido esa cosquillita. Sé que no es una carrera fácil y que es un poco demandante, pero es algo que me gustaría hacer. Me gustaría estudiar fotografía y formar una familia.

Me gustan muchos los niños. Ojalá algún día pueda tener por lo menos uno, pero me gustaría que fueran más. Me gustan las fiestas importantes, como la Navidad, aunque en realidad me encantan los domingos. No me gusta que sólo nos reunamos durante Año Nuevo si tenemos la oportunidad de hacerlo cada ocho días. Somos una familia mediana y muy unida. Tal vez por eso nos podemos ver con más frecuencia.

Tengo hermanos tres hermanos. Somos cuatro en total.

Estudié en escuelas privadas y públicas.

Me gusta toda la música. Me gusta mucho Celine Dion, ese tipo de música, más tranquila. Me gustan los colores rojos y morados. Me gustan mucho los chiles en nogada, los tacos… La comida mexicana.

Mi película favorita es “Un amor para recordar” (Adam Shankman, 2002). Trata de una pareja de muchachos que son rechazados en su escuela y que se conocen en una obra de teatro y ahí se enamoran.

Ese hombre ya se salió de mis pesadillas. Aún tengo esos recuerdos, como flashazos, que intento evitar que no me afecten, que no se me aferren a la mente y me arrebaten otro día. Ahora siento con seguridad de que podré dejar todo atrás.

Nunca me ha faltado el apoyo ni el amor de mi familia, ni de mi novio. Ya puedo salir a la calle con más tranquilidad, con más seguridad. Con límites, ya no como antes, sola. No es fácil salir sola nuevamente. No puedo subir sola al transporte público.

Es un caminar largo, pero a la vez estoy agradecida con Dios porque estoy viva. Nada más por eso.

Nota: Jazmín es el pseudónimo elegido por la única víctima sobreviviente de César Armando Librado Legorreta El Coqueto. El cambio de nombre obedece a la petición hecha por la víctima.

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