Carta abierta al Papa Francisco 

25 Dic

  

Estimado Papa Francisco:
Le escribo preocupada por su próxima visita. Los católicos en México se sienten emocionados, pero hay grandes incógnitas con respecto a su agenda de eventos y su posición en temas sociales de gran trascendencia.
Antes que nada, quisiera informarle de la grave crisis de derechos humanos que vivimos actualmente en el país. Como usted estará enterado, el caso Ayotzinapa, la desaparición forzada de esos 43 normalistas, ha marcado un antes y un después en los ominosos crímenes cometidos por el Estado mexicano.
Ayotzinapa es la punta del iceberg, Santo Padre. En realidad, México es una tierra de desaparecidos. Existen oficialmente 30 mil desaparecidos, cifra que le será familiar porque es el número de desaparecidos en su país natal, la Argentina, durante las dictaduras militares.
Pero esta cifra resulta ínfima comparada con los cálculos de algunas organizaciones no gubernamentales que sitúan el número de desaparecidos en más de 300 mil.
Ante este panorama, comprenderá usted Papa Francisco que México es un país fracturado en su tejido social, muy lastimado y bastante dañado emocionalmente a consecuencia de nueve terribles años de violencia generalizada contra la población civil por parte de los distintos cárteles de la droga y también del propio gobierno.
En este último año, los crímenes de Estado han resurgido como en las peores épocas oscuras del pasado. Al crimen abominable de Ayotzinapa se añade el crimen de Tlatalaya, Apatzingán y Tanhuato, los primeros dos fueron cometidos por el Ejército, y el resto por la Policía Federal en Michoacán, estado que usted visitará. En Tlatlaya el Ejército ejecutó extrajudicialmente a 15 jóvenes, en Apatzingán la Policía Militar ejecutó a una decena de personas, mientras que en Tanhuato torturaron y asesinaron a 42 hombres.
Estos cuatro crímenes de Estado han quedado en la impunidad. Debe usted saber que el Ejército Mexicano es una casta de privilegiados por encima de la Ley con fuero y licencia para desaparecer, ejecutar extrajudicialmente y torturar.
Los militares en México generalmente no son juzgados por la Ley civil. El Secretario de la Defensa protege a los delincuentes vestidos de verde oliva. Ningún mando superior está siendo juzgado por estos últimos cuatro crímenes de Estado, ni ninguno ha sido juzgado por otras decenas de crímenes ocurridos en el pasado reciente. El Ejército Mexicano, es un ejército traidor que voltea sus armas contra los ciudadanos, en lugar de defenderlos y salvaguardar su seguridad.
Generalmente cuando son acusados el Estado responde protegiéndolos. A veces se juzga a estos criminales agentes del Estado bajo un método de simulación. Las víctimas y sus familiares no conocen a los verdugos. Y la mayoría de las instituciones los protegen, desde la Procuraduría General de la República (PGR), hasta los ministerios públicos, jueces y policías. El sistema consiste en dejar impunes a quienes asesinan impunemente en nombre del estado.
En el caso Ayotzinapa, la participación del Ejército no ha sido investigada. El gobierno se ha negado a abrir los cuarteles y no le ha permitido al Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes designado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) entrevistar a los militares implicados, ni tampoco estar presentes en los interrogatorios que les realizó la PGR. Santo Padre, hay un buen número de indicios, pruebas, testimonios y líneas de investigación que conducen al Ejército en el crimen de estado de Ayotzinapa, pero el gobierno no ha permitido abrir ese camino para conocer el paradero de esos 43 jóvenes normalistas.
Papa Francisco, al igual que el Ejército, otros agentes de seguridad del Estado mexicano gozan igualmente de impunidad. Es el caso de la Policía Federal e incluso de las policías estatales o municipales, que encabezan las bandas de secuestradores y cometen todo tipo de delitos. Hasta ahorita, ninguno ha sido juzgado por los crímenes de Estado cometidos en Apatzingán y Tanhuato en el estado de Michoacán. De acuerdo a su agenda, usted tendrá una misa en compañía de sacerdotes, religiosas, religiosos, consagrados y seminaristas, así como una reunión con jóvenes, pues bien, es importante que sepa que este estado ha sido escenario de graves violaciones de derechos humanos cometidas por las fuerzas de seguridad de ese estado.
También me gustaría contarle que en Michacán un grupo de ciudadanos tuvo que levantarse en armas para poderse defender de los narcotraficantes que delinquen en connivencia con las autoridades y que debido a ese “levantamiento” el gobierno mantiene en prisión a más de 380 Autodefensas. Y el Gobernador Silvano Aureoles en lugar de pacificar Michoacán ha emprendido una auténtica cacería contra los que exhiben la corrupción de autoridades y narcotraficantes.
El Gobierno mexicano ha firmado todos los tratados internacionales de derechos humanos, pero no los respeta. Existen miles de casos de tortura y otros tantos de ejecuciones extrajudiciales. En cuánto a los desaparecidos, tiene usted que saber que cada día surgen nuevos casos.
Además, en esta guerra delirante contra el narcotráfico, los cuerpos de las mujeres se han convertido en botín de guerra. Hay miles de mujeres y niñas desaparecidas para explotación sexual. Las redes de trata están constituidas por hombres de poder, políticos y empresarios con doble vida. La trata de explotación sexual se ha convertido en un próspero negocio en donde la vinculación de cárteles de la droga y autoridades ha permitido desplazar del segundo lugar al tráfico de armas.
Santo Padre, usted visitará Ciudad Juárez, el escenario de los feminicidios. En esa ciudad siguen ocurriendo terribles crímenes contra mujeres. Decenas siguen siendo desaparecidas y asesinadas. Las redes de trata están compuestas por políticos y hombres de “negocios” y el Gobierno de Chihuahua, encabezado por César Duarte no ha cumplido con la sentencia del Campo Algodonero que le obliga a juzgar a los agentes de seguridad del Estado implicados en las desapariciones y asesinatos de mujeres.
Otro de las realidades más terribles que vivimos es la de los migrantes. Otro grupo vulnerable fuertemente golpeado por la impunidad que protege a los agentes del estado que vulneran sus derechos. Debe usted saber que en México han desaparecido más de 70 mil migrantes, la mayoría centroamericanos, en su paso hacia el sueño americano. El Estado mexicano es un gran violador de sus derechos. Los agentes de migración los roban, los venden al crimen organizado y los desaparecen. La mayoría de las mujeres son violadas varias veces hasta que llegan a Estados Unidos. El Gobierno mexicano se queja de cómo son tratados sus ciudadanos del otro lado del Río Bravo, pero ese mismo Estado comete delitos peores contra nuestros hermanos centroamericanos.
Estimado Papa, en torno a la jerarquía católica en México, Santo Padre, tampoco le tengo buenas noticias. Hay cardenales seriamente cuestionados por su protección a sacerdotes pederastas. Es el caso de Norberto Rivera, Francisco Robles Ortega y Juan Sandoval Iñiguez, entre otros. Ellos se han encargado de que las víctimas de pederastia clerical no tengan acceso a la justicia ni mucho menos a la reparación. Según estudios, en México existen más de 14 mil curas pederastas, pero lamentablemente solo una decena está en la cárcel y algunos con la ayuda de las Arquidiócesis que les ofrece apoyo legal, quedan libres a los pocos meses .
Miles y miles de víctimas de los abusos sexuales del clero siguen esperando justicia. Desde las numerosas víctimas de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, hasta las víctimas del cura pederasta Nicolás Aguilar y tantos otros, han sufrido un calvario en su búsqueda de verdad.
Papa Francisco, como usted puede imaginarse, el panorama de México no es muy positivo que digamos. Llega usted en un momento crucial a este país y su visita puede dar esperanza de solución a miles de víctimas de estos delitos.
Muy triste resulta saber que usted no tendrá tiempo de recibir en privado a los familiares de desaparecidos, encabezados por los padres y familiares de los 43 normalistas de Ayotzinapa. El secretario general de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), Eugenio Lira, se ha apresurado a informar que su agenda no le permitirá conocer de viva voz la espantosa realidad que viven estos mexicanos. Grave error, Santo Padre, lamentable que usted no tenga unos minutos para ofrecerles consuelo y aliviar un poco el dolor de estos dolientes padres.
Con el respeto que usted se merece, Papa Francisco, me siento obligada a decirle que si piensa visitar México con una agenda muy diplomática, respetando el estabishment del gobierno mexicano, estrechando la mano del gran violador de los derechos humanos, el señor Enrique Peña Nieto, sin aprovechar el momento para decirle sus verdades, su visita será registrada como una gran decepción.
¿Recuerda usted esa imagen de Karol Wojtyla estrechando la mano del dictador Augusto Pinochet? ¿Recuerda usted esa imagen del nuncio apostólico Pio Laghi en Argentina dandole la comunión al dictador Jorge Rafael Videla? Ambos son siniestros personajes acusados de cometer crimenes atroces contra su pueblo y ambos fueron bendecidos por la Iglesia católica.
Y lo que es peor, Santo Padre, ¿recuerda usted como Juan Pablo II se negó a recibir a las Madres de la Plaza de Mayo en su visita a Argentina en 1987?, un dato que ha quedado para la historia del desprecio a las víctimas por parte de una iglesia a veces sorda ante el clamor social.
Papa Francisco, ojalá que su visita a México del 12 al 18 de febrero, no pase a la historia como una visita para legitimar un sistema represor capaz de cometer crímenes horrendos contra su pueblo. Ojalá que no sea usted recordado como el Papa que se dedicó a hablar de cosas sin importancia, ignorando nuestra ominosa realidad. Ojalá sea usted capaz de alzar su voz, para darle voz a los que no tienen, para darle voz a los invisibles: desaparecidos, migrantes, mujeres, niños y un largo etcétera de grupos vulnerables. Ojalá que en la homilía de esas cinco misas que oficiará en nuestro país hable claro y fuerte contra el opresor.
Ojalá que usted reconsidere y extienda sus brazos para ofrecer amor y consuelo a los dolientes mexicanos. Ellos lo necesitan. Y usted, Santo Padre, es una de las pocas esperanzas que aún tienen.
Por Sanjuana Martínez 

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