CÓMO EL CORREDOR CONDESA-ROMA SE VOLVIÓ UNA ZONA INSEGURA

17 Jul

En menos de un minuto, un automovilista a bordo de un vehículo blanco es asaltado en la calle Zamora, en la colonia Condesa. Una cámara de seguridad de un edificio cercano capta la escena: el automóvil se detiene en doble fila y segundos después un vehículo color gris se estaciona detrás suyo, como para cubrir a un sujeto que se acerca a pie.

El sujeto, playera a rayas, camina hasta la ventanilla del conductor. El auto gris arranca y se va. El robo transcurre en un par de segundos. En perfecta sincronía, el asaltante comienza a caminar hacia la calle, ya con el botín, cuando una motoneta aparece.

El sujeto con playera a rayas se monta detrás del conductor de la motoneta. La motoneta se va. Todo ocurre en menos de un minuto y a plena luz del día.

El conductor del auto blanco acaba de ser despojado de dinero en efectivo, que había retirado de un cajero en Ciudad Satélite, Estado de México. Posiblemente los asaltantes lo seguían desde ahí.

Cerca de donde ocurrió ese asalto, un vendedor de una tienda de bicicletas cuenta que atestiguó cómo a un motociclista que circulaba por la avenida Juan Escutia, un grupo de asaltantes le quitaron su vehículo, como a las 8 de la noche.

Por la zona, refieren vecinos, un negocio fue recientemente robado.

No muy lejos de ahí, en la vecina colonia Hipódromo Condesa, J. fue asaltado dos veces el mismo día el 22 de enero pasado.

El primer asalto ocurrió después de que salió de una sucursal bancaria a la que había ido a cambiar un cheque. Eran las 11 de la mañana, y a cuadra y media del banco, en la avenida Ámsterdam, dos sujetos armados se acercaron y le pidieron el dinero, entre 8 mil 500 y 9 mil pesos. Él supone que lo habían vigilado desde el banco porque sabían dónde había guardado el dinero y ni siquiera se molestaron en pedirle la cartera. También le robaron el teléfono celular y su anillo de casado.
Tras el robo, J. continuó su camino por la avenida Ámsterdam rumbo a la calle de Michoacán. Había dado apenas unos veinte pasos cuando decidió voltear para intentar ver por dónde se habían ido los delincuentes y tratar de localizar a algún policía, cuando otros dos sujetos, también armados con pistola, lo increparon para asaltarlo.

Él les explicó que recién lo habían asaltado. Los sujetos lo revisaron, le encontraron la cartera que los otros delincuentes no le habían quitado. No se la llevaron, pero como uno de ellos la tocó, dejó sus huellas. De poco le serviría esa prueba a J. más tarde, cuando presentó una denuncia en el Ministerio Público.

A Adriana Bernal, el pasado 5 de mayo le robaron los espejos de su camioneta afuera de su casa, ubicada en la calle Francisco Márquez, a plena luz del día.

Habitante de la Condesa durante 34 de los 39 años que tiene, refiere otros casos de cercanos de delitos, como que a su vecina le quitaron los tapones de su automóvil o que a su madre la asaltaron en el cajero automático de la sucursal de Bancomer que está en avenida Ámsterdam y Campeche.

¿Cómo es que una de las zonas más importantes económicamente y de atractivo turístico de la delegación Cuauhtémoc -en el corazón de la ciudad- se convirtió en un espacio donde cada vez es más común conocer de asaltos, robos de vehículos o a casas, extorsiones a negocios y hasta la presunta operación de bandas del crimen organizado en la venta de drogas?

Si tuviera que situarse un momento en que ese cambio se empezó a dar, Bernal lo ubica hace una década, cuando el polígono que forman las colonias Condesa, Hipódromo e Hipódromo-Condesa empezó a ponerse de moda y llenarse de negocios, sobre todo restaurantes y bares. Actualmente, esa zona de referencia abarca también a las colonias Roma Norte y Roma Sur, en lo que conforman el polígono Roma-Condesa.

Uno de los primeros delitos que comenzaron a ocurrir, recuerda la vecina de esa zona, fue el robo a automovilistas. Los ladrones aprovechaban el tiempo que los automovilistas tenían que esperar para estacionarse para atracarlos.

Había una banda de asaltantes a la que llamaban “Los Yuppies”, porque sus integrantes se vestían formales y se arreglaban, de modo que nadie sospechara de ellos por su aspecto distinto al de la gente que suele concurrir la zona, de clase media alta.

La anécdota es ilustrativa, porque de alguna manera refleja lo que los propios vecinos consideran una razón de por qué la delincuencia permeó el polígono Roma-Condesa: al convertirse en una zona de atractivo turístico, comercial y de vivienda para gente de clase media alta, eventualmente también se hizo atractiva para los delincuentes que vieron en ese tipo de gente un buen botín.
“Un ratero sabe que si tienes 30 mil pesos para pagar la renta de una casa […] tienes lana”, razona Bernal. “En la Condesa tú puedes saber el poder adquisitivo [de las personas] por el perro que traen”, desliza la vecina en otro momento de la entrevista.

  
En menos de un minuto, un automovilista a bordo de un vehículo blanco es asaltado en la calle Zamora, en la colonia Condesa. Una cámara de seguridad de un edificio cercano capta la escena: el automóvil se detiene en doble fila y segundos después un vehículo color gris se estaciona detrás suyo, como para cubrir a un sujeto que se acerca a pie.

El sujeto, playera a rayas, camina hasta la ventanilla del conductor. El auto gris arranca y se va. El robo transcurre en un par de segundos. En perfecta sincronía, el asaltante comienza a caminar hacia la calle, ya con el botín, cuando una motoneta aparece.
El sujeto con playera a rayas se monta detrás del conductor de la motoneta. La motoneta se va. Todo ocurre en menos de un minuto y a plena luz del día.

El conductor del auto blanco acaba de ser despojado de dinero en efectivo, que había retirado de un cajero en Ciudad Satélite, Estado de México. Posiblemente los asaltantes lo seguían desde ahí.

Cerca de donde ocurrió ese asalto, un vendedor de una tienda de bicicletas cuenta que atestiguó cómo a un motociclista que circulaba por la avenida Juan Escutia, un grupo de asaltantes le quitaron su vehículo, como a las 8 de la noche.

Por la zona, refieren vecinos, un negocio fue recientemente robado.

No muy lejos de ahí, en la vecina colonia Hipódromo Condesa, J. fue asaltado dos veces el mismo día el 22 de enero pasado.

El primer asalto ocurrió después de que salió de una sucursal bancaria a la que había ido a cambiar un cheque. Eran las 11 de la mañana, y a cuadra y media del banco, en la avenida Ámsterdam, dos sujetos armados se acercaron y le pidieron el dinero, entre 8 mil 500 y 9 mil pesos. Él supone que lo habían vigilado desde el banco porque sabían dónde había guardado el dinero y ni siquiera se molestaron en pedirle la cartera. También le robaron el teléfono celular y su anillo de casado.
Tras el robo, J. continuó su camino por la avenida Ámsterdam rumbo a la calle de Michoacán. Había dado apenas unos veinte pasos cuando decidió voltear para intentar ver por dónde se habían ido los delincuentes y tratar de localizar a algún policía, cuando otros dos sujetos, también armados con pistola, lo increparon para asaltarlo.

Él les explicó que recién lo habían asaltado. Los sujetos lo revisaron, le encontraron la cartera que los otros delincuentes no le habían quitado. No se la llevaron, pero como uno de ellos la tocó, dejó sus huellas. De poco le serviría esa prueba a J. más tarde, cuando presentó una denuncia en el Ministerio Público.

A Adriana Bernal, el pasado 5 de mayo le robaron los espejos de su camioneta afuera de su casa, ubicada en la calle Francisco Márquez, a plena luz del día.

Habitante de la Condesa durante 34 de los 39 años que tiene, refiere otros casos de cercanos de delitos, como que a su vecina le quitaron los tapones de su automóvil o que a su madre la asaltaron en el cajero automático de la sucursal de Bancomer que está en avenida Ámsterdam y Campeche.

¿Cómo es que una de las zonas más importantes económicamente y de atractivo turístico de la delegación Cuauhtémoc -en el corazón de la ciudad- se convirtió en un espacio donde cada vez es más común conocer de asaltos, robos de vehículos o a casas, extorsiones a negocios y hasta la presunta operación de bandas del crimen organizado en la venta de drogas?

Si tuviera que situarse un momento en que ese cambio se empezó a dar, Bernal lo ubica hace una década, cuando el polígono que forman las colonias Condesa, Hipódromo e Hipódromo-Condesa empezó a ponerse de moda y llenarse de negocios, sobre todo restaurantes y bares. Actualmente, esa zona de referencia abarca también a las colonias Roma Norte y Roma Sur, en lo que conforman el polígono Roma-Condesa.
Uno de los primeros delitos que comenzaron a ocurrir, recuerda la vecina de esa zona, fue el robo a automovilistas. Los ladrones aprovechaban el tiempo que los automovilistas tenían que esperar para estacionarse para atracarlos.

Había una banda de asaltantes a la que llamaban “Los Yuppies”, porque sus integrantes se vestían formales y se arreglaban, de modo que nadie sospechara de ellos por su aspecto distinto al de la gente que suele concurrir la zona, de clase media alta.
La anécdota es ilustrativa, porque de alguna manera refleja lo que los propios vecinos consideran una razón de por qué la delincuencia permeó el polígono Roma-Condesa: al convertirse en una zona de atractivo turístico, comercial y de vivienda para gente de clase media alta, eventualmente también se hizo atractiva para los delincuentes que vieron en ese tipo de gente un buen botín.

“Un ratero sabe que si tienes 30 mil pesos para pagar la renta de una casa […] tienes lana”, razona Bernal. “En la Condesa tú puedes saber el poder adquisitivo [de las personas] por el perro que traen”, desliza la vecina en otro momento de la entrevista.
De alguna manera, todo se ha vuelto atractivo para robar en esa zona, pues así como ocurren asaltos a transeúntes, robos de casas o de vehículos, son comunes los robos de bicicletas o de animales de compañía.
  
ALTA INCIDENCIA DELICTIVA

Tal explicación puede ser cierta, pero es subjetiva, apunta Alejandro Espriú Guerra, especialista en seguridad del Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde). En su valoración hay también un aspecto objetivo que tiene que sopesarse.
Esa parte objetiva es la de las cifras. De acuerdo con el informe Incidencia de los delitos de alto impacto en México 2014, del Observatorio Nacional Ciudadano, el Distrito Federal se ubica entre las entidades con mayores tasas de incidencia para los delitos de extorsión, robo con violencia y robo de vehículo.

Asimismo, datos de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) dan cuenta de que Cuauhtémoc es la delegación con la mayor tasa delictiva de delitos de alto impacto en el Distrito Federal, con una tasa de 113.6.

Para mayor precisión, en el desglose por Coordinaciones Territoriales de dicha delegación (a la que pertenece el polígono Roma-Condesa) se aprecia que la Coordinación Territorial 7, con sede en la colonia Roma y la más próxima a la zona, se muestra que en 2014 se registraron 658 delitos de alto impacto, siendo la segunda Coordinación Territorial con más delitos registrados, después de la número 8, con sede en la colonia Obrera. En delitos de bajo impacto, también obtuvo el segundo lugar, con 3 mil 654 casos.
En los primeros cuatro meses de este año, los delitos de alto impacto en esa Coordinación Territorial sumaron 148, conservando el segundo lugar en incidencia en ese tipo de delitos, y 821 en delitos de bajo impacto, quedando en tercer lugar.

Lo cierto es que lo que ocurre en esa parte de la ciudad no es ajeno a lo que pasa en el resto de la capital, que para el mes de mayo registraba 14 mil 250 delitos cometidos, siendo así la entidad con la segunda mayor incidencia delictiva del país, sólo por debajo del Estado de México.

Por ello es que Pablo Manzo, especialista en seguridad pública y profesor de la Universidad Iberoamericana, sitúa lo que ocurre en el polígono Roma-Condesa como parte de una situación generalizada de inseguridad en la ciudad, resultado de una descomposición social e incapacidad de los cuerpos policiales.

“En el fondo lo que hay es una corrupción general y obviamente una incapacidad de los órganos de seguridad que tienen a su cargo la garantía de la seguridad”, sentencia.

¿Qué tanto peso tiene el que se trate de esa zona en particular?, se le inquiere al académico. Él responde que ninguna y, más bien, denota una obviedad que bien puede explicarse con aquella conocida frase “Según el sapo, es la pedrada”.

Espriú Guerra apoya esa lógica y añade que si el fenómeno delincuencial se ha hecho más notorio en esa parte de la ciudad es por la incidencia de los actores afectados. En el caso reciente de las denuncias de dueños sobre supuestas extorsiones, ejemplifica, los afectados pertenecían al sector empresarial. Ahí también cabría, pues, la alegoría del sapo y la pedrada.

  
LA ILEGALIDAD COMO NORMA

Desde que en 2012 comenzó la polémica respecto a la puesta en marcha de parquímetros en las cinco colonias que comprenden el polígono Roma-Condesa, Mayela Delgadillo se convirtió en una especie de activista en su vecindario, la colonia Roma Sur. De la defensa del espacio público pasó a involucrarse también en otro de los grandes fenómenos que está experimentando esa parte de la ciudad: el desarrollo urbano desordenado y sin control.
Por eso es que cuando Delgadillo, quien actualmente forma parte del Comité Ciudadano Roma Norte III, habla sobre cómo la delincuencia logró instalarse en la Roma-Condesa, inevitablemente lo asocia con esa otra problemática, que se manifiesta lo mismo con la constricción de oficinas o departamentos de forma irregular, la operación de bares y restaurantes sin permisos o en zonas prohibidas, la persistencia de los llamados franeleros, o el crecimiento del comercio ambulante. El trasfondo, pues, es la permisividad de lo ilegal.

Una estampa apropiada de ese argumento bien podría encontrarse en la avenida Insurgentes, a la altura de las calles San Luis Potosí y Sonora. En ese fragmento de ciudad, que es también una porción del polígono Roma-Condesa, es posible contabilizar ya desde antes de las 10 de la mañana unos 16 puestos ambulantes, la mayoría de ellos de comida, sobre las banquetas aledañas al cruce de Insurgente y San Luis Potosí. Unos nueve de esos negocios informales permanecen abiertos a toda hora, y aunque varios de ellos se han mantenido ahí desde hace muchos años, otros se han ido sumando recientemente.

Una vendedora de tortas y otra de dulces y cigarros dicen que para estar ahí tienen que contar con un permiso que expide la propia delegación Cuauhtémoc. Ambas dicen no saber nada más sobre cómo se tramitan, cuánto cuestan o qué tipo de permisos son.

Basta voltear la mirada hacia el emblemático letrero del bar Sixtie’s, en la esquina de Insurgentes, para ver un anuncio espectacular con un aviso de suspensión del Instituto de Verificación Administrativa del Distrito Federal. Unos metros más adelante, en dirección norte, otro letrero espectacular también está suspendido. Del lado opuesto de la avenida, sobre el Condominio Insurgentes, dos espectaculares más se suman al panorama de fondos blancos y enormes letras con la leyenda “Aviso de suspensión”. Son tan vistosos que uno no puede evitar preguntarse cuánto tiempo habrán estado operando antes de que las autoridades se dieran cuenta de que lo hacían de forma irregular.

La duda es mayor en el caso de la estructura colocada sobre el Condominio Insurgentes, ese emblemático edificio de los años cincuenta del siglo pasado, que fue clausurado por el alto riesgo estructural que implicaba.

En 2012, se desalojó a una parte de sus inquilinos, quienes vivían en los pisos inferiores, pero otros continúan ocupando el edificio, usado en otro tiempo como oficinas.

En la planta baja del condominio, hoy es posible ver operando establecimientos que habían sido clausurados en 2012. Funcionarios de la delegación Cuauhtémoc dijeron entonces que en la planta baja se vendían drogas y los pasillos interiores del edificio servían como piqueras en las noches.

La permisividad que han tenido las autoridades delegacionales para que florezcan las irregularidades también es parte de la maraña que explica la delincuencia en la zona, considera Delgadillo.

Quizá el ejemplo más claro de ello sea lo que pasa con los dueños de bares y restaurantes. Delgadillo dice que una gran parte de ellos operan de forma irregular, sin los permisos correspondientes (a veces negados porque el uso de suelo no permite construir ese tipo de negocios). Su funcionamiento se explica por pagos de “mordidas” a las autoridades delegacionales para que les permitan operar así o los verificadores no los clausuren durante sus inspecciones.

Pero ante un problema como el supuesto cobro de “derecho de piso” que algunos empresarios de la zona denunciaron, aquellos que operan de forma irregular son más vulnerables, porque ante el temor de que se detecte su operación irregular, son los más proclives a guardar silencio, de acuerdo con Delgadillo.

  
UN VISTAZO A LA INSEGURIDAD

Alejandra Mazcote vive en la colonia Roma Sur. En diciembre del año pasado, robaron la casa del vecino que vive en el piso de arriba. Apenas en junio, ella corrió con la misma suerte.
El robo, cuenta, ocurrió en la mañana y justo en el horario en que ella suele salir, por lo que sospecha que el ladrón la había estado vigilando.

Llevaba apenas 10 meses viviendo en la colonia, cuando se quedó sin computadora y cosas de su departamento. Nunca antes, viviendo en otras partes de la ciudad, le había pasado algo así, dice. Irónicamente, se mudó a la colonia Roma Sur, por seguridad.

A partir de entonces su idea de que estaba en una zona segura cambió por completo. Y es que no fue sólo el robo del que fue víctima y el que conocía de su vecino. El día que ocurrió todo, un policía al que reportó el robo le comentó que era la cuarta vez que pasaba algo así en la zona. Después ella se percató de que también a los autos estacionados en la calle les robaba los espejos retrovisores o las llantas.

En la zona en la que vive, dice, el paso de patrullas es constante. El policía que le habló de otros casos sólo le recomendó que pusiera una chapa más segura en su puerta.

Un vendedor de dulces en la calle de Vicente Suárez, en la Hipódromo Condesa, afirma que la zona sigue siendo segura, pero momentos después empieza a contar los robos de los que se ha enterado desde la minúscula esquina en la que trabaja: a un auto le quitaron los cuatro neumáticos, a una vecina de un edificio a sus espaldas le allanaron la casa, a una chica la asaltaron unos metros más adelante de donde él se encuentra…

A Jorge Vázquez, de 38 años y vecino de Tacubaya, hace 3 años lo asaltaron en la Condesa. Estaba en casa de unos amigos en Mazatlán y Veracruz y como a las 2 de la madrugada salió acompañado de una amiga. Ambos caminaban sobre Mazatlán, él llevaba su bicicleta, y atravesando la calle Juan Escutia, un sujeto les salió al paso de entre los arbustos, pistola en la mano. Cortó cartucho, pero mantuvo la pistola apuntando al suelo, recuerda Jorge.

A groserías, les exigió que le dieran sus cosas. Su amiga traía su computadora portátil. Él traía libros y 50 pesos en la cartera. Todo lo perdieron, menos la bicicleta.

El asaltante les dijo que caminaran sin voltear atrás, por lo que Jorge y su amiga sólo alcanzaron a escuchar que el sujeto se metió de nuevo entre los arbustos y luego un automóvil lo recogió.

A unas tres cuadras de donde los habían asaltado, apareció una patrulla, cuenta Jorge. El policía apuntó sus datos y teléfonos y les dijo que si sabía algo les avisarían. Y ya nada pasó.

Desde entonces, Jorge dejó de usar la bicicleta para ir a la Condesa, pues sintió que la zona no era tan segura. Ahora pide siempre taxi.

Bernal, la vecina con más de 30 años viviendo en la Condesa, dice que la avenida Mazatlán se ha vuelto una zona de frecuentes asaltos, sobre todo de noche.
Además, asegura que en el tema de las extorsiones, los dueños de los bares y restaurantes no serían los únicos afectados, sino también los pequeños comercios. Se trata de un secreto a voces, afirma.

Por eso es que para ella, el operativo de seguridad recientemente implementado en la zona no es sino “llamarada de petate”.
“Nos jodieron a los vecinos todo el fin de semana entre policías, pero no hay un solo antro clausurado. Suena hasta ilógico”, expresa.

  
LA (IN)UTILIDAD DE LA DENUNCIA

Tras hacerse públicas denuncias sobre supuestas extorsiones a negocios de la zona, el Procurador capitalino, Rodolfo Ríos Garza, zanjó el escándalo diciendo que no existían denuncias al respecto, equiparando las denuncias con la comisión de los delitos.

El funcionario pasó por alto que de acuerdo con la más reciente Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (Envipe), para 2013 en el Distrito Federal se denunció el 10.1 por ciento de los delitos. Eso significa que prácticamente nueve de cada 10 delitos cometidos en la ciudad no se denunció.

La misma encuesta refiere que el 69.2 por ciento de la población capitalina considera la inseguridad como el problema más importante que aqueja a la entidad, por encima del desempleo, la corrupción o la pobreza. Pero, en contraste, los Ministerios Públicos y procuraduría local fueron de las autoridades con menos nivel de confianza entre la población. En la policía sólo confiaba la tercera parte de los capitalinos y en el personal de procuración de justicia apenas el 23.3 por ciento.

Las experiencias de los entrevistados ayudan a dar una idea del porqué de estas cifras.

Una compañera de departamento de Alejandra es abogada y ella se encargó de presentar la denuncia por el robo a su vivienda. Hasta ahora no han sido siquiera llamadas a declarar.

Jorge y su amiga optaron por no denunciar el robo. Él lo decidió así porque, por un lado, no había resultado tan afectado, pero también porque prefirió evitarse el engorroso procedimiento.

“Un poco fue por lo que ya sabemos: si vas a denunciar te van a tener cinco horas esperando al Ministerio Público, y nos quisimos ahorrar esa parte que se vuelve tan complicada a la hora de levantar una denuncia”, dice.

Quien sí denunció el asalto de sufrió fue J., pero de poco le sirvió. Cuenta que en algún momento le hablaron para que reconociera a dos de los cuatro asaltantes; él los identificó, pero nunca más lo volvieron a buscar para ratificar la identificación de los sujetos ya en prisión.

Sobre la identidad de los otros dos delincuentes, en sus declaraciones ministeriales él señaló que uno se encontraba en el banco al que había acudido a cobrar el cheque, y sugirió revisar las cámaras de seguridad de la sucursal bancaria, así como del sistema de videovigilancia que opera en la ciudad. No le hicieron caso, como tampoco escucharon su sugerencia de buscar huellas dactilares del asaltante en la cartera que uno de ellos tocó pero no se llevó.

Desde el día del doble asalto, J. guardó la cartera, con la esperanza de que en algún momento se la requirieran para buscar en ella huellas dactilares e intentar dar con el delincuente.

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