Votar por el PRI

20 Jun

Se suele ilustrar al Partido Revolucionario Institucional (PRI), sobre todo en la prensa y en las redes, como un Tyrannosaurus Rex. La imagen transmite el mensaje de un animal antiguo, agresivo, monstruoso, carnívoro, asesino por naturaleza; uno torpe y extinto, o en vías de extinción.
Esta caricatura, sin embargo, podría no ser tan acertada. El PRI bien podría quedarse otros 78 años en el poder, recuperándolo y soltándolo a conveniencia, con los partidos “opositores” como comparsa para mantener el control de grandes porciones de la población y de los presupuestos. Eso es lo que dice cualquier análisis de sus números.

El PRI es un T-Rex en una parte: es agresivo, monstruoso, carnívoro, asesino por naturaleza. Pero no tiene nada de torpe, ni de extinto. De hecho, me sorprende que siquiera se le piense torpe (dinosaurio en cristalería). Tan el PRI no es torpe que distintos análisis indican que los escándalos del Presidente Enrique Peña Nieto y su equipo por posible corrupción o por golpes a la libertad de expresión le afectan al Gobierno federal, pero no a su partido.

¿Y qué hace que millones de mexicanos sigan votando masivamente por el PRI? Hace 15 años que perdió la Presidencia de la República y hace tres la recuperó, pero nunca ha caído, digamos, en el hoyo. Vea: en la elección presidencial de 2000, 13 millones 579 mil 718 mexicanos le dieron su voto. En 2006 fueron 9 millones 237 mil, en un proceso en el que el candidato era malo (Roberto Madrazo) y los del PAN y la izquierda se veían bastante competentes y competitivos (Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador). Y en 2012, 14 millones 509 mil 854 votaron por el partidazo. Grosso modo, 37 y pico millones de votos en 12 años (de 2000 a 2012), sólo en elecciones presidenciales.

¿Qué hace que millones de mexicanos sigan votando masivamente por el PRI? Y entiendo que una eventual respuesta tiene muchas aristas. De antemano digo que, al menos para los propósitos de este texto, no entraré en los lugares comunes (que no por comunes son falsos): que si la torta y el Frutsi, que si las tarjetas de Soriana o Monex o que si los ofrecimientos en efectivo. A esa coreografía le falta la música: lo que realmente hace que esos mexicanos vendidos voten por el PRI no son los alicientes ilegales, sino la estructura que mueve, físicamente, los recursos y los votantes.

Mi pregunta va en otro sentido. Pregunto qué alienta la decisión de esos millones que votan voluntariamente por el PRI: qué piensan, qué los impulsa por dentro.
Porque, contra los reduccionistas que se niegan a aceptar que hay priistas convencidos, sí es una decisión de muchos millones acudir a las urnas, cierto día, a cierta hora, y frente a una boleta y con el marcador en la mano pintar una X sobre el logotipo de su partido: el PRI. ¿Es porque ven un país creciendo, en paz, que resuelve sus problemas y que imparte justicia? ¿O acaso ven un país que no vemos los demás; uno que va hacia allá, hacia ser más justo, más equitativo, menos violento? ¿Qué es lo que les hace voluntariamente depositar su confianza y el futuro de sus hijos en el PRI?
He escuchado muchos argumentos. Algunos dicen que es “la ignorancia” la que lleva a muchos a votar por el PRI; otros más, que el miedo al cambio. Hay quien sostiene que es pereza mental en dosis extrema, o egoísmo en dosis que envenenaría a cualquiera. O que son monos amaestrados por la televisión. Habrá mucho de eso, sin duda. Pero hay más.
Entre esos que votan voluntariamente por el PRI debe haber razones muy diversas. Enumero algunas:

1. Es la “tradición familiar”. El abuelo votó por el PRI, el padre votó por el PRI, el hijo hace lo mismo. No importa cómo hayan vivido esas tres generaciones: se vota PRI y ya, porque es lo que saben hacer mejor.

2. Es la incompetencia de la oposición en elecciones. Los candidatos son malos o no inspiran confianza. Los del PRI son malos por conocidos. Se vota PRI.

3. Es incompetencia de la oposición cuando es gobierno. Lo resumo en un solo caso: ese fraude llamado Vicente Fox… aunque puedo agregar a Felipe Calderón y a infinidad de opositores locales que llegan ganan elecciones.

4. Es conveniencia. Les conviene votar por el PRI. Qué importa cómo le vaya al país: eso no está en el razonamiento; es porque un primo de un primo podría resultar beneficiado. O el amigo de un amigo. Y como el PRI reparte, pues mejor el PRI que cualquiera.

5. Es por amor-egoísmo. Ama al PRI. Ama lo que representa, lo que le ha dado, lo que le promete y lo que le cumple, si es que le cumple. Y el amor es ciego. Y el amor es, además, un sentimiento egoísta. Es un “te amo a ti, a quien he escogido, y no a todos los demás”. Aún en el amor que une a una familia o a más de un individuo; en el amor que tiene un fan por su equipo de futbol, hay ese egoísmo.
Fin de la lista.

En junio de 2009 escribí en el periódico El Universal: “Mi padre votó por el PRI. Mis tíos [maternos], por la izquierda. Mi madre tuvo claro que votar era un acto en solitario y recomendó (sólo eso) que, excluidos por pertenecer a una religión minoritaria, no lo hiciéramos por el PAN. Yo he votado sin falta desde que tengo 18 años. Hicimos muchas veces lo que nos llamó el deber”.

En ese texto, y en algunos posteriores, anuncié que no votaría. Estaba harto del país de Felipe Calderón. Estaba harto de las opciones que ofrecían los partidos.

A toro pasado, creo que nos equivocamos los que alentamos en 2009 la abstención. Había mucho coraje contra el PAN y contra la guerra de Calderón; pero nos equivocamos. El PRI es una maquina muy bien enaceitada de votos: promesas a pasto y pagos en abonos le han permitido conservar una masa de egoístas. Con ayuda de los gobernadores, es una fábrica de cooptación, una mano larga para corromper: ofrece y da de aquí y de allá para mantener su base sólida. Creo, entonces, que un llamado responsable hoy es a votar, masivamente.

Nos equivocamos en 2009 y el PAN se hundió: tres años después, la experiencia Calderón lo mandó al tercer sitio en las presidenciales. Pero el castigo trajo de regreso al PRI. Sus millones de arrastrados aceptaron otra vez la rebanada de aire y recuperó la Presidencia de México. Y, bueno, para redondear cifras tan altas hay que aceptar que otros votan voluntariamente por ese partido.

Simpatizo con Javier Sicilia. Honesto y fiel a sus creencias, ciudadano en armas, aliado de causas que a pocos le interesan, es un individuo con el que yo quisiera marchar, si es que fuera activista y marchara. Pero ya vimos que romper sin traer el pegamento en la mano termina en un acto puro de anarquismo. Su mismo movimiento lo ha padecido. El llamado de Sicilia a no votar es entendible pero no creo que arroje soluciones viables, por ahora, en este momento.

La mezcla de acarreados y convencidos hace obligatorio votar masivamente por otras opciones si se quiere reducir el poder del partido que tanto daño ha hecho a México. No soy analista político ni mago; apenas soy un observador que les dice: a mis 47 años, las únicas veces que he visto a las ratas correr de regreso a las alcantarillas, por lo menos temporalmente asustadas, es cuando millones salen a las calles con el garrote en la mano (un voto por cabeza) a enfrentar al sistema.

Ya se que luego se cuelan los pendejos como Fox. Ya lo se.

Pero ese es tema para luego.

Ahora vuelvo a la pregunta original: ¿Qué hace que millones de mexicanos sigan votando masivamente por el PRI? Tengo una hipótesis: es porque el PRI da resultados. Y antes de que me caigan a palos, déjenme argumentar.
Es como irle a un equipo de futbol: no da nada, nunca; un equipo de futbol no resuelve la pobreza, la desigualdad, la injusticia; pero alguna vez cada tres o seis años, por lo menos, permite sentir a muchos millones que han ganado. Los que ganan son los jugadores pero millones sienten como propio el triunfo. Seis años la pasan del nabo, y un día en esos seis años su equipo gana. Gran borrachera (como después de una final de futbol); un sentimiento de triunfo inigualable sigue a la “victoria colectiva”. Y luego, otra vez, a la amargura de los días.

Y así ha sido siempre, por lo menos desde la Revolución. Los obreros tienen su 1 de mayo, por ejemplo; los universitarios, el 20 de noviembre. Días de marchar en celebración. Días en los que el gobierno (o el partido tricolor) son uno y uno mismo. Aunque después, a la inmensa mayoría, le vaya de la chingada.

Millones de amaestrados para esos estímulos: millones que ven como propio el triunfo del PRI aunque no les dé más que rebanadas de aire y desazón. Millones que un día disfrutan “su triunfo” aunque en la misma borrachera, los líderes priistas les roben la cartera y los zapatos, la camisa y la mujer. Ejércitos que llevaban el rostro de Eruviel Ávila en las banderas y nunca más lo volverán a ver. Millones que aplaudieron bajo el sol al candidato de las estrellas, Enrique Peña Nieto. Millones que por lo menos un día cada seis años sienten ser parte de algo, y en realidad lo son, aunque no como ellos creen. Son parte de la masa infame que mantiene a los verdugos del país en el poder. Son el voto duro: el que ha sostenido a una sola clase en el poder. Suena rudo, pero así es.

No veo más opción que mandar a esos millones de regreso a casa con su equipo derrotado. Una y otra vez. Y los partidos de oposición deben llevarle justicia social, equidad, seguridad a esos que han salido derrotados en la cancha (o en las urnas) para que entiendan que es posible cambiar, sin consecuencias, de equipo. Y que de hecho cambiar de equipo puede resultar mejor.

De otra manera, lamento decirles, el PRI conservará otros 78 años las bases que lo sostienen.

Esos millones que, aunque los defraude, votan por el partido que empobreció a sus abuelos, que empobreció a sus padres, que los empobreció a ellos y que empobrecerá a sus hijos y a sus nietos, deben encontrar en la oposición una oferta viable. Hay que hacerlos olvidar su amor-egoísmo por el PRI. Dejar de aman lo que representa –como un equipo de futbol–, lo que les ha dado y quitado, lo que les promete y lo que les cumple, si es que le cumple. Y el amor es ciego. Y el amor es, además, un sentimiento egoísta. Pero es posible desamar, y aquí se me ocurre sólo una fórmula: un clavo saca otro clavo.

Por eso creo que, si millones siguen amando al PRI, es porque han encontrado puros adefesios en la oposición.

Insisto: qué dinosaurio ni qué ocho cuartos. El PRI es el PRI, señores. Debería vérsele con más respeto. Deberían quitarse el sombrero cuando sus colores se levantan.

No se malinterprete: no hablo de bájense los calzones. No como lo hacen esos millones que siguen secuestrados moralmente por el partido de las mayorías.

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