El candidato que desafió a las televisoras

4 Jun

Mi hija contestó el teléfono y escuchó una supuesta conversación entre Jaime Rodríguez “El Bronco” y su esposa Silvia Mirella González, quien acusaba, gritando y con palabras altisonantes, de deshonesto al candidato independiente al gobierno de Nuevo León. Miles de familias del estado escucharon vía telefónica esa llamada en los últimos días, como una acción más, desesperada, para dañar la imagen del expresidente municipal de García, quien está en posibilidades reales de triunfar en las elecciones, según las encuestas. Sin embargo, para desgracia de sus contrincantes, todo esto parece ser contraproducente.

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Algo ha hecho bien “El Bronco” para ganar cada vez más las simpatías de nuevoleoneses, sin grandes recursos económicos y sin el apoyo de los medios electrónicos. Y algo habrán hecho mal, muy mal, los partidos políticos en la entidad para colocar en esa ventaja al candidato independiente. El gobierno estatal que encabeza el priista Rodrigo Medina también ha sido actor fundamental del enorme descontento ciudadano al ponerse al descubierto el enriquecimiento inexplicable de su padre y su familia, y los pocos logros de su administración, ante una televisión poco involucrada con la denuncia de estos hechos.

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Jaime Rodríguez llegó al lugar en el que está sin el apoyo de las televisoras. ¿No que la televisión fabrica y construye candidaturas e incluso presidentes de la República? En este caso, como en otros, la televisión no ha sido tan poderosa. Pero tampoco ha podido destruirlo políticamente, pese a los intentos de presentarlo como un hombre violento, que golpeó a su exesposa, que hizo declaraciones patrimoniales engañosas, que protegió al narcotráfico cuando fue presidente municipal, entre otras supuestas revelaciones. ¿Qué falló? ¿una sociedad más informada y menos manipulable? ¿una televisión con menor credibilidad? ¿una mayor contundencia de los casos fabricados o no en contra del candidato? ¿la mercadotecnia política?, se preguntan los expertos de la comunicación política.

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Para muestra un botón. En abril pasado, los canales locales de Televisa, Televisión Azteca, Multimedios y la estatal Televisión de Nuevo León destinaron 621 notas al PRI y PVEM, esto es, casi el 45 por ciento de la cobertura en el actual proceso electoral, mientras que a los candidatos independientes, 116 notas o el 8 por ciento. Al PAN le dedicaron 358 notas, lo que representó el 26 por ciento del espacio. Esto significa que sólo dos fuerzas políticas fueron privilegiadas con más del 70 por ciento de cobertura electoral en las televisoras, de acuerdo con el monitoreo realizado por la Comisión Estatal de Nuevo León. La televisión del Estado, autodenominada pública, fue la que más otorgó notas al PRI y al Partido Verde: 224, casi tres veces más que al PAN (con 76) y casi cinco veces más que a los independientes (con 49). El resto de los candidatos y partidos políticos, con excepción del Humanista, apenas si aparecieron en la televisión. El monitoreo no incluye las valoraciones de las notas (positivas, negativas o neutras), pero basta ver algunos días la televisión local para advertir el trato privilegiado y cordial con el partido gobernante en el estado (PRI) y la ciudad de Monterrey (PAN), y el periodismo crítico hacia el candidato independiente a la gubernatura.

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El historiador Enrique Krauze dice que “El Bronco” es un claro ejemplo del regreso del caudillismo, alejado de la institucionalidad de los partidos políticos. Y hay temor de que la historia se repita en México, con los nuevos Calles, Obregón o Santa Anna, pero sin tomar en consideración que ahora hay órganos electorales ciudadanos, prohibiciones constitucionales para la reelección, límites al gasto electoral, reglas para el acceso a los medios de comunicación, entre otros candados. Si estos mecanismos de control no han funcionado en el presente para los excesos del Partido Verde, esa es otra historia, pero en definitiva no puede compararse en esta materia el contexto político del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX.

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Ya el poder de la televisión se había sido puesto en duda con la llegada de Alberto Fujimori al gobierno de Perú en 1990. Sin el apoyo de los medios de comunicación, el entonces candidato independiente alcanzó al poder a través de una intensa campaña cercana a la ciudadanía, austera, con un discurso de promesas y cambio, que apabulló al escritor Mario Vargas Llosa, su contrincante, arropado por las elites peruanas y la televisión, que esculpía y engrandecía su imagen como un hombre honesto y culto, que sacaría al país de la grave crisis económica. Sin embargo, los electores, los de menores recursos económicos, lo veían lejano, como a una estrella de la televisión, mientras a Fujimori le podían estrechar la mano, cuando llegaba a los pueblos viajando en un tractor. Lo que vivieron años después los peruanos con Fujimori fue una desgracia, pero para los expertos de la comunicación política es innegable que lo ocurrido en aquel país hace un cuarto de siglo fue un caso excepcional de la relación entre política y medios de comunicación.

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Indudablemente, Jaime Rodríguez también ya hizo historia, incluso si no gana. No sólo por poner duda el poder de los partidos políticos y la televisión en su estado, sino por la fuerza que adquirió su candidatura con el uso de las redes sociales. A diferencia de Fujimori, “El Bronco” cuenta con miles de seguidores y simpatizantes en Twitter y Facebook, en una metrópoli fundamentalmente joven y conectada. ¿Habría alcanzado esa aceptación sin estos instrumentos de comunicación y con la televisión en contra? ¿qué tan determinantes han sido las redes sociales en la construcción y fortalecimiento de una candidatura? ¿como medios de difusión e interacción, bastarán para ganar y ejercer el gobierno, en caso de alcanzar la gubernatura?

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Y es que “El Bronco”, como se sabe, ha dicho que en caso de triunfar en las elecciones, dejará de otorgar recursos a los medios de comunicación, a través de la publicidad oficial. En un estado, como en muchos otros país, donde muchos medios de comunicación viven a expensas de los recursos del erario público, la promesa de Jaime Rodríguez es vista como un desafío para los empresarios mediáticos y para el propio ejercicio del poder. ¿Se puede gobernar con una televisión crítica e independiente? ¿la televisión puede salir adelante sin el apoyo del gobierno? ¿cuál será la política de comunicación y de relación con los periodistas con un gobernante que ha prometido cambiar las reglas del juego de la relación medios-poder? Si gana, pronto lo sabremos.

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