La tolerancia en duda

9 May

Tolerar es un concepto sobre el que vale la pena detenerse, pues, por un lado sirve para señalar la vivencia de sufrir, aguantar o soportar lo que no nos gusta y, por el otro, se refiere a un acto y en muchos casos a un anhelo –que en nuestros días se encuentra en el centro de lo políticamente correcto–: respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las nuestras. Enunciémoslo de una forma que haga más evidente la contradicción: tolerante es quien tolera lo que para él es intolerable. Una persona no es tolerante si respeta lo que le es afín, le gusta o comulga con ello; en todo caso es consecuente consigo mismo, con su identidad. Para ser tolerante es necesario respetar, aguantar, sufrir lo que es o se vive como diferente o contrario a la propia identidad.

Si esto es así, quizás convenga repensar la tolerancia a partir, precisamente de la identidad: de la identidad y no de aquello que regularmente se considera la clave del asunto: el respeto a la diversidad, a la pluralidad de identidades.

¿Cómo se llega a las ideas, creencias, religión o no religión, orientación sexual, preferencia política, tabla de valores morales, estéticos…, en fin, a todo aquello que conforma la identidad o, como quiera que se llame; pero que induce a que un individuo suscriba una particular visión del mundo y, sobre todo elija, en congruencia con esa visión, lo que se le parece, lo que le gusta y, obviamente, se aparte de lo que no se le parece, de lo que no le gusta?

Si podemos –esta condición es importante– nos relacionamos con la gente que nos gusta, comemos lo que nos hemos acostumbrado a comer, leemos lo que nos interesa y así, en todos los órdenes de la vida, vamos rodeándonos de aquello con los que nos identificamos y, obviamente separándonos, apartando lo que nos disgusta: lo otro que deviene en lo ajeno a fuerza de concentrarnos en nuestro universo. Una vez que tenemos identidad, el distinto a nosotros también queda constituido como aquel que, en el mejor de los casos, tenemos que tolerar.

Lo que somos, nuestra identidad es lo que tomamos por lo correcto, por lo bueno y lo verdadero. De ahí que admitir lo distinto equivalga a sufrirlo, aguantarlo, tolerarlo. ¿Qué pasaría si no tuviéramos identidad o si dudáramos de ella, si no estuviéramos seguros que nuestra visión es la correcta, la buena y la verdadera? ¿Qué pasaría si dudáramos de nuestro dios, de nuestra verdad, de nuestra orientación sexual, en suma, si pusiéramos en duda nuestra visión del mundo?

Suena imposible, porque si de algo estamos convencidos es de que las cosas son como las vemos, deben de ser como las vemos: de que nuestra realidad es la correcta. Suena imposible, pero hoy, precisamente en la relatividad que corroe las certezas, hoy en la posmodernidad cuando no existe nada firme y la razón se han vuelto un punto de vista más, un discurso más como cualquier otro, estamos en condiciones no de “tolerar”, sino de armonizar con los distintos, pues el ambiente en el que nos movemos es la duda, no la verdad sino la duda. Con la identidad deslavada, desvanecida por la duda, podemos sin necesidad de hacer un esfuerzo titánico, sin necesidad de ser un Atlas (el titán que soporta los cielos sobre sus espaldas) dejar de tolerar y, simplemente, reconocer que la verdad del otro es tan carente de fundamento como la nuestra. No estaba mal Cioran cuando nos recordaba una obviedad histórica: “Jamás ningún escéptico ha hecho una guerra.” No la verdad, no el respeto, no la tolerancia, sino la duda como clave de la convivencia de los distintos.

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