Extraño país

9 May

Extraño país, donde se mete a prisión, sin evidencia y con mentiras, a dos jóvenes por atreverse a protestar (Jacquelyn Selene Santana López y Bryan Reyes Rodríguez), pero le da la libertad al hijo (Rodrigo Vallejo Mora) de un Gobernador del PRI (Fausto Vallejo Figueroa) que bebe whisky de la mano de un criminal (Servando Gómez Martínez, “La Tuta”) que hizo correr la sangre inocente de mexicanos. País extraño donde un médico se levanta en armas contra los criminales (José Manuel Mireles) y es encarcelado, mientras otro criminal que saquea a los ciudadanos durante décadas (Carlos Romero Deschamps) es elevado por el PRI al Senado de la República.

Extraño país éste, en el que vivimos, donde es posible que el Partido Verde diga impunemente mentiras con tanta propaganda que hasta brota espontánea de las letrinas públicas, como brota la mierda. Y no es extraño que brote la mierda (en este caso la propaganda política) sino que la mierda sea capaz de garantizarle votos al Partido Verde. El votante dirá, quizás: “si es dinero público no son mentiras (o mierda)”; pero son mentiras (o mierda) porque es dinero público y el dinero público no importa al Partido Verde: puede contaminar, mentir, sacar de quicio, saturar las letrinas y cagarse en los que pagan todo su espectáculo (los votantes) porque, ¿por qué no?, son esos votantes los que pagan (y recompensan) su espectáculo a cientos de millones de pesos por elección.

Extraño país calculado para que ya no existan los votantes, de hecho: la cúpula política mexicana tiene una base estable de votos que le da legitimidad para gobernar al resto, que no es (ese resto) sino un paquete manipulable de emociones –usted y yo incluidos–; un resto que brinca por 43 vidas cegadas siempre y cuando el brinco no dure mucho tiempo; que brinca más alto si hay partido de futbol y brinca hasta el techo si le cierran la llave de la cerveza. País que no necesita votantes, ya: con los petroleros de Carlos Romero Dechamps; con los pistoleros priistas y perredistas del Distrito Federal; con los colonos sin agua del Mordor priista del Edomex; con los taxistas, los jornaleros y los obreros encadenados a los sindicatos charros (de izquierda, centro y derecha) se construye legitimidad. Y entonces no es necesario que nadie vote, si no quiere, porque colas de votantes de plástico y con una “P” mayúscula en la frente harán el trabajo de los emotivos que deciden no votar porque están hartos de votar y que no pase nada y por eso harán mucho menos: quedarse en casa a brincar.

Extraño país donde en el pasado construimos, con una economía más chica y los mismos ladrones de siempre, una Ciudad Universitaria, ferrocarriles, carreteras y barrios. Y ahora que somos de Primer Mundo y unos chingones del comercio y del turismo; ahora que todas las televisiones llevan sudor mexicano y todas las telenovelas, nalgas de exportación; ahora, que somos la promesa energética, no es posible construir una línea de ferrocarril rápido (ya no se diga un sistema ferroviario) y el aeropuerto de la Ciudad de México se tambalea porque no hay dinero para tanto. Pero hay más helicópteros que nunca para mover a los funcionarios públicos y un avión presidencial pocamadre; hay dinero para que los líderes de los partidos políticos, sus senadores y sus diputados viajen en primera clase, usen relojes de miles de dólares y todos tienen pensiones que darían envidia a Barack Obama. Hay más yates que nunca, más multimillonarios que nunca, más celulares y televisiones que nunca, más apertura económica que nunca ahora, justo ahora, cuando hay más pobres que nunca y los hospitales, las universidades y los edificios públicos se caen a pedazos.

Extraño país donde las mayorías nacen con destino manifiesto: tome su camión y haga dos horas al trabajo; regrese cansado doce o catorce horas después, y cansado póngase a dormir. No piense. No se queje, porque esa no es una buena idea. Y grandes zonas grises para dormir, con apenas lo más indispensable; ciudades de cemento en las afueras, sin árboles ni parques. Y si no hay agua, o drenaje, o seguridad, o aire, espérense que ya vienen las campañas políticas: habrá agua, drenaje, seguridad y aire para todos, aunque sea en los anuncios espectaculares. Extraño país, y extraña gente que pone todos sus huevos en la canasta donde desaparecen el agua, el drenaje, la seguridad, el aire: la canasta de los partidos.

Extraño país organizado en hordas de salvajes amaestrados (y comodinos): hordas de burócratas, hordas de votantes, hordas de colonos, hordas de aplaudidores, hordas de aficionados, hordas de criminales, hordas de policías, hordas de afiliados, hordas de parásitos (hordas de políticos de medio pelo, pues). Hordas organizadas para mantener el equilibrio, que se roban unos a otros y se jalan hacia abajo para reafirmar, arriba, una sola clase política que se ha enquistado con todo e hijos para vivir del resto de las hordas.

Extraño país (extraño mundo) donde los mercados financieros “hablan” (Slavoj Zizek dixit). Son ellos los que dicen cuáles “sectores” de la población merecen dinero y a cuáles pueblos hay que huirles por hediondos e inestables. Y si esos pueblos quieren salir adelante es necesario que se atengan a las reglas-para-salir-adelante: 1. No pensar. 2. Apretarse en cinturón. 3. Bajar la vista o, en su defecto, ver los helicópteros pasar sin decir una sola palabra. Es así o es así.

Y no importa si esos pueblos votan o no: su silencio y el cinturón apretado son suficientes. Y no pensar, por favor, por nada del mundo. Y ayudan, de vez en cuando, unos aplausos para los que logran la hazaña del país en equilibrio. Y mucha televisión, futbol, cerveza y religión.

Extraño país donde los raros son los que se atreven a decir, aunque sea en voz baja, que algo no está bien aquí. Extraño país, el que nos hemos construido.

Por Alejandro Páez Varela

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