Marcelo: cálculo y venganza

8 May

Cuenta la leyenda que durante el porfiriato un gobernador avisó a la capital que había un brote de insurrección en la zona; desde el centro le dieron instrucciones por telegrama: “sofóquelo sin derramar sangre”. El gobernador acató la orden puntualmente y respondió: “sofocado sin derrame de sangre”. Enterró vivos a los cabecillas.

Algo similar ha sucedido con Marcelo Ebrard en los últimos meses. Alguien, siguiendo instrucciones del centro, lo enterró vivo. Por razones de cálculo político, pero también de venganza personal.

Y es que el ex Jefe de Gobierno representa para muchos una amenaza política. Por lo mismo, en su linchamiento convergen distintos factores y variados protagonistas. Por un lado, es una de las pocas variables no controladas por el PRI para lograr reelegirse en el 2018. El PAN carece de una figura competitiva y la izquierda está fragmentada entre Morena y el PRD.  Pero Ebrard era un hilo suelto. Es una figura que al margen de los partidos genera interés entre en un amplio espectro del electorado que le considera un funcionario experimentado y progresista, sin la radicalidad o belicosidad que el atribuyen a AMLO. Los Pinos tenía que evitar a toda costa que en la segunda mitad del sexenio Ebrard adquiriera visibilidad y, por ende, gozara de popularidad de cara a la sucesión presidencial. Consecuentemente se le han cerrado todos los caminos a través de los cuales él podría tener una tribuna pública. El fallo polémico y forzado del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación  hace unos días para impedirle ser candidato a diputado por el Movimiento Ciudadano, es un fiel reflejo de esta estrategia.

Pero en la defenestración de Marcelo también converge el fuego amigo. Los líderes del PRD se aseguraron de bloquear sus pretensiones  de llegar a la presidencia del partido, a fines del año pasado. En una elección interna Ebrard habría vencido a Carlos Navarrete, algo que Los Chuchos no iban a permitir. Tampoco Los Pinos. Tal posición le habría dado un protagonismo formidable en los próximos años y le habrían convertido en el enemigo a vencer en el 2018.

Por su parte, Miguel Ángel Mancera ha hecho lo propio para convertir en cadáver político a su ex jefe. La nueva administración ha conducido una campaña de exterminio contra todo lo que oliese a Ebrard, incluyendo proyectos y aliados. Como el apóstol San Pedro, los amigos del ex Jefe de Gobierno han tenido que deslindarse o de plano repudiarlo para mantenerse con vida en la estructura capitalina. Una y otra vez los intentos que ha hecho Ebrard para regresar a la escena pública fueron desactivados o boicoteados por sus muchos enemigos.

Y, también hay que decirlo, no es que Ebrard tenga muchos amigos. Incluso López Obrador ha sido demasiado tibio para salir en su defensa o para acogerlo en Morena. Si bien no hay una hostilidad abierta, ni mucho menos, parecería que a El Peje tampoco le hace gracia competir con Ebrard al interior de Morena de cara al 2018. En suma, Marcelo Ebrard ha sido víctima de sus virtudes. Su atractivo político se convirtió en una amenaza para todos.

Y si al cálculo político se añade el encono personal podemos entender la saña en la cacería desatada en su contra. Por un lado, Miguel Ángel Mancera no le perdona al ex jefe que nunca hubiera apoyado su candidatura, y sí en cambio la de Mario Delgado. Mancera siente que llegó a donde está no gracias sino a pesar de Ebrard. Y, en efecto, hubo mucho de soberbia en la intención de Marcelo de imponer a su delfín incluso cuando se hizo evidente que la correlación de fuerzas favorecía a Mancera.

Pero este último no es el único que le profesa un odio jarocho. Alguien en Los Pinos está convencido de que fue Ebrard quien filtró la información sobre “la Casa Blanca” de La Gaviota a los medios (algo que niega el ex funcionario). A ojos del soberano, la sola sospecha justificaría toda la rudeza innecesaria que pudiera aplicarse contra el responsable de tal sacrilegio.

No es casual, pues, el rosario de embates en contra de Marcelo Ebrard. Comenzó con el escándalo de la línea 12 del Metro y bien pudiera terminar con él. Más allá de las irregularidades en la construcción de la obra, el tema fue explotado para asestar un golpe mediático en contra de la reputación del ex Jefe de Gobierno, como si todas las decisiones hubiesen sido tomadas por su persona. En realidad es una obra en la que participaron distintos niveles de gobierno, entre ellos funcionarios que hoy forman parte de la administración de Peña Nieto. Pero las columnas y comederos políticos se cebaron exclusivamente en el ex aspirante a la candidatura presidencial. No se descarta que el asunto tenga un desenlace jurídico y penal, una especie de espada de Damocles sobre su cabeza. Una última carta de negociación para impedir su regreso a la arena política.

Marcelo Ebrard se encuentra literalmente en la lona, con muchos enemigos encima y ningún amigo. Una y otra vez, como su tutor Manuel Camacho, ha sabido levantarse de un knock-out cantado. No parece fácil esta vez, pero tampoco apostemos en contra.

Por Jorge Zepeda Patterson 

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