De helicópteros y rabia

22 Abr

Me ofende, como a todos, supongo, que muchos altos funcionarios públicos de este país utilicen los recursos públicos como si fueran propios y se comporten como si además, nos estuvieran haciendo el favor.

El último de estos penosos casos es el del ahora exdirector de CONAGUA, David Korenfeld, capturado en fotografía en el momento que abordaba junto con su familia, un helicóptero de la Comisión para ser llevado de su casa al aeropuerto, donde tomaría un vuelo para a su vez, irse de vacaciones. Ante la inminencia del desastre (el ser capturado infraganti) argumentó, igual que un niño al que encuentran en la miscelánea robándose un chocolate, a su favor, de manera torpe y balbuceante y hasta subió a la red la fotografía de su rodilla aparentemente descompuesta, diciendo que iba al hospital.

Es vergonzoso que se utilice un helicóptero del servicio público para los fines privados de la persona que dirige ese servicio, sin lugar a dudas. Vergonzoso e ilegal. Todos sabemos cómo acabó el asunto, pero no sí pagó lo que costó el servicio de aerotaxi.

Pero no menos bochornoso y terrible que lo que sucede todos los días en nuestro país sin que nadie haga nada para detenerlo.

Choferes pagados por el erario que llevan a los hijos de sus patrones a la escuela. Guardaespaldas que hacen el super mientras las esposas de los funcionarios están en el salón de belleza o el gimnasio. O que esperan hasta la madrugada a que los jefes salgan de la fiesta. Peor aún, a los hijos de sus jefes, esa nueva suerte de “casta divina” que piensa que todo lo puede y que considera a los empleados como esclavos y a los puestos públicos como un verdadero botín.

¡Mi papá es secretario de…! Gritan a voz en cuello cuando un policía los para después de pasarse un alto en estado de ebriedad. Cómo sí con el puesto viniera aparejada la impunidad.

Cientos, miles de fotocopiadoras que todos los días duplican papeles privados con dinero público.

Vales de gasolina que se reparten alegremente y que muchas de las veces son para los autos personales y no los de servicio.

Y aquí cabría un largo etcétera que bien podría ser documentado para cuando abramos, al fin, en otro tiempo, el Gran Museo de la Ignominia Nacional y nos cobremos una a una, todas las cuentas pendientes.

José María Morelos se llamó a sí mismo “siervo de la nación”. Servidor, pues, para quitarle los tintes feudales que la palabra conlleva. Diciendo con ello que su misión estaba muy por encima de sus intereses personales.

Pero esos que hoy nos “sirven”, en la mayor parte de los casos, no sirven para nada.

Son de una mezquindad apabullante, ratoneros, ladrones, codiciosos y soberbios.  De una clase política pinche, de tercera. Que comen en lujosos restaurantes (a nuestras costillas) y se codean con otros como ellos que no tienen ni los méritos ni la trayectoria suficiente para ostentar los cargos que han heredado, o a los que han arribado designados por el “dedazo” benefactor que no hemos podido erradicar.

Lo único que los une es el poder y todo lo que él conlleva. Los relojes de medio millón de pesos y los despliegues de seguridad alrededor, como si nos tuvieran miedo (hablo de los ciudadanos de a pie como usted y como yo), y creo que  harían bien en empezar a tenerlo.

Ésta columna proviene de mi hartazgo. De la bilis que derramo todos los días al ver el despilfarro y la sinrazón, mientras la “brecha” económica de la que hablan los economistas haciendo un mohín de disgusto (porque las brechas cada vez huelen peor), se va acrecentando hasta convertirse en un cañón (como el de Colorado) que resulta a todas luces insalvable.

Ésta columna proviene de la rabia.

Pero viene también del agradecimiento que le tengo a estos fantoches, porque con sus actos cotidianos me reiteran, lastimosamente, que hay que exterminar esas viejas prácticas y hacer una política nueva que nos sirva a todos mientras sirve.

Y también de mi convicción absoluta de que por ahora, el voto es la única opción viable para transformarlo todo.

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