Negación: la peor vía para ocultar que la violencia crece

20 Abr

Mal está el país en prácticamente todos los indicadores relacionados con el bienestar.

La economía, por poner un ejemplo que arrastra a muchos otros, es una muestra de que el país no se mueve y de que lo peor, así lo vislumbran los analistas, está por venir en 2016. Los recortes presupuestales, que tienen la plausible intención de ejercer el gasto con responsabilidad y prevenir mayores problemas con las finanzas públicas, principalmente para evitar más endeudamiento, no se compensan con programas de austeridad por parte de un aparato gubernamental que en sus tres niveles –federal, estatal y municipal– siguen gastando a manos llenas e incluso derrochando con cargo a las arcas públicas frente a una ciudadanía con cada vez menos oportunidades. El caso de David Korenfeld Federman, titular de la Conagua, es sólo una pequeña muestra del abuso que, todos los días, comenten los funcionarios públicos, especialmente los de más alto nivel.

En el tema económico, Luis Videgaray Caso, titular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), insiste en que aun cuando México está en medio de una coyuntura internacional desfavorable tiene un futuro promisorio. Sin embargo, como no sea con base en las cacareadas reformas logradas por la aplanadora priista y sus partidos satélites en los primeros 18 meses de la administración de Enrique Peña Nieto, el gabinete económico ha sido incapaz de plantear salidas específicas y emergentes que reactiven internamente el aparato productivo y le den armas a sus actores –empresarios y empleados– para generar riqueza, por lo que, de acuerdo con expertos financieros nacionales y extranjeros, México tendrá que esperar mucho tiempo más para lograr el ansiado sueño del crecimiento sostenido. Se prevé, incluso, que en este sexenio ni siquiera será posible alcanzar los niveles que se reportaron en los seis años del Gobierno del panista Felipe Calderón Hinojosa.

Y por si la economía no fuera un asunto tan sensible, que lo es, en el tema de seguridad la negación de quienes conducen el país a nivel federal se hace aún más evidente y, en particular, porque los discursos y las expresiones triunfalistas no tienen nada qué ver con la realidad que viven los mexicanos en toda la República.

Hace siete días, Miguel Ángel Osorio Chong, titular de la Secretaría de Gobernación y jefe del gabinete de seguridad y política interna del país, aseguró –sin detallar las cifras– que a nivel nacional la política que ha implementado el actual Gobierno avanza por buen camino y, por tanto, los crímenes relacionados con la delincuencia organizada disminuyeron hasta 34 por ciento, respecto al inicio de la administración del Presidente Peña Nieto, quien tomó las riendas del país el 1 de diciembre de 2012.

Semanas antes, el 12 de febrero, el político hidalguense incluso presumió que México “está en los mejores niveles de seguridad de los últimos 10 años”. Sin embargo, las cifras oficiales de 2004 contra 2014, las que produce el propio Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), plantean otra cosa: la incidencia delictiva total –que es la suma de todos los delitos que se comenten en el país– fue de 1 millón 590 282 ilícitos en 2014 y 10 años antes se reportaron 1 millón 424 mil 321.

Luego, si se revisan al detalle los principales crímenes de alto impacto que engloba el SESNP, se tiene que sólo el robo de vehículos sin violencia se redujo en 2014, mientras que el resto repuntó: el homicidio doloso por cada 100 mil habitantes se registró una tasa de 11 denuncias en 2004 y 13.07 en 2014; la tasa de secuestro por cada 100 mil habitantes fue de 0.30 en 2004, mientras que 10 años después subió a 1.16; la de extorsión pasó de 2.28 en 2004 a 4.82 en 2014, y en el robo de vehículo con violencia, la tasa fue de 28.61 en 2004 y se disparó a 40.03 en 2014.

Además, en el renglón de homicidios, las cifras del Instituto Nacional de Estadística (Inegi) muestran que en 2004 los dolosos y culposos fueron 9 mil 329, mientras que en 2013 –que es la última cifra disponible en ese Instituto– se elevaron a 23 mil 063; es decir,  casi 2.5 veces más.

Ayer, el Inegi dio a conocer lo que los mexicanos perciben en torno a la seguridad en las ciudades y pueblos donde cotidianamente batallan contra este mal.

De acuerdo con los resultados de marzo de su Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU), el 67.9 por ciento de los mexicanos con 18 años o más consideró que vivir en su ciudad es inseguro. El porcentaje registrado durante el tercer mes de 2015 es similar al reportado el trimestre pasado, aunque menor al 72.4 por ciento que se registró en marzo de 2014.

“La sensación de inseguridad por temor al delito y las expectativas que tiene la población respecto a la seguridad pública se generan por diversos elementos, como la atestiguación de conductas delictivas y antisociales que ocurren en el entorno de la población. Asimismo, el temor al delito puede afectar las rutinas de la población y la percepción que se tiene sobre el desempeño de la policía”, planteó el Inegi en un comunicado de prensa.

En el mismo periodo, expuso la ENSU, las personas consultadas manifestaron que en los últimos tres meses han escuchado o han visto en los alrededores de su vivienda situaciones como consumo de alcohol en las calles, (70.4 por ciento), robos o asaltos (67 por ciento) y vandalismo (59 por ciento).

Los resultados de este ejercicio, y muchos otros que llevan a cabo organizaciones civiles de México y el extranjero, evidencian que el triunfalismo del Gobierno federal no corresponde con la realidad en las cifras y menos con la percepción de inseguridad que los mexicanos tienen incluso en sus propios hogares y en las calles de las ciudades donde viven.

Decir que México “está en los mejores niveles de seguridad de los últimos 10 años” es incluso temerario: una declaración arriesgada en momentos en que la ciudadanía le ha perdido confianza a sus gobiernos precisamente por usar la negación y las cifras alegres para desviar la mirada de una verdad que afecta a la mayoría de los mexicanos, y cuyos niveles de destrucción están aún lejos de revertirse.

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