¿Es posible volver al pasado?

15 Abr

Un número importante de periodistas mexicanos sabemos, hasta por razones de edad, qué es el pasado: cuando los gobiernos del PRI dictaban las cabezas principales de los diarios y daban los titulares a la televisión; cuando decían qué ángulo favorecía –para las fotos– al Presidente, a los secretarios y a los gobernadores; cuando los reporteros se quedaban sin empleo por los gritos del jefe de prensa en turno o cuando a los editores los alcanzaban la bendición del sobre, los favores y las probaditas de poder.

Durante los años en que muchos caminamos por una especie de transición hacia una prensa más libre, sin embargo, ese pasado fue presente para el grupo político en Presidencia. En el Estado de México existe una sola prensa: la oficialista; lo mismo pasa en Hidalgo. Ambos estados tienen más de 80 años gobernados por el PRI. El Presidente viene de la primera entidad mientras el Secretario de Gobernación llegó de la segunda y, en resumen, Enrique Peña Nieto y Miguel Ángel Osorio Chong nunca conocieron qué es convivir con la prensa en una democracia porque estaban refugiados en cotos autoritarios. Por consiguiente, ellos y sus segundos cuadros (los que operan) entienden el estado ideal como el autoritario. Está en ellos porque ejercieron el poder en control total de la prensa todavía en 2011-2012, en sus respectivas entidades. Y, claro, con esa idea en la cabeza, las metidas de pata están a la orden del día.

Para gobernar, piensan, es necesario mantener el pasado en el presente. Con esa idea han operado estos dos años. Y como una parte de la prensa nacional –el niño es risueño y le rascan la panza– se dobló a la primera orden, se compraron una idea de que es posible volver al pasado (o reconquistar el presente de Edomex e Hidalgo) con una mezcla de presión y regalos. No hay por qué creer que piensen diferente; no vivieron en carne propia una transición hacia otra cosa.

El problema es que esa prensa que ya se les hincó no es toda la prensa que existe en México. El problema para ellos, pues, para los mandos en Los Pinos y Gobernación, es que vienen a aprenderlo ahora. Y con ese aprendizaje tiene otro: que esa prensa doblada no es suficiente para sus propósitos. Un solo ejercicio de periodismo libre, el realizado por Carmen Aristegui y su equipo desde medios no tradicionales, fue más contundente que todo el dinero “invertido” en la prensa que tienen en la bolsa.

Y no exagero: como resultado de creer que sólo con tener en el puño a casi toda la prensa tradicional, Enrique Peña Nieto gobierna con la cabeza agachada, con índices de aprobación que avergonzarían a Richard Nixon.

Claramente, pues, no sirvieron los billetes repartidos en publicidad entre los medios “tradicionales”. Junta (aunque nunca será un grupo compacto porque cada cual persigue sus propios intereses), toda esa prensa que ofreció al instante las portadas de sus impresos y sus páginas web, no es suficiente para gobernar como en el Estado de México y como en Hidalgo, y ese era el objetivo.

El caso Aristegui será recordado, quieran o no, como un golpe autoritario y vivirá, en la Wikipedia (memoria) popular, con ligas permanentes a “casa blanca”, “Grupo Higa”, “Angélica Rivera”, “Malinalco” y “Luis Videgaray”.

Eso, mientras el Presidente gobierna en una burbuja porque la calle, dicen todas las encuestas, no le aplaude.

Y no parecen entender por qué.

***

Durante dos años, decía, el equipo de prensa del Presidente y el de Gobernación se han alejado de los medios no alineados. Les han aplicado, a esa prensa que no se agachó, el cero-publicidad-oficial, la exclusión y, como ya vimos, el golpe rabioso: Carmen Aristegui quedó fuera… por ahora.

¿Y si hubiera dialogado con toda la prensa, habrían logrado defender la imagen del Presidente? No. No hay discusión en eso. Al brincar de Edomex e Hidalgo a una nueva esfera, se vienen enterando, no basta comprar prensa. Al jefe del Ejecutivo lo hunden sus propias acciones y su propio equipo: si no es Carmen Aristegui, alguien más iba a dar con la “casa blanca”, con la de Malinalco o con la de la campaña presidencial.

Lo que salvará a este Presidente y a cualquiera, es que se conduzca con transparencia y rectitud. Pero se construyeron la idea de que, con la prensa “tradicional” en la bolsa, era posible operar con toda libertad, como en Edomex e Hidalgo (comprarse una mansión en una de las zonas más visibles de la capital del país, por ejemplo). Esa prensa “tradicional” no los salvó del escándalo y el descrédito porque, otra vez, esa prensa no es toda la prensa, y la esfera en la que se colocaron, en estos tiempos, los pone en los ojos de mucho más que sólo la prensa mexicana.

Uso esta metáfora: creyeron haber comprado una licencia para manejar su Porche por todo Reforma, desde la Esquina de la Información hasta Los Pinos, a toda velocidad y con un whisky en el portavasos. La licencia resultó pirata. No les garantizó la imunidad que tenían en Edomex e Hidalgo.

Al poco rato de que echaron a andar el Porche (o se construyeron una casota en Las Lomas) el video (o el reportaje) ya estaba circulando en Youtube. Y la prensa que, creyeron, les daba la licencia, no sirvió demasiado. Cuando despertaron, las redes sociales y en los medios no tradicionales estaban allí.

***

Eduardo Sánchez no es David López, se escuchó.

No es peyorativo para ninguno de los dos: es hasta generacional. López, director de Comunicación de Los Pinos hasta hace poco, se hizo en Edomex. Es decir, donde es posible comprar una licencia no para un Porche, sino para bajar un avión en Paseo Tollocan sin que el video brinque a Youtube. Sánchez, se pensaba, se decía, es más sofisticado que López.

Pero hace tres semanas, el golpe a Carmen Aristegui. Puf. A marcar, en piedra, la ineficiencia, la desconfianza, la sospecha, el descontón; a gritar a los cuatro vientos: somos intolerantes y ya. A dejarle claro al mundo lo que el mundo sospechaba: que el PRI es el PRI y que si buen ofrece tortas de queso de puerco para que le ayuden a cruzar el río, el PRI pica. Está en su naturaleza. Es un alacrán.

Ahora Eduardo Sánchez empieza con el contador en números rojos. (Como el Secretario de la Función Pública, Virgilio Andrade. O como Eduardo Medina Mora).

Con los golpes recibidos del caso Aristegui es posible que piensen que ya no volverán al pasado (su presente en Edomex e Hidalgo), y que cada vez que el dinosaurio abre la quijada y muerde, hay consecuencias.

Si esa lección ha sido aprendida –por bien de todos–, su siguiente pregunta es: ¿Cómo recuperar la imagen del Presidente? Una respuesta puede ser: doblegando a toda la prensa. Y se habrán equivocado, porque la respuesta correcta es: gobernando con transparencia y con rectitud, porque no es posible comprar a toda la prensa y porque si la prensa mexicana, en su conjunto, falla, están los ciudadanos. En estos tiempos que vivimos, los medios masivos son-somos todos los ciudadanos. Sí, una parte de la gente puede estar embobada con las telenovelas; sí, una parte no escucha más allá de lo que dicen los merolicos oficialistas. Pero otra masa crítica tiene sus propias ideas y tiene voz propia: Internet.

Yo creo que no es posible, para el Gobierno federal, volver al pasado (o aplicar en todo México la realidad de Edomex e Hidalgo). Llevan dos años intentándolo sin éxito porque una parte de la prensa y de la sociedad siente que ya pagó por su libertad, y debe pelear por ella. Y si creemos en una idea mínima del progreso, no hay manera de que se meta, con calzador, otra distinta que implique renunciar a los avances de estos años.

En una democracia (modernas, nuevas o viejas), los medios tenemos derecho a existir con libertad, con seguridad y sin presiones. ¿Puede entenderse eso? ¿Sirve recordarlo? ¿Sirve recordar que, en una democracia, lo que un servidor público necesita para mejorar su imagen no es someter a todos los medios sino servir a la Nación con transparencia, con rectitud, sin corrupción?

El problema de Presidencia no es la prensa. Y aún si intentara (y lograra) comprarla toda, de nada servirá: los periodistas mexicanos no van solos por el mundo; los ciudadanos tienen ya muchas maneras de acercarse la verdad, aunque esa verdad llegue del extranjero o se esconda en Internet.

Una mejor idea es convivir con toda la prensa; abrir espacios para el diálogo, informar sin presión fuera del grupo de siempre que, visto está, no es suficiente.

¿Y debe un periodista libre dialogar con el poder? Sin tardarme demasiado, digo: Sí. Se requiere una reflexión mínima sobre nuestro oficio para responder de manera afirmativa a tal pregunta.

Robert Fisk no tendría esos textos sobre Al Qaeda –su gran arranque en La Gran Guerra por la Civilización (Destino, 2006)– si no se hubiera sentado a esperar, días y días, a que Osama Bin Laden lo recibiera.

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