¿Todos somos Mirreyes?

1 Abr

Los jóvenes multimillonarios exhibicionistas son una plaga mundial que no ha salido de la nada. Es bien sabido que durante las últimas tres décadas se ha producido un grosero aumento en la concentración de la riqueza en el 1% de la población mundial. Junto con esta desigualdad se ha alzado triunfante una generación de individuos que se caracteriza por su derrochador estilo de vida, por su frivolidad y por ostentar impúdicamente sus fortunas.

Mediante imágenes que circulan en internet y en algunos medios de comunicación masiva los integrantes de esta privilegiada especie se encargan de publicitar su estilo de vida. Así, refrendan permanentemente ante el resto de la población –y de paso ante ellos mismos-  un estatus que se erige sobre el capital que han acumulado o sobre las mercancías que han adquirido. En México este tipo de conductas son recibidas por algunos con la lástima o el morbo burlón que produce lo ridículo o con admiración genuina por quienes aspiran a formar parte de esta élite. Un último grupo, quizás más reducido que los dos anteriores, es capaz de identificar el ofensivo origen de muchas de sus fortunas y los mira con indignación justificada.

Lo que diferencia a los jóvenes millonarios exhibicionistas mexicanos de los de otros países es que los nacionales, conocidos como Mirreyes, han sido capaces, en muchas ocasiones gracias al padrinazgo de sus padres o de su círculo cercano, de tomar control de las instituciones, de hacer y deshacer leyes a su conveniencia, de garantizar su impunidad, y de construirse una cápsula que les aísla de la realidad que se vive en el resto de la población. Nuestros ideales se revuelven entre la aristocracia y la democracia. Es por ello que Ricardo Raphael ha empleado como título de su más reciente libro un magistral concepto con el que describe al México de nuestros días: Mirreynato: la otra desigualdad (Planeta, 2015).

Para Ricardo Raphael el Mirreynato se incoa y se reproduce en la falta de límites. Tres de estos límites inexistentes son claramente identificados por este académico. En primer término las instituciones nacionales han sido diseñadas o secuestradas por los Mirreyes, quienes las utilizan como vientres subrogados en los que reproducen su poder. Esta lógica es la del colonialismo. Tal como han señalado Acemoglu y Robinson en su texto Por qué fracasan las naciones (Crítica, 2012), los regímenes extractivos –aquellos en los que un puñado de personas extrae rentas de una mayoría explotada- se mantienen porque quienes detentan la fuerza del poder político imponen el modelo económico que más benéfico resulte para sus propios intereses. En este contexto es posible enmarcar los apuntes de Ricardo Raphael con respecto a las posiciones de las élites mexicanas en temas como el aumento al salario mínimo y la recaudación de impuestos a los grandes capitales. Nuestras instituciones encargadas de la procuración de justicia, del desarrollo urbano y en general nuestra democracia misma siguen el mismo sentido. A diferencia de lo que ocurre en México, en Estados Unidos ni Floyd Mayweather ni Justin Bieber –dos ostentosas celebridades multimillonarias norteamericanas- hicieron sus fortunas al calor de la corrupción ni están por encima de la de las instituciones.

En segundo lugar, la falta de límites se debe también a que en México no hay restricciones sociales o escarnio para las fortunas malhabidas. Poderoso caballero es don dinero y, sin importar el origen de los recursos, las puertas del circulo Mirreynal se abren de par en par ante quienes logran el éxito económico y son capaces de demostrarlo. El triunfo moral del Mirreynato se consuma cuando incluso los mexicanos que no forman parte de este selecto grupo terminan aceptando o admirando a los Mirreyes. Una posible explicación para ello puede ser encontrada en La teoría de los sentimientos morales (FCE, 2004) de Adam Smith, texto en el que este filósofo escocés advierte que la admiración a los millonarios se produce porque se asume que éstos disfrutan más de la vida como consecuencia de su mayor disposición de medios materiales para alcanzar la felicidad. Aunque propio Smith señala que esto es un sinsentido, me parece que el triunfo moral del Mirreynato radica precisamente en la aceptación de lo económico como valor único o supremo de la existencia humana.

Finalmente, Raphael apunta que, dado que el Estado y la sociedad son “suyos”, los Mirreyes no se topan con los contrapesos necesarios para desarrollar un mecanismo de vergüenza interna o de empatía. Un estudio reciente señala que las personas que tienen altas posiciones de poder son “menos capaces de adoptar las perspectivas visuales, cognitivas o emocionales que las personas sin acceso al poder”. Conforme los individuos van accediendo a posiciones con poder sus cerebros sufren cambios neuronales y éstos se vuelven insensibles ante los pensamientos y sentimientos de otros. Todo parece indicar que la cooperación, un mecanismo evolutivo de ninguna forma exclusivo del ser humano, deja de ser necesaria cuando se acumula un poder ilimitado. Por mejores que sean las intenciones de determinado gobernante o capitán de empresa, a mayor cantidad de poder mayor probabilidad tendrá el individuo de erosionar su capacidad de empatía. Poder ilimitado es entonces igual a empatía cero.

El análisis de Ricardo Raphael es original e invaluable. El Mirreynato es mucho más que el puñado de jóvenes millonarios estrafalarios que todos conocemos: el Mirreynato es a la vez un régimen político y moral –amoral, diría el autor- cuyo mecanismo de defensa es el control y cuyo alimento es la corrupción. Sólo quien tiene dinero puede acceder a los beneficios que eventualmente generarán más dinero, por lo que bajo esta lógica se reproduce, irremediablemente y ad nauseam, la desigualdad.

El Mirreynato es el presente de nuestro país, pero no necesariamente su futuro. Junto con su diagnóstico Ricardo Raphael nos señala que el camino cuesta arriba para derrocar a este régimen tiene como escala inicial el “imponer vergüenza sobre los prepotentes y señalar a los peces grandes que cargan estos vicios”. Todos seremos en alguna medida Mirreyes mientras respaldemos o solapemos al Mirreynato.

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