Un selfie de 21 páginas 

24 Mar

Un selfi de 21 páginas. Más o menos eso es la sección dedicada a Angélica Rivera, La Gaviota, y su familia en la revista Hola con motivo de la visita presidencial a Londres. Mientras que el resto de los mortales tiene que conformarse con postear en Facebook el vestido que llevó a la fiesta, la Primera Dama y sus hijas pueden dar cuenta de los palacios visitados, las joyas y atuendos portados y los modistos responsables de los mismos, a través de la revista ícono dedicada a las celebridades.

La noticia no es nueva, circula desde hace días y ha sido interpretada como una muestra de la falta de sensibilidad que viene desde Los Pinos en momentos en que se exige a la administración pública un recorte de los gastos presupuestales. Sin embargo, quisiera examinar en detalle el incidente, porque me parece que va mucho más allá de eso y remite al principal problema que enfrenta la gestión de Enrique Peña Nieto.

En su libro El Mirreynato, Ricardo Raphael explica que los llamados mirreyes son los juniors tradicionales pero con un nuevo ingrediente: la necesidad de hacer evidente que pueden exhibir la riqueza y los privilegios con absoluta impunidad. Estar por encima de los demás sólo tiene sentido si tales privilegios pueden exponerse a los demás, si hay posibilidad de gritarlo al mundo. No se trata de viajar en avión privado con las mascotas, como lo hizo la hija de Romero Deschamps, se trata de restregárselo al resto de los mexicanos. El asunto no es sólo que se pueda despilfarrar, sino que se pueda hacerlo de manera transgresora para que se entienda que ellos son distintos y mejores que los demás. Ese es el meollo, ese es el drama.

Que los Niños Verdes y los hijos de los nuevos políticos sean mirreyes constituye una dolorosa anécdota de lo que es nuestro país. Pero que la familia presidencial padezca este síndrome, por así decirlo, tiene implicaciones políticas de consecuencia.

Convertirse en presidente de México implica ingresar a las páginas de la historia universal. Ser heredero del trono de Moctezuma, Hernán Cortés, Benito Juárez o Lázaro Cárdenas tendría que significar algo más que aspirar a llenar las páginas de una revista de seudo celebridades. En fin, ser el líder político de la undécima economía del mundo y dirigir los destinos de 125 millones de personas entraña una responsabilidad que parece no haber comprendido la familia presidencial.

El problema es cuando se toma posesión de Palacio Nacional con más interés en disfrutar a fondo los privilegios que ofrece que las responsabilidades históricas que entraña. Todo un país se empequeñece cuando su presidente considera que ser recibido por el Papa y pasear con la reina de Inglaterra constituyen el momento culminante de su trayectoria personal y profesional, la cúspide de su biografía.

Parece que a nuestros gobernantes se les olvida que esta nación también tiene una historia imponente, dicho con todo respeto, los mayas ya alzaban pirámides imposibles en coreografía con los astros cuando los reyes sajones construían castillos primitivos de argamasa sin baño o agua corriente.

Se atribuye a la reina Antonieta, la guillotinada esposa del último rey de Francia, la lamentable frase “¿y por qué no les dan pastelillos?” cuando le dijeron que el pueblo parisino se había rebelado y pedía pan. Una frase ingenua y hasta cierto punto comprensible para alguien que vivió toda su vida en una burbuja. Pero una cosa distinta es cuando se intenta presumir al pueblo que pide pan los pastelillos a los que sólo el soberano tiene acceso. Eso y no otra cosa es la exhibición de joyas y vestidos con valor de miles de euros, los paseos por palacios y el roce con la realeza.

Así que no, lo de la revista Hola no es un problema de falta de sensibilidad. O no solamente eso. Revela algo mucho más grave que tiene que ver con la absoluta ausencia de perspectiva histórica de lo que es este país y lo que significa representar ante el mundo a la sociedad mexicana. Hay una fractura emocional y psicológica cuando se asume a la silla presidencial como el punto de llegada y no el punto de partida. Cuando los apetitos están dirigidos a festinar y no a producir; cuando se entiende el poder del soberano como el derecho legítimo a disponer de los bienes públicos y no como el responsable del bien común. Cuando la frase “Siervo de la Nación” no es más que un pie de foto en bronce para las fotos de la revista Hola.

Por Jorge Zepeda Paterson 

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