Sí, después de Carmen, ¿quién sigue?

24 Mar

“¡Hemos vengado al profeta, hemos matado a Charlie Hebdo! ¡Alá Akbar!” –Gritos de los radicales tras el atentado en París, el primer miércoles de enero de 2015

Conozco a varios periodistas-intelectuales que no soportan a Carmen Aristegui. Les he escuchado reclamos en el pasado –es un ejemplo– por abrirle los micrófonos a Andrés Manuel López Obrador, a quien consideran un loco peligroso, un perro con rabia. Carmen les parece anodina; la llaman “parcial” –en el mejor de los casos– o “activista” porque toma causas y las impulsa con tal éxito que se vuelven tema de la discusión nacional.

No haría nada por obstruir su derecho a disentir con ella. Todo lo contrario, defiendo ese derecho aunque al tiempo que la critican, algunos usan sus espacios para cruzadas que no atienden los equilibrios que supuestamente incumple Aristegui: le tunden al líder de Morena –sigo con el mismo ejemplo– con tal intensidad que parece rabia.

Los cito porque, aún entre varios de esos que no soportan a la periodista, hay certeza de que está fuera de la radio porque así se decidió en Los Pinos. Que es una venganza (que celebran, ¿por qué no?, en el fuero interno), una orden “fulminante” por “tentarle los güevos al diablo” (esta última es frase textual).

Ahora recuerdo cuando salió Ciro Gómez Leyva de Milenio Televisión. Lo que se dijo insistentemente es que en Los Pinos estaban “hasta la chingada” de su recuento de muertos. Lo publiqué así el 16 de diciembre de 2013, aquí mismo. Dije que lo que se decía es que le detuvieron la publicidad a Milenio para doblarlo y para doblar a Ciro. El periodista dejó el grupo y se movió a otros espacios. Poco se aclaró de lo sucedido allí. Pero desde entonces se habla de que los operadores del profeta son bastante intolerantes a la crítica, si es que el despido no se acordó directamente con el Presidente Enrique Peña Nieto.

En los hechos, sucedió lo siguiente: recuentos de muertos que arrancaron con Felipe Calderón fueron saliendo de las portadas de los diarios con la llegada de Peña Nieto. Sólo queda, entre tantos que había, el ejercicio titánico que hace Adela Navarro en Zeta de Tijuana. Supongo, suponen varios, que Los Pinos dobló a Milenio y luego fue doblando a los demás con el ejemplo de Ciro, quien no era cualquier individuo en la empresa: es uno de los fundadores.

Si con el ejemplo de Ciro y con la presión de la publicidad, supongo, eliminaron de todos los diarios el recuento de muertos en este sexenio, es lógico deducir que a partir del golpe a Aristegui estarán pensando en reducir a otros críticos. Entonces, pregunta obligada, ¿quién sigue? Porque periodistas incómodos hay muchos. ¿Quién sigue? La pregunta no es de uno, ni de dos; circula abiertamente entre periodistas. ¿Quién sigue?

“¿Quién sigue?” es la pregunta que se hizo René Delgado, director de Reforma, apenas el sábado pasado, a menos de una semana de que se diera a conocer el despido de Carmen Aristegui.

“Abordar la salida del aire de Carmen Aristegui no es sencillo. No es el primer caso que se registra en el sexenio, es el cuarto –Ciro Gómez Leyva, Pedro Ferriz y el programa Tercer Grado–. En los anteriores, se tendió el velo de un acuerdo civilizado entre las partes o de una legítima decisión de los programadores, ahora se tiende el manto de ‘un asunto entre particulares’. En todos ellos, el gobierno se lava sin jabón las manos. Más allá de filias y fobias con los conductores y los concesionarios así como de los errores en que unos y otros incurrieron, el resultado de esas operaciones lastima dos derechos fundamentales: el de libertad de expresión y el de acceso a la información”.

En el pasado, los gobiernos del PRI usaron a la Secretaría de Hacienda para presionar a los dueños de medios. También se presionó con trabajo de inteligencia. Y como la supuesta transición de 2000 no dejó lección alguna –y evidentemente regresó el mismo PRI que se fue–, no duden que recurrirán a cualquier herramienta a su alcance para lograr el objetivo de acallar a los incómodos. ¿Quién o quiénes siguen? Si es cierto que Ciro Gómez Leyva se fue por el recuento de muertos, y casi todos los recuentos de muertos salieron de las portadas de los diarios mexicanos por presiones, Presidencia ya se compró la idea de que es posible dar manotazos a los críticos sin consecuencia alguna, y poner ejemplos (como el de Ciro) para que otros se acomoden. No es difícil, pues, suponer que ahora con el ejemplo de Carmen querrán imponerse sobre otros.

Si es así, si el golpe a Ciro facilitó borrar los recuentos de muertos de las portadas, estarán preparando el golpe siguiente. Y eso debería preocuparle a los críticos de Carmen y a los críticos del sistema por igual. Ciro no era Carmen; no se consideraba, por lo menos en el inicio del sexenio, un crítico como Carmen; eso dice que no importa cómo te consideren (crítico, poco crítico, aliado): respondes a los deseos de Presidencia, o te hunden (o intentan hundirte).

El autoritarismo tiene como característica que nunca se harta, es decir, no tiene llenadera: quiere más, y más, y más, y entre más tiene más quiere. Entonces debería preocupar incluso a los alineados lo que ha pasado en México en estos días. Si el medio ya respondió a los intereses de Los Pinos, no importa: debe allanarse por completo. Ese es el mensaje que leo.

Los funcionarios de comunicación social de casi todos los gobiernos suelen ser más islamistas que el Islam (y aclaro que no tengo nada contra ninguna creencia) o más papistas que el Papa. Algunos dicen que Eduardo Sánchez, quien acaba de llegar al cargo en Los Pinos, es el autor del golpe a Carmen Aristegui (y la lógica indica que fue él). Unos más afirman, en el gremio, que el cese no fue necesariamente ordenado por el Presidente –aunque eso me resulta muy dudoso–; sostienen que fue un “golpe de efecto” de Sánchez para confirmar su “presencia en Los Pinos” después de que, quien le dejó el cargo –y parece que no de buena manera–, fue David López, un hombre de todas las confianzas de Peña Nieto. Quería afianzarse y servirle al jefe y ejecutó su propia estrategia para posicionarse, aunque la estrategia implique que, desde el extranjero y desde adentro del país, se vea este manotazo como un atentado más a las libertades de los mexicanos.

La sensación que se ha confirmado es que este gobierno sueña con repetir en México “el modelo Toluca”: Edomex apenas tiene prensa o activistas; la oposición está borrada y a los ciudadanos se les compra con Monex. A eso es a lo que aspira –se lee después del golpe a Carmen– el gobierno de Peña Nieto. Y eso debería preocupar incluso a quienes no simpatizan con la periodista y creen en la libertad.

El mensaje de los radicales que interpretaron “la voluntad del profeta” (si es que el despido no se acordó directamente con el Presidente Peña Nieto) es que prefieren un periodismo cortesano que no busca “prietitos en el arroz” (el idiota de Vicente Fox dixit) y mucho menos prietotes de 7 millones de dólares en Las Lomas. Pareciera que el periodismo que quieren, o ese es el mensaje, es el del mundo Hola!: 21 páginas de frivolidad, descaro y show para las masas se publicaron justo mientras despedían a Aristegui. No pasó desapercibido el dato.

Son varios los mensajes que se han enviado, pues. Y el más claro es: que nadie ose levantar la voz, y si la levanta, que sepa de antemano su sentencia.

Los radicales que dispararon contra Charlie Hebdo estuvieron convencidos hasta el final de que hablaron por la voz del profeta. Y como el profeta no los desmintió, la amenaza contra cualquier medio crítico del profeta sigue, hasta hoy. Entonces la pregunta no es ociosa: Después de Carmen, ¿quién sigue?

Podemos especular quién sigue, pero no qué sigue: lo que sigue, después del golpe a Carmen Aristegui, un país menos libre. No es una exageración. Al PRI y a Peña les quedan casi cuatro años en el gobierno. Van de crisis en crisis y no interpretan cada crisis como un llamado a corregir el rumbo (atacar la corrupción, ponerle bozal a los rateros y frenar la impunidad) sino como un ataque de ciertos medios y ciertos periodistas. La “casa blanca” no era una investigación necesaria; no era un ejercicio de libertad en un país supuestamente democrático. Era un ataque. Entonces, que se chingue Carmen Aristegui por el ataque.

Y con esa lógica, siguen otros. Incluso esos a quienes Carmen les parece anodina; quienes la llaman “parcial” –en el mejor de los casos– o “activista” porque toma causas y las impulsa con tal éxito que se vuelven tema de la discusión nacional.

Es temporada de caza, pues: “¡Hemos vengado al profeta, hemos matado a Charlie Hebdo! ¡Alá Akbar!”

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