El periodismo que no tenemos

21 Mar

La salida del aire de Carmen Aristegui es una mala noticia para la abollada democracia mexicana. Podrá parecer una exageración para aquellos que no reconocen y conocen el sistema de medios y de información que hemos tenido durante la historia moderna de nuestro país. Es verdad que nuestro periodismo crítico, independiente y contra sistema, es y ha sido marginal y busca (invariablemente) ser acallado por el mismo sistema político. Por eso no es casualidad que la voz contemporánea más crítica (Aristegui) esté pasando lo que está pasando. Ni tampoco es fortuito que sea una periodista cuyo silencio provoque una reacción en la audiencia.

 

 El diseño de medios que tenemos da para aniquilar de manera sutil (y casi siempre tiene éxito) aquellas voces periodísticas que buscan otros ángulos de las noticias que no sea el tratamiento benévolo sin cuestionamiento ni crítica al actuar de la autoridad. El sistema que hemos creado no promueve ni asegura el florecimiento de un periodismo antagónico (como es su naturaleza) al poder. Ese espejismo de democracia nos confunde y lleva afirmaciones contrarias de actores políticos. Cuántas veces hemos escuchado su compromiso con la libertad de expresión, cientos. Al mismo tiempo cuántos casos de presión desde el poder, o de ataque directo de alguna autoridad a un periodista tenemos registro. La presión real ya sea con llamada telefónica desde el gobierno, mensajes cifrados, castigos que impidan el derecho a las fuentes de ciertos medios, o tal vez, la más lacerante el dinero público como mecanismo de censura previa e indirecta es real y continua. Conozco cientos de casos dónde la línea editorial es moldeada para no interrumpir los intereses de diversa índole entre la empresa mediática y el poder político. El periodismo queda en segundo plano.

Lo que quiero decir es que cuidar una voz valiente que se atreva a  investigar al presidente y sus negocios a la sombra del poder es una voz rara, disonante y escasa en nuestro periodismo. Esa especie rara y en peligro de extinción hoy es: Carmen, Daniel, Irving, Salvador y Kirén. No son los únicos, pero hoy son el ejemplo de una pérdida (ojalá temporal) para el sistema que se cree democrático. Hay un elemento que resaltar, mientras en México se debate si el tema es privado o no, si es un tema de libertad de expresión o no, mientras se asientan las filias y fobias contra Carmen, la prensa extranjera más influyente reportó el tema de manera inequívoca informando que se corría al equipo periodístico que había sacado el reportaje de la Casa Blanca. El tiro de los extranjeros fue preciso.

 

 Cuidar el disenso tal vez es más importante que cuidar la voz de la mayoría. Pero eso solamente es cierto para aquellos sistemas políticos que tienen los contrapesos y salvaguardas necesarios en una democracia. En México claramente no los tenemos ni los hemos tenido. Pero tenemos que trabajar para demandar que la transición democrática refunde el sistema de medios y su relación con el poder político. Ciertamente se antoja imposible tal hipótesis, lo admito. Hago énfasis en que nunca hemos tenido lo que buscamos porque muchas veces parece irrisorio esgrimir argumentos democráticos cuando vemos que la cancha es todo menos democrática. La fachada lo es, ahí vemos los elementos necesario para un estado de derecho, ahí la simulación de lo que aparentamos tener.  Pero conforme nos acercamos vemos que el espejismo se desvanece y aparecen los desaparecidos, torturados, la desigualdad, la corrupción y el autoritarismo. Esos son reales.

La ausencia de voces con la línea editorial de Carmen Aristegui no es fortuito ni es coincidencia. Importaría poco la salida de Carmen si supiéramos que haya decenas de investigaciones periodísticas del corte de la Casa Blanca. Si hubiera un bloque de medios y periodistas dispuestos a confrontar al poder (como lo hay en las democracias más avanzadas), la voz de Carmen sería una más de muchas. Lo que no podemos aceptar es que todo sea coincidencia, es decir, que sea coincidencia que el equipo de investigación periodística que sacó el reportaje de las corruptelas de Peña, sus amigos y constructores consentidos y favorecidos, así como la red de prostitución del PRI-DF esté hoy fuera del aire. En política no hay coincidencias.

 

Sacar a Carmen del aire es estratégico para aquellos que no creen que hay una democracia en México y que el periodismo es innecesario. Pero con Carmen se va una agenda de información, se van las voces de las fuentes que ella y su equipo retomaban, se va una visión de los hechos y de las noticias. La pérdida, entonces, se multiplica.

El poder gusta de controlar la información, eso en todas las latitudes y lo hace de maneras distintas. Es parte de su razón de ser. En México el paso principal y fundamental para refundar el sistema de medios es quitarle al poder la correa con la que tiene atado a los medios de comunicación: el dinero público y su gasto discrecional en publicidad oficial. Quitémosle esa herramienta a los gobiernos, regulemos su gasto con criterios claros y transparentes para gastar ese dinero, prohibamos su gasto para enaltecer perfiles políticos y partidos y un primer paso sumamente relevante se habría dado. Lo prometió Peña Nieto a la hora de asumir su administración, pero parece ser que su promesa vale poco en este ámbito. Sin embargo, regresamos a la misma idea. Si hubiese un poder real o de facto, que quisiese cambiar las reglas, éstas se podrían cambiar. Pero hoy pedir la autoregulación al poder político y que ceda ese dinero y ese poder de control sobre los medios de comunicación, y que éstos, a su vez asuman su orfandad y cambien sus paradigmas de cómo hacer periodismo, parece imposible. El sistema funciona para ellos y el interés y necesidades de la sociedad no es un tema que esté dentro de su agenda.

En el supuesto de lograr esa regulación del dinero público, tendrían que entrar en escena empresarios de la comunicación dispuestos a crear modelos de negocios basados en independencia del dinero público e independencia editorial. No sobra decir que el sistema que hoy impera se sostiene gracias a empresarios que obtienen jugosas ganancias del poder político. Eso no cabe la menor duda. Por ello la apuesta debería ser una nueva especie de empresarios que apostaran por la credibilidad de sus medios, por el periodismo que forja democracias y por su real independencia. Sin embargo, mientras abogados de medios, como lo fue Eduardo Sánchez, lleguen de manera directa a los puestos más altos del poder (como Jefe de Comunicación Social de Los Pinos) las señales están claras y más lo están la cercanía.

 

Sin periodismo no hay democracias. Ahora basta asegurarnos que lo que quieren (y lo digo por los que ostentan el poder) sea democracia. Al final, el periodismo es tan importante que es imposible dejárselo solamente a los periodistas. 

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