Gobernadores que “nadan de muertito”

6 Mar

Son muchos los gobernadores que, como dijo el Presidente Enrique Peña Nieto el 26 de febrero pasado, “nadan de muertito” mientras dejan la carga pesada al gobierno federal. Ejemplos hay muchos: el de Ángel Heladio Aguirre Rivero es uno de los más reveladores, pues entre su omisión e irresponsabilidad frente a la violencia y la marginación de Guerrero provocó un daño mayúsculo, y quizá ya irreversible, a la actual administración federal y a la imagen de todo el país.

Pero Aguirre Rivero sigue ahí como si nada: intocable y aún inmaculado, a pesar de que su hermano y un sobrino –Carlos Mateo Aguirre Rivero y Luis Aguirre Pérez, respectivamente–, cercanos colaboradores de su fracasado gobierno, fueron puestos en prisión en febrero pasado por el delito de lavado de dinero.

Como Ángel Aguirre, quien ha nadado “de muertito” desde hace décadas, gracias a la impunidad y la protección del propio Estado mexicano, hay más gobernadores que México no merece.

Esos funcionarios públicos omisos y a los que, es claro, no les interesa el bienestar de los ciudadanos que los eligieron y a los que se supone deben servir de forma ética y transparente, son causantes no sólo de más violencia y corrupción en el país, sino de acrecentar la miseria entre sus pobladores y prácticamente perpetuarla.

Ayer, el Programa  de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) reveló los resultados del Índice de Desarrollo Humano (IDH) para las 32 entidades federativas del país, que mide los renglones de salud, educación y trabajo.

El coordinador general de la Oficina de Investigación en Desarrollo Humano (OIDH) del PNUD en México, Rodolfo de la Torre, destacó que el país debe realizar una resignación de recursos con base “no sólo en quién se rezaga más sino en quién puede avanzar más”.

Por ejemplo, a entidades como Chihuahua, que es gobernada por el priista César Horacio Duarte Jáquez, le tomaría 200 años alcanzar el nivel que tiene hoy el Distrito Federal, de acuerdo con los escenarios que se proyectan en ese Índice. Lo anterior es contrastante si se considera que Chiapas –cuyo Gobernador es Manuel Velasco Coello– es la entidad que tiene el IDH más bajo de las 32 entidades del país y, sin embargo, de acuerdo con este mismo estudio, sólo le tomaría 20 años alcanzar el índice que tiene el DF.

En 2012 el mayor nivel de desarrollo humano estuvo en la Ciudad de México, con un IDH de 0.830, seguido de Nuevo León con 0.790 y Sonora con 0779. Mientras que Chiapas fue la entidad con el IDH más bajo de 0.667, seguida de Guerrero –cuya responsabilidad era de Ángel Aguirre– con 0.679 y Oaxaca con 0.681, una entidad gobernada por Gabino Cué Monteagudo, quien llegó a ese puesto el 1 de diciembre de 2010 producto de una alianza conformada por el PAN, el PRD, Convergencia –ahora Movimiento Ciudadano– y el PT.

También ayer, la consultoría ARegional reveló que 13 estados de la República Mexicana registraron los niveles más bajos en el Índice de Desempeño Financiero de las Entidades Federativas 2012-2013, que califica cinco indicadores que contemplan rubros como la generación de recursos propios, grado de endeudamiento, ahorros primario y estructural, y gasto administrativo per cápita.

De esas 13 entidades, las tres con índices por debajo de 47.5 puntos de una máxima de 100, fueron Baja California en el último lugar, Quintana Roo y Morelos, expuso Flavia Rodríguez, directora general de esa empresa.

Otros estados de este grupo con índices reprobatorios en el manejo de recursos públicos son, de menor a mayor calificación, Nayarit, Chiapas, Michoacán, Coahuila, Sonora y Oaxaca.

Ambos indicadores, tanto el del PNUD como el de ARegional, corroboran que la mayoría de los gobernadores en México no saben administrar, no impulsan el desarrollo y la prosperidad de sus estados, y mucho menos les importa la calidad de vida de sus habitantes. Al contrario, son entidades que sufren por la violencia, por la desigualdad y, encima, están endeudados hasta las cachas.

Esos mandatarios “nadan de muertito” durante seis años, cometen toda clase de fechorías y se llenan los bolsillos de dinero pero, como al final nadie les obliga a rendir cuentas ni ningún Ministerio Público los pone frente a un juez, se van tan campechanos como llegaron al poder: impunes y, además, cínicos.

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