La ilusión perdida

22 Feb

–Salud –dijo mi amigo.

–Salud –le respondí. Hicimos una pausa y empecé a decirle, mientras observábamos a la gente pasar por la banqueta, que qué banquete se darían los gatos si una insospechada mañana se hundieran los sótanos del Estado de México.

–A las cascadas de cochinada le vendrían los esqueletos; y después de los esqueletos, ríos de ratones huyendo despavoridos a los estados vecinos o a sus mansiones en el extranjero. Como Ulises Ruiz corriendo de Oaxaca hacia los brazos de Roberto Borge en Quintana Roo; como Facundo Rosas yendo de la Policía Federal a la palma de Rafael Moreno Valle en Puebla –dibujé la escena.

Pero eso difícilmente sucederá, sabemos ahora, por muchas razones. Porque la oposición en el Estado de México es un mal chiste, por ejemplo, y apenas existen sociedad civil y organizaciones independientes. Porque el PRI rifa y controla y para que gane un partido distinto se requeriría un saneamiento completo de la sociedad. Porque el mexiquense, parece, dejó de luchar hace mucho tiempo (dicho sea con todo respeto) e incluso abandonó, en los años en que pudo hacerlo, la idea de una transición.

Sin embargo, esas no son las únicas razones. Son poderosas, ciertamente, pero no son las únicas ni las decisivas.

Yo creo que el PRI más sucio sigue enquistado en México –y por eso los sótanos no se vienen abajo– porque los movimientos que pudieron expulsarlo de raíz fracasaron muy pronto. En lugar de que los priistas se acomodaran a una nueva realidad democrática, los partidos políticos se acomodaron a la realidad del PRI: se corrompieron; consintieron a los corruptos y sembraron a los propios, y una oportunidad histórica –que además nos costó muchos recursos económicos– se fue, básicamente, a la cañería. Nunca mejor dicha la frase.

Primero, Vicente Fox y Felipe Calderón. En cuanto llegaron a Los Pinos se olvidaron de sus propios principios y llevaron a la cama a los peores, a los impresentables, como Elba Esther Gordillo, Carlos Romero Deschamps, Joel Ayala o Valdemar Gutiérrez. Por lo menos a dos (Elba Esther y Valdemar) los usaron para propósitos electorales y a los otros los utilizaron cómodamente para gobernar.

–Debe recordarse que gran parte del reinado podrido de “La Maestra” fue con el PAN –ejemplifiqué a mi amigo–, y lo mismo sucede con Romero Deschamps, quien acumuló 12 años más de impunidad gracias a los gobiernos panistas.

Mi amigo me preguntaba por qué Enrique Peña Nieto no caía o por qué su gabinete seguía intocado a pesar de los escándalos de corrupción. Es extranjero; y aunque tiene mucho tiempo escribiendo desde México no termina por entenderlo.

–Creo que casi en cualquier lugar del mundo, más de uno, si no es que el Presidente mismo, se habría visto obligado a solicitar una licencia para permitir una investigación independiente sobre las sospechas de corrupción –me decía con asombro.

Le explicaba que en cualquier sociedad, en democracias maduras o incluso en las emergentes, es necesaria la palanca que empuja al cambio. Pero esa palanca no existe en México, le decía; fue demolida muy pronto.

Esa palanca deberían ser los partidos de oposición, por ejemplo. Pero están en un silencio rotundo frente a la “casa blanca” o frente a los conflictos de interés porque deben tener sus propios sótanos llenos de cochinada, esqueletos y ratas. Ya lo vimos en Guerrero; si no hubiera llegado la tragedia de Iguala, Ángel Aguirre seguiría gobernando de la mano de los perredistas y del gobierno federal. Los partidos dejaron de ser oposición hace tiempo y el descrédito los persigue: ¿cómo podrían ser la palanca del cambio?

Por el otro lado, le decía a mi amigo, la palanca podría ser la sociedad civil. Pero no se ve, en México, un movimiento aglutinador que permita proponer un cambio y presione ya no al gobierno: al sistema político en su conjunto.

Lamento aceptar, le decía, que estamos peor que antes de 2000: por lo menos hace más de 15 años teníamos la ilusión de que había oposición partidista y líderes morales que pudieran conducir un cambio; por lo menos hace más de 15 años queríamos que se fuera el PRI con todas las ganas, y que llegara cualquier otro. Pero el “cualquier otro” resultó igual y, creo, peor en muchos sentidos. “Cualquier otro” se comió completo al PRI; se hizo uno con él.

Hicimos una pausa.

–¿Entonces? –dijo mi amigo.

Hicimos otra pausa. La noche nos había alcanzado y el cansancio nos ganó con apenas dos cervezas.

–Pues salud –le dije, resignado–. Salud y hasta mañana, que ya se oscureció.

–Salud, sí –respondió.

Apuramos el trago y nos fuimos, cada quien por su lado, arrastrando los pies.

“Mañana siempre es otro día”, pensé.

Por Alejandro Paez Varela

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