Enfrentar la realidad

29 Dic

Este 2014 ha dejado muchas lecciones. La más importante de todas es, quizás, que no se pueden ignorar los problemas de un México real que puede no gustarnos pero que está ahí. Es un México donde el crimen organizado sigue operando de la mano de políticos, policías y funcionarios; un México donde las desapariciones y los asesinatos continúan de la misma manera que los secuestros. Quizás el caso más emblemático sea el de los 43 normalistas, pero no es sino la punta del iceberg. Apenas días atrás un sacerdote, Gregorio López Gorostieta, fue sustraído de un seminario y apareció después asesinado.

A este problema de inseguridad le van otros colaterales. El de la corrupción, por ejemplo, que alcanza las más altas esferas y que funciona como parte de las estructuras gubernamentales. El Congreso lleva dos años con una iniciativa para garantizar la transparencia y rendición de cuentas, pero es hora que no la aprueba porque las fuerzas políticas, y sobre todo el PRI, intentan dejar resquicios convenientes para mantener el estado de la cuestión.

A la violencia y la corrupción se le debe sumar el ancestral problema de desigualdad social y económica, que afecta a millones de mexicanos de norte a sur, ciudadanos que han escuchado una y otra vez promesas de modernización que se transforman en desencanto. Una élite de nombres se queda siempre con la mejor parte mientras que una mayoría debe enfrentarse a la abandono y las promesas incumplidas.

Pero la lección de este año es muy clara. Durante 21 meses intentó imponerse un discurso sin voltear a ver las realidades; un discurso de un México que no se consolida, frente a realidades que fueron ignoradas. Como en 1994 el país despertó al sueño del salinismo, el 26 de septiembre pasado, desde Iguala, Guerrero, la nación se sacudió frente a su propia realidad. Esa realidad ignorada en el discurso del gobierno pero padecida por muchos.

Quizás no sea lindo hablar del México de pesadilla. Quizás no sea muy elegante incluir en el discurso la desesperación de millones de familias. Pero esa es la realidad, y los últimos meses nos dejaron como lección que ignorarla no la desaparece.

La televisión podrá ocultar hechos y dibujar una nación de telenovela. El control de muchos medios puede retrasar que la realidad se difunda, pero no alivia los males.

Quizás sea momento de que el gobierno asuma que no es posible ocultar la realidad en aras de encontrar soluciones duraderas a problemas que llevan ya muchos años.

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