Fidel Castro, ¿posee una fortuna oculta? ¿Nada en oro?

27 Dic

Juan Reinaldo Sánchez fue guardaespaldas del líder cubano. Ahora en el exilio, escribió “La vida oculta de Fidel Castro”, una serie de relatos en los que va contando sobre el máximo dirigente de la Revolución. A propósito del acercamiento del gobierno de la isla con Estados Unidos, SinEmbargo les llega a ustedes, con autorización de Editorial Planeta Mexicana, uno de los capítulos más polémicos de este libro…

La fortuna del monarca
¿Fidel Castro es pudiente? ¿Posee una fortuna oculta? ¿Dispone de una cuenta secreta en un paraíso fiscal? ¿Nada en oro? A menudo me han formulado esas preguntas. En 2006, la revista estadounidense Forbes intentó contestarlas en un artículo dedicado a las fortunas de los reyes, reinas y dictadores del planeta, colocaba la de Fidel entre las diez primeras, al lado de las de Isabel II, el príncipe Alberto de Mónaco y el dictador guineano Teodoro Obiang. La cifra de 900 millones de dólares se determinó a partir de una extrapolación: la revista había atribuido a Fidel Castro una parte de la cifra de negocios de empresas creadas y controladas por el Comandante (Corporación Cimex, El Centro de Convenciones y Medicuba), donde ha colocado a allegados que sujetan por él los cordones de la bolsa. La publicación, basada en testimonios de numerosos altos funcionarios cubanos que desertaron, afirmaba que Fidel malversaba y utilizaba una parte nada desdeñable de la riqueza nacional a su antojo, lo cual no es falso. Si bien la metodología de Forbes era aproximativa, la tónica era la adecuada.

La revista estadounidense logró enfurecer al Comandante, quien pocos días después respondió a tan “infames calumnias”. Afirmó que no poseía nada más que sus 900 pesos de salario mensual, es decir, 25 euros. Esto resulta de lo más cómico cuando conoces la realidad de su tren de vida cotidiano y has visto año tras año a los dirigentes de las empresas del Estado seguir las instrucciones y rendir cuentas al Líder Máximo, quien lo decide todo, ya sea directamente o por mediación de sus dos ayudantes, Pepín Naranjo, su edecán, y Chomy, el secretario del Consejo de Estado (es decir, su secretario particular, puesto que Fidel preside la institución).

Nadie podrá jamás evaluar con precisión la fortuna del Comandante. Sin embargo, para acercarnos a la verdad, es preciso comprender antes la realidad cubana, partiendo del hecho de que Fidel Castro reina como monarca absoluto sobre su isla de 11 millones de habitantes. En Cuba, es la única persona que puede disponer de todo, apropiárselo, venderlo o darlo. Sólo él puede autorizar, de un plumazo, la creación (o el cierre) de una empresa del Estado, en la isla o en el extranjero. Todas las sociedades nacionales, reunidas en conglomerados, son administradas como empresas privadas y colocadas bajo el control de tres instituciones principales: el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (minfar, dirigido por su hermano Raúl hasta 2008), el Ministerio del Interior (minint, estrechamente vigilado por Fidel) o el Consejo de Estado (presidido por él). Es el Comandante quien nombra a los responsables y los revoca. De hecho, tal modelo de funcionamiento convierte a Fidel en el súper presidente director general del “holding Cuba”, cuyo organigrama concibió. ¡Cuántas veces lo habré oído, en su despacho, transmitir directrices económicas a Pepín, a Chomy o incluso a Abrantes, el ministro del Interior, relacionadas con la venta de cierto activo o la creación de una empresa fantasma en Panamá, ¡con el fin de burlar el embargo estadounidense!

Cuba es la “cosa” de Fidel, es su dueño y señor, a la manera de un terrateniente del siglo xix. Todo sucede como si él hubiera transformado y ampliado la hacienda de su padre para hacer de Cuba una única hacienda de 11 millones de personas. Dispone de la mano de obra nacional a su capricho. Por ejemplo, cuando la universidad de medicina forma médicos, no es para que éstos ejerzan libremente su profesión, sino para que se conviertan en “misioneros” enviados bajo sus órdenes a chabolas de África, Venezuela o Brasil, conforme a la política internacionalista imaginada, decidida e impuesta por el jefe del Estado. Ahora bien, si están de misión en el extranjero, estos buenos samaritanos no perciben más que una parte del salario que debería pagarles el país de acogida, pues la parte más importante revierte al gobierno cubano, que hace las veces de prestador de servicios. Del mismo modo, los hoteleros extranjeros, franceses, españoles o italianos, que contratan a personal cubano en la isla no retribuyen directamente a sus empleados, como es el caso en cualquier sociedad libre: pagan los salarios al Estado cubano, que factura dicha mano de obra a precio de oro y en divisas, antes de entregar una ínfima parte a los trabajadores en cuestión (en pesos cubanos, que no valen casi nada). Esta variante moderna de la esclavitud no deja de recordar la relación de dependencia que existía en las plantaciones del siglo xix respecto del amo todopoderoso. Por lo demás, se halla en absoluta contradicción con los principios de la Organización Internacional del Trabajo (oit), los cuales estipulan textualmente que “todo trabajador tiene derecho a percibir un salario sin la intervención de un intermediario”.

Para librarse de todo control, Fidel, que está por encima de las leyes, creó en los años 60 la famosa “reserva del Comandante”. Se trata de una cuenta particular constituida con fondos especiales extraídos de la actividad económica nacional. Destinada al uso exclusivo del Comandante, escapa a toda comprobación. Fidel la utiliza a discreción. Casi sagrada, la reserva del Comandante es intocable. Por supuesto, Fidel explica que las necesidades de la Revolución, es decir, la amenaza de una agresión imperialista, imponen este tipo de gestión poco ortodoxo. En realidad, la reserva sirve tanto para los intereses privados de Fidel Castro como para la acción pública. Es la paga que le permite vivir como un rey sin preocuparse jamás de los gastos, pero también es la que lo autoriza a mostrarse magnánimo cual gran señor cuando se desplaza por “sus” tierras, a través de “su” isla. En efecto, Fidel puede echar mano en todo momento de su ahorro para ordenar construir un dispensario, una escuela, una carretera, o para atribuir vehículos a determinado municipio (porque la reserva comprende también un parque automovilístico) sin pasar por un ministerio o una administración. Basta con que el benefactor se vuelva hacia su edecán y le indique una cantidad para que el proyecto se convierta en realidad, y para que Fidel pase por ser un hacedor de milagros; es decir, un populista.

Sin embargo, su relación con el dinero no es de la misma naturaleza que la de los nuevos ricos, como el italiano Silvio Berlusconi o el expresidente argentino Carlos Menem, tan propensos al lujo, el consumismo y los placeres inmediatos. Cierto es que el austero Fidel Castro no descuida su propia comodidad, que posee (en secreto) un yate de casi 30 metros, pero no experimenta el deseo de sustituirlo por un último modelo, más moderno, más vistoso. Para él, la riqueza constituye ante todo un instrumento de poder, de supervivencia política, de protección personal. A este respecto, conociendo su carácter precavido y su mentalidad de viejo campesino español, resulta inimaginable que no haya tomado medidas y protegido sus espaldas (como hacen todos los dictadores), por si él y su familia tuvieran que huir de Cuba e instalarse en el extranjero, por ejemplo, en Galicia, la tierra natal de su padre. Por otra parte, un día, Dalia, su mujer, me dijo como de pasada: “No te preocupes, Sánchez, el futuro de la familia está asegurado”.

Al ser considerada un instrumento de la Revolución, en la cumbre del poder la reserva no se contempla como un tema tabú, se habla de ella con normalidad, sin perífrasis, en presencia de Fidel o en boca de éste; no constituye un secreto de Estado. En cambio, sí lo es, la cuantía de la reserva. Desde que existe, es decir, desde los años 60, se reflota de manera constante, a medida que el Comandante la utiliza. Cuando Cuba dependía de las subvenciones procedentes de la urss, era frecuente oír a Fidel decir a Chomy, su secretario particular, que extrajera de ahí un importe de x millones de dólares (porque la unidad de cuenta de Fidel es el dólar) y los ingresara en la reserva. Del mismo modo, el Líder Máximo podía disponer del petróleo soviético como le viniera en gana: donar una parte a Nicaragua o vender otra en el mercado negro para generar liquidez. Con el oro negro venezolano cedido por Hugo Chávez a precio de amigo, estoy seguro de que ese modo de gestión a discreción ha perdurado.

Diversas fuentes alimentan ese fondo especial, empezando por las empresas colocadas bajo la tutela del Consejo de Estado (dirigido por Fidel), como indicaba la revista estadounidense Forbes en 2006. Entre éstas: la Corporación Cimex (bancos, construcción inmobiliaria, alquiler de vehículos, etcétera), Cubalese (empresa disuelta en 2009, que proporcionaba a embajadas y empresas extranjeras servicios como el alquiler de mano de obra cubana o alojamientos) o incluso el Palacio de Convenciones, creado en 1979 para acoger la Sexta Cumbre de los No Alineados y dirigido por el fiel Abraham Maciques. Un día en que éste recibió a Fidel ante dicho centro de convenciones, a mediados de los años 80, entregó una bolsa de viaje que contenía un millón de dólares en efectivo. Como siempre, fue el edecán Pepín Naranjo el encargado de trasladar y consignar la cantidad en la reserva. Otro día, también a mediados de los años 80, fue el ministro del Interior José Abrantes quien entró en el despacho de Fidel con una maleta llena de billetes y pronunció la expresión consagrada: “¡Comandante, esto es para la Revolución!” Fidel se limitó a contestar: “Muy bien” y se volvió hacia Pepín para decirle que lo ingresara en la reserva.

Sé que el director de la Banca Nacional, Héctor Rodríguez Llompart, era el consejero económico de Fidel, pero desconozco los circuitos financieros y si existen cuentas en el extranjero (en mi opinión, tal sería el caso). Eso sí, a Fidel nunca le ha faltado dinero en efectivo. Pude constatarlo, por ejemplo, en Harare (Zimbabue), cuando me confiaron una maleta con 250 mil dólares en metálico para preparar la llegada del jefe del Estado cubano.

Entre los episodios más divertidos de que he sido testigo se encuentra cuando en cierta ocasión, oí a Fidel decir a Pepín y a Chomy que parte de los fondos de la reserva servirían para prestar dinero a la Banca Nacional, dirigida por Llompart. Ahora bien, ese par, Llompart y Fidel, habían fijado las tasas de interés en el diez por ciento. Dicho de otro modo, el Comandante iba a prestar un dinero que no le pertenecía al país que gobernaba mediante la banca, cuyas tasas de interés fijaba él, ¡y a embolsarse de paso el diez por ciento de los beneficios!

A la hora de alimentar la reserva, Fidel no escatima los medios. A tal efecto, es capaz de comportarse como un jefe de pyme. Así, ha contribuido con su flota de la Caleta del Rosario, su puerto deportivo particular, donde, además de su yate Aquarama II, posee dos barcos de pesca llamados Purrial de Vicana I y II, uno de cuyos capitanes se llama Emilio. Tras sus salidas al mar, sus capturas son enviadas a las unidades de congelación del puerto de La Habana y a la Unidad 160 (la plataforma logística de la escolta de Fidel). Estas capturas no se destinan al consumo de la familia Castro, que no come pescado congelado, se venden en uno de los mercados de alimentación más importantes de La Habana, el Súper Mercado, situado en la esquina de la Tercera Avenida y la calle 70 del barrio de Miramar.

Del mismo modo que un grano no hace granero pero ayuda al compañero, una unidad de producción de pavos y una granja de cría de corderos coadyuvan al mismo propósito: aumentar la reserva. Hay que añadir los negocios emprendidos en Luanda durante la guerra de Angola en el kandonga, el famoso mercado negro angoleño, donde los cubanos fueron hiperactivos a lo largo de quince años. Esto también permitió incrementar la reserva del Comandante.

En el momento de la aparición del artículo en Forbes, el historiador Eusebio Leal, muy cercano a Fidel, había salido a la palestra para defender la reputación del Comandante. Como prueba del altruismo del Líder Máximo, reveló que en los años 90 éste le encargó distribuir entre los museos y los centros culturales 11 mil 687 obsequios recibidos por él, entre los que había cuadros, joyas, objetos de marfil y valiosos tapices procedentes de 133 países. Puede que sea cierto, pero no demuestra nada, porque en lo que a mí respecta, bien que vi los diamantes de contrabando en el despacho de Fidel. Originarios de Angola, fueron enviados por Patricio de la Guardia y Arnaldo Ochoa, jefe de la misión del minint y jefe de la misión militar cubana, respectivamente, en ese país africano sumido en la guerra. Eran diamantes de pequeño tamaño, guardados en una caja de puros Cohiba. Chomy, el secretario, y Pepín, el edecán, se los iban pasando de mano en mano en presencia de Fidel, su médico personal, Eugenio Selman, y yo. Todavía recuerdo su diálogo:

—Bien, Pepín, ya sabes lo que hay que hacer, los vendes en el mercado internacional.

—Sí, Comandante —respondió el edecán, convertido de repente en experto en gemología—. Pero ya sabe que el valor de estas piedras no será demasiado elevado, porque son pequeñas. Bien, en todo caso algo han de valer, porque su tamaño será apreciado en joyería.

En lo referente a los negocios, Fidel tiene en ocasiones la mentalidad de un pirata del Caribe. Situarse fuera de la ley, navegar en la informalidad, practicar el contrabando, no le plantean ningún problema, puesto que las circunstancias lo exigen y su postura de resistencia ante el embargo estadounidense lo autoriza todo. Por otra parte, contrario a lo que él afirma, siempre ha estado al corriente de todas las actividades ilícitas (incluido el tráfico de drogas en los años 80) concebidas y llevadas a la práctica por Patricio de la Guardia y Arnaldo Ochoa, quienes, en el seno del departamento mc (moneda convertible),26 se esforzaban por hacer acopio de divisas sin importarles los medios, con el fin de apoyar a la Revolución. Del mismo modo, Fidel estaba al corriente de las actividades paralelas del ministro del Interior José Abrantes, quien ordenaba fabricar falsos tejanos Levi’s en talleres clandestinos, donde trabajaban prisioneros cubanos, y traficaba con Chivas Regal adulterado para comercializarlo en el mercado negro de Panamá. Siempre era la misma finalidad: irrigar la reserva del comandante en Jefe.

Todas estas operaciones comerciales las conozco porque Fidel y su entorno hablaron de ello en mi presencia durante diecisiete años seguidos y porque Pepín y Chomy, con los que yo colaboraba estrechamente a diario, rendían cuentas con regularidad al comandante en Jefe sobre el particular, sin recelar de mi presencia porque, ciertamente, por entonces yo pertenecía al círculo más íntimo del Jefe.

En cualquier caso, el “golpe” más logrado de Fidel fue tal vez ordenar, en 1980, la reactivación temporal de la mina de oro de la Dolita, en la isla de la Juventud, la gran isla en forma de torta situada al sur de las costas cubanas. Después de haber agotado el filón, los españoles la habían cerrado definitivamente en tiempos de la colonia. Sin embargo, tras enterarse de que la cotización mundial del oro conocía un boom, a Fidel se le metió en la cabeza comprobar si por ventura los equipos modernos permitirían extraer de la Dolita un poco de mineral residual que se hubiera pasado por alto. Su intuición fue certera: se recogieron entre 60 y 70 kilos de oro que se fundieron en lingotes. Los vi con mis propios ojos cuando fueron trasladados al palacio para mostrárselos a Fidel. Pepín me pidió que los ayudara a transportarlos en una carretilla, por eso pude calcular el peso, un solo hombre no podía levantar todo aquel metal de una vez. No me tomé la molestia de preguntar para qué iba a servir el botín, ni cuál era su destino, ya conocía la respuesta.

Como resulta imposible evaluar la fortuna de Fidel Castro, al menos se puede intentar calcular su patrimonio. En un país donde no existe mercado inmobiliario es difícil tasar la inmensa propiedad de Punto Cero (con su alberca, su parque arbolado y sus invernaderos) o la isla paradisíaca de Cayo Piedra. Estos bienes excepcionales no dejan de poseer un valor intrínseco, que sería fácil comparar con sus equivalentes en el mercado del lujo, muy cotizados en el mar de las Antillas, las Bahamas, Granada o Antigua. Así, la isla privada de Cayo Piedra valdría, como mínimo, entre 2 y 10 millones de dólares.

Ahora bien, el patrimonio de Fidel no se limita a esas dos residencias principales, hay que sumar docenas de otras. Para ceñirme a una evaluación rigurosa, objetiva y minimalista, me limitaré a la veintena de casas al servicio exclusivo del Comandante, que conozco por haberlas pisado y visto con mis propios ojos, sin tener en cuenta otras viviendas que podrían pasar por alojamientos oficiales.

Pasaremos revista a esa cartera inmobiliaria, región por región, de oeste a este de la isla. En la provincia de Pinar del Río, en el extremo occidental de Cuba, posee tres bienes: la casa del Americano (con alberca al aire libre), la granja de la Tranquilidad, en el paraje llamado Mil Cumbres (muy poco frecuentada por Fidel; yo sólo fui dos veces) y La Deseada, un pabellón de caza que conocí bien, situado en una zona pantanosa y donde caza patos en invierno.

En La Habana, el Comandante (aparte de la propiedad de Punto Cero), tiene seis eventuales residencias: la casa de Cojímar, que fue su primera vivienda tras el triunfo de la Revolución, en 1959; la de la calle 160, en el distrito de La Playa, bastante lujosa; una tercera reservada a sus citas galantes: la casa de Carbonell, situada en el recinto de la Unidad 160; una adorable casita en Santa María del Mar, estilo años 50, encarada al mar y al lado del hotel Trópico (en el municipio de La Habana del Este); y por último, las dos casas provistas de refugios antiaéreos para la familia Castro en caso de guerra: la casa de Punta Brava (donde Dalia vivió en 1961, antes de convivir con Fidel) y la Casa del Gallego, muy cerca de la Unidad 160.

En la provincia de Matanzas, posee dos residencias de verano en los litorales norte y sur: en el norte, una casa situada en el corazón de la estación turística de Varadero, muy apreciada por los hijos que ha tenido con Dalia porque da a la playa; y en el sur, La Caleta del Rosario ubicada en la bahía de Cochinos, donde una marina sirve de puerto de amarre para el yate Aquarama II y el resto de la flotilla privada del Comandante. Más al este, en la provincia de Ciego de Ávila, otra casa da a la arena fina de la Isla de Turiguanó, cerca del centro turístico Cayo Coco, muy apreciado por buceadores de todo el mundo, en la costa septentrional de Cuba.

En la provincia de Camagüey, siempre más al este, se encuentra la pequeña hacienda de San Cayetano, la cual, aunque Fidel no monta a caballo, posee un picadero exterior (conocido como “palestra” en el mundo de la equitación). Otra vivienda, llamada Tabayito, también en Camagüey, queda oculta en el interior de un complejo que alberga otras viviendas reservadas a los miembros de la nomenklatura. Por último, conozco otra propiedad llamada Guardalavaca, en la provincia de Holguín, y dos residencias en Santiago de Cuba, la gran ciudad situada en la parte oriental de la isla: una casa en la calle Manduley, con dos pisos y una bolera, y otra, con piscina, en el interior de un complejo perteneciente al Ministerio del Interior.

No estoy seguro de que el presidente de Estados Unidos disponga de un patrimonio inmobiliario tan surtido. No obstante, cualquiera que sea la respuesta a este interrogante, Fidel jura y perjura, y te pide que lo creas, que sólo gana 900 pesos al mes.

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