RECUERDOS DE UN PASADO PRESENTE

24 Dic

Despidos, embargos, deudas impagables, quiebras, suicidios, disminución del poder de compra y mayor pobreza fueron el resultado de la peor crisis económica que vivió México y tuvo repercusiones mundiales a finales de 1994, a días de haber iniciado el sexenio de Ernesto Zedillo.

La insolvencia de pagos hizo que el entonces Presidente de Estados Unidos solicitara al Congreso de su país la autorización de un crédito por $20 mil millones de dólares para el Gobierno mexicano. Pero no sólo la administración pública debía, sino también las empresas y los particulares, lo que provocó un descalabro mayúsculo en los sistema de pagos, financiero y económico.

A 20 años del llamado “error de diciembre”, todavía quedan secuelas y recuerdos de aquella debacle. Cuatro ciudadanos hablan de esos días que cambiaron drásticamente su modo de vida. Cada uno desde su postura supo sortear una difícil situación que aún en estos días no parece tener fin, y que es posible que vuelva a repetirse. Todo producto de una mala administración gubernamental y por ende, de la corrupción.

#20AñosDespués | “El problema es eso, que todo esto es similar a 1994”
Antes de 1994 estaba el gobierno de Salinas. En ese tiempo estaba entrando en vigor el Tratado de Libre Comercio. Sin embargo, la vivencia hacia atrás de 94, las comunidades indígenas estábamos en pleno olvido, en un alto grado de marginación. No había en ninguna comunidad indígena de la selva con accesos a caminos, servicios de salud; no había acceso a la seguridad alimentaria; no había ingresos. Había todo tipo de carencias. No había empleo de ninguna índole, no había para vestir a los niños. Prácticamente vivíamos en un deterioro y prácticamente la sociedad mexicana no sabía nada de esto.

Yo también lo viví, junto con mi familia. Casi en la frontera con Guatemala, junto con otras comunidades, hacia la zona sur del estado. Siempre hemos sido campesinos, criados en el campo, criados en la selva. La zona en la que estamos es zona platanera, cafetalera, maicera. Mi trabajo es labrar la tierra. Ese era el trabajo antes de 1994 y sigue siendo acá. Yo siembro café.

Ese 20 de diciembre supe de la noticia de la devaluación y de toda la crisis a través de los medios de las noticias. No había acceso a la comunicación, no la teníamos. Pero supe por el anuncio que se hizo a través de la radio, así pudimos percatarnos. Aunque ya se venía resintiendo la crisis, en nuestros estómagos y en la venta de nuestros productos y en el desplome de los precios.

Fue alarmante para todos, porque fue la devaluación y cambio de moneda. Si antes podía comprar con mil pesos, ahí ya se convertía en nada porque se había convertido en una inflación mucho mayor. Lo que se escuchaba en la radio es que “se va a cambiar el valor de la moneda”, aunque por parte del gobierno decía que era para dar pasos adelante y para triunfar, pero la verdad es que había parte de aquí donde se decía que mucha gente estaba inconforme, había perdido su patrimonio y gente que tenía su ahorro, se perdió.

Fue en 1994 cuando tuvimos todos un escenario bastante devastador. Si estábamos en el agravio cuando fue la crisis, prácticamente las familias y las comunidades indígenas se quedaron sin comer. Uno veía a la gente de las zonas urbanas que tenían muchas hipotecas, o gente que tenía algún tractor para sembrar, carro o casa; toda esa gente los perdió y perdió sus bienes a cambio de esta devaluación. En donde lo resentimos más fue en el estómago. No había comida. Lo que se compraba con determinada cantidad de dinero, cuando llegó la crisis en el 94, teníamos que duplicar la cantidad.

No pudimos irnos acoplando a estas carencias. Hasta después de tres o cuatro años, fue cuando venimos y estuvimos buscando el caminito para salir de esto. Aunque fue a raíz de 1994 cuando se dio el surgimiento de insurgencia. Ahí cambia un parámetro, ahí es cuando hubo un cambio. Dejar algo atrás y entrar a otra etapa.

Antes de 1994, no tenía uno para dónde suspirar. El mismo gobierno era enemigo del pueblo, había mucha represión. Aún cuando todavía no había un movimiento armado declarado, el gobierno imponía leyes en la zona de campo y producción agrícola. Uno no podía tumbar un árbol arriba de los dos metros, nadie podía. Estaba a punto de explotar el pueblo y el movimiento zapatista fue un desahogo, una oportunidad y una nueva etapa en la vida que habíamos estado viviendo las comunidades. Fue un respiro.

Simpatizamos mucho en ese tiempo con el EZLN. Yo estuve con el movimiento. Uno siempre ha sido de lucha. Realizamos varios movimientos como símbolo de solidaridad. Estuve al frente asambleas informativas con la gente. Protestábamos en contra de las injusticias que nos hacía el gobierno, esta fue parte de mi función.

Nos hizo tener la esperanza, y los ojos que el mundo tiene ahorita de Chiapas es gracias al movimiento zapatista, porque prácticamente las comunidades indígenas estaban completamente marginadas, no existían, estaban en el olvido. El EZLN vino a poner orden y nos dio una esperanza de vida.

Cuando yo hablo de la aparición del movimiento armado, las comunidades y los pueblos tomaron una nueva esperanza, ¿y el gobierno qué hace? A lo mejor la estrategia del gobierno de Carlos Salinas y de Ernesto Zedillo, ya en ese tiempo, para exterminar la revolución, empezaron a invertir mucho en Chiapas, metieron caminos, aulas, servicios de salir y abrieron las puertas al desarrollo. Paulatinamente vino esa trascendencia.

Sin embargo, los recursos que dio el gobierno no vinieron directamente al campo, sino a otros programas. Por ejemplo, a los caminos para que la gente pudiera mover más su producción para que se vendiera en la Central de Abastos o consumidores directos, facilitando más las cosas, pero la producción siempre siguió al margen. No hubo inversión al campo, si no compras de conciencia.

Las comunidades de Chiapas son muy unidas y comunitarias, pero aprovechando la situación de la pobreza, no todos resisten la necesidad. Lo que hizo el gobierno fue comprar conciencias en forma de apoyo y dinero. Como sabemos, al gobierno no le convenía ni conviene que hubiera ese tipo de movimientos en el país, por estrategia metió muchos programas para terminar la conciencia y la gente dejara de luchar.

Todo esto fue y es devastador, es algo muy difícil, crearon otras religiones. Cuando surge el movimiento zapatista, Chiapas se vuelve y se pinta de revolucionarios, pero comenzaron a meter grupos para desestabilizar.

Tenemos el ejemplo de Acteal, la masacre de los 45 indígenas, cosas así se fueron dando. La presión con el Ejército, que aunque hay todavía, se da con menor medida. Todo esto se dio después de 1994 hasta 1999 y los indígenas éramos delincuentes. Así de triste. Ha sido muy difícil nuestro camino y la trayectoria de Chiapas.

Después de 1994, nada ha cambiado. Hay muchas similitudes. Ahora el peso mexicano no vale, se compran los productos de las grandes empresas y el dinero no alcanza para mucho. Uno tiene que tener mucho dinero para poder sobrevivir, y el problema es eso, que todo esto es similar a 1994.

Los ingresos no suben, y aunque el de los asalariados aumenta un poco, para nosotros los productos cada vez son más caros. Se resiente porque mil pesos ahora no alcanzan para nada, y para allá vamos, estamos en retroceso porque actualmente tenemos unos gobiernos, tanto Chiapas como el país en donde existe la corrupción. Son gobiernos corruptos.

El gobierno del estado acaba de hacer su informe diciendo puras babosadas, que según esto ha invertido miles de millones al campo cuando por supuesto uno como campesino no recibe ni un peso. Es de mucha necesidad un saco de fertilizante, pero lo que se hace darlo y el Gobernador lo vuelve en un gran proyecto productivo. Aparte todos saben que ese dinero que son recursos públicos y están traficando con él electoralmente, dicen “si tú estás con mi partido, aquí te va tu saco de fertilizante”, si son de otro partido, entonces no te toca nada, así de difícil las cosas en Chiapas.

Uno no puede hablar así porque rápido, rápido viene la represalia, ¿cuántos actores sociales no están encarcelados?

Yo creo que las comunidades sí pueden actuar de la misma manera como se hizo en 1994, yo creo que sí. El zapatismo existe, la mecha sigue encendida, dicen por ahí. Y así es como yo califico las cosas, pero como decimos aquí los indígenas y todas las comunidades, cuando el estómago no aguanta, vamos a pelear por tener comida.

En cualquier momento puede volver a estallar y yo la seguiría apoyando porque no es una lucha que lleve otro tipo de intereses, es sólo una revolución del pueblo.

#20AñosDespués | “…con la crisis perdieron la esperanza por completo”
Si me dicen “diciembre del 94”, lo primero que viene a mi cabeza son recuerdos de austeridad. Tenía nueve años. Recuerdo que mis papás hablaban de cómo podían reducir gastos; discutían por dinero y por saber cómo pagarían un crédito de vivienda que acababan de obtener.

De repente, empezó una época de mucha austeridad. La crisis del 94 fue un impedimento de desarrollo para las familias más pobres; las frenó por completo. Mis padres eran servidores públicos. Somos tres hijos: están mis dos hermanas y yo, el de en medio. Vivíamos bien; jamás fuimos ricos pero nunca nos faltó nada. Antes del 94, si tenías un trabajo y un salario estable, podías aspirar a obtener créditos como el que nosotros teníamos.

Sin embargo, un día los gastos ya no se pudieron pagar y mi papá tuvo que renunciar a su trabajo para conseguir uno mejor, pero en ese periodo de búsqueda las cosas se pusieron más difíciles. Nos tuvimos que cambiar de casa. Nos fuimos a Ciudad de los Álamos; ahí mismo, en Sonora, una zona de mucha pobreza. Las casas eran de paredes de madera y techos de cartón. Noté que había niños más pobres que nosotros.

Recuerdo, tiempo después, en una temporada de mucho granizo, que los techos de cartón se rompieron. Cuando salí de mi casa, había familias que ya no tenían la suya. Yo me daba cuenta que las cosas ya eran diferentes porque en la primaria también se vivió la crisis. Había niños que dejaban de ir, porque aunque la escuela era gratuita, implicaba gastos. Después me tocó ver a niños que estudiaban conmigo el tercer año que ya trabajaban, tenían que aportar dinero a la casa.

También se abrieron dos turnos, el matutino y el vespertino. Fue muy curioso porque en la tarde quedamos los niños que teníamos más problemas económicos: ¡se notaba si eras de la mañana o de la tarde! Quizá era la vestimenta. Muchos niños iban descalzos; era el turno de los excluidos y de los más pobres. Cuando eres niño no ves muchas cosas o quizá sí, pero no lo que hay detrás.

Cuando tocaba comprar útiles sabíamos que primero teníamos que reciclar los del año anterior, lo más que se pudiera: la mochila, los zapatos, el uniforme. Mi mamá siempre nos presionaba: “Cuida los zapatos, la ropa”, decía. Era una exigencia. Incluso hubo un tiempo que vendí paletas de hielo para apoyar en esos gastos o cuando tenía ganas de un dulce.

La recuperación fue muy lenta. Los pagos de mi casa se hicieron muchísimo más largos. No podía pagarse de más. Los ingresos de la familia no daban esa oportunidad.

Con los años, todos los integrantes de mi familia fuimos mejorando. Algunos continuamos estudiando, salimos de Sonora. Se hacía notoria la mejora, ese fue el factor que sacó adelante a mi familia.

He leído de los grandes empresarios que no pudieron pagar sus créditos, de las empresas que se fueron a la quiebra. Pero yo creo que el impacto más fuerte fue en la gente que ya era pobre, porque con la crisis perdieron la esperanza por completo. Si ya estábamos amolados, ahora más, habíamos perdido la esperanza.

Hoy, la pérdida de la esperanza ya no es sólo por cuestiones económicas, también es en lo social.

Aún en estos días, como hace 20 años, hay conflictos políticos. En Sonora se hablaba mucho del asesinato de Colosio o de “una nueva guerra” en Chiapas. La diferencia es que hoy la sociedad está en las calles protestando, en busca de un cambio.

20AñosDespués | “No cerró, pero tenía cinco empleados y se quedó con dos”
Soy el segundo de cuatro hijos: mujer, yo, mujer y otro hombre. En 1994 tenía 12 años. Vivía en la colonia Cuauhtémoc, en la calle de Río Nilo [del Distrito Federal] con mis hermanos y mis dos papás. No éramos ricos, pero teníamos un coche.

Antes de diciembre [de 1994] salíamos a comer o al cine los fines de semana. Mi papá tenía su negocio de computadoras armadas. Era la época en la que había un boom, y vender computadoras era un buen negocio. Mi papá, un año antes de la crisis, fue liquidado en un trabajo que tenía y con ese dinero, puso el negocio. A los cuatro hijos nos tenía en escuela de paga.

El negocio de las computadoras era muy buen negocio en ese tiempo. Te daban una línea de crédito, porque no los comprabas en la esquina los equipos, y esas línea de crédito eran en dólares. Y te ibas moviendo con eso. Recuerdo que el dólar se depreciaba de manera constante, pero una cantidad que ya se sabía. Mi papá sabía lo que iba a pagar para el 30 de diciembre y en base a eso, hacía sus cálculos.

Pero de repente, la de deuda se te va al triple. Y no sabes cuánto vas a pagar mañana. Aún cuando tienes el dinero, no sabes si pagas o ya la regaste, porque bajó al otro día de un golpazo.

Las líneas de crédito empezaron a cerrarse. Si mi papá tenía una línea de crédito de cinco mil dólares, se la bajaron a mil.

No cerró el negocio, pero tenía cinco empleados y se quedó con dos. Los primeros tres meses más gachos les quedó a deber su quincena. Se empezaron a recortar los gastos a lo bestia y te das cuenta que ya no había dinero. De comer fuera, era comer en casa y, a veces, sólo huevo revueltos con tortilla. Ya no había para el Gansito y la Coca. Para gastar en el recreo me daban una moneda de mil pesos, porque como éramos muchos mi mamá no nos hacía lonche y, de repente, a llevar comida de casa.

En ese tiempo era mucha la broma de que ibas a las casas de tus tías, tíos, primos y a todos los habían asaltado. Eso me marcó porque yo no sabía qué era un secuestro o un asalto. Yo ahorita tengo una hija y ella ya sabe qué es un secuestro, pero en esa época, vivíamos en una burbuja.

A pesar de la crisis, mi papá no nos sacó de la escuela de paga, porque él es de esas personas que piensan que teníamos que estudiar inglés y tener una buena educación. Siempre nos decía: “Yo no les voy a dejar dinero, les voy a heredar educación”, y así fue, ahorita no tiene dinero, pero nos dejó la educación.

Hubo ocasiones que no me dejaron hacer exámenes, porque mi papá no había pagado la colegiatura. Muchos de mis compañeros abandonaron la escuela. Ya al final, mi papá vendió el coche para no sacarnos. Entonces supe lo que era andar en micro o en el Metro, nosotros nunca habíamos andando en micro hasta ese momento.

Mi papá se llama Juan García, ahorita tiene 60 años y se regresó a su pueblo, en el Estado de México, allá viven los dos. Mi papá y mi mamá.

El negocio de las computadoras ya no existe. Mi papá tiene unos locales y pues, no tiene dinero.

#20AñosDespués | “Yo sentía enojo, mucha indignación por lo que estaba pasando”
Recuerdo el tono de voz que usó el “ejecutivo de cuentas” de la entonces llamada Banca Serfín que, en marzo de 1995, me notificó que estaba en cartera vencida y que el departamento en el que vivía con mi esposa y mis dos niñas, en riesgo de un embargo.

El empleado del banco que me atendió era un hombre joven, de unos 30 años, pero no parecía reparar en la injusticia que representaba que la mensualidad de una vivienda de 288 mil pesos, y que en 1993 había sido fijada en tres mil 600 pesos, hubiera subido en el mes de enero de 1995 a 14 mil pesos.

Y me lo dijo así, de manera mecánica, incluso agresiva, con actitud de “si no pagas de inmediato, te vamos a quitar la casa”. Entonces se me cayó el mundo. Tenía 39 años, era empleado de sistemas en Canal 40 y ganaba 10 mil pesos al mes. Mi crédito se estaba convirtiendo en una deuda imposible de pagar. Sabía que podía perder la casa, a donde me había mudado con mi familia hacía apenas un año.

Había notado el aumento en el costo de mi hipoteca desde enero de ese 1995, cuando recibí la notificación de que debía pagar 14 mil pesos. Por un momento, claro, pensé que podía tratarse de un error. Pero como por los medios de comunicación sabía que acababa de haber un “dichoso error de diciembre”, supe también entonces que mi caso podría estar vinculado con la devaluación del peso y del caos en el que había entrado el sistema financiero mexicano.

Por dos meses no hubo más recibos pero, en marzo, llegó entonces la llamada amenazante de Serfín, y a partir de entonces, los cuatro años de mayor tensión, angustia, enojo, impotencia, desesperación, escasez económica y pavor que ha vivido mi familia. La situación se volvió intolerable. Mi esposa se enfermó de los nervios e incluso terminó internada en una institución de salud mental. Banca Serfín nos forzó a cambiar el contrato del crédito hipotecario de tasa variable a tasa sujeta a “Unidades de Inversión”, es decir, a la inflación de ese tiempo, pero la deuda también se salió de control y en meses la casa -un departamento de 107 metros cuadrados en la planta baja de un edificio en la colonia El Arenal Tepepan, en la delegación Tlalpan- pasó de costar menos de 300 mil pesos a casi 800 mil. La mensualidad nos subió a cinco mil, habíamos hecho deudas con otros bancos para pagar el enganche y nos llegaban cobros también desorbitados, además de que, por la misma crisis económica, ni mi esposa ni yo tuvimos los aumentos que esperábamos en nuestras respectivos trabajos y por cuya expectativa habíamos aceptado el crédito hipotecario. Pero terminó siendo casi como vender el alma al diablo. El crédito aumentó de una forma que no esperábamos y los despachos de cobro de los bancos nos llamaban diario para amenazarnos con desalojarnos, y en esos meses posteriores al “error de diciembre”, los llamados días del “efecto tequila”, mi familia, formada por dos profesionistas, empezó a medio comer y a trabajar para tratar de pagar al banco una deuda que sólo se iba multiplicando.

Mi esposa escuchaba el teléfono y temblaba. Su salud fue la más afectada. Se enfermó de colitis nerviosa y de depresión. Se volvió neurótica; estaba en conflicto, agresiva, regañona con las niñas. La crisis económica hizo crisis también en sus nervios.

Yo sentía enojo, mucha indignación por lo que estaba pasando. ¿Cómo es posible que el banco no entendiera no era que no quisiera pagar, pero que quería pagar lo justo?

Fue entonces, en 1999, que supimos de la existencia de un movimiento de resistencia y organización ciudadana llamado El Barzón, y nos acercamos, y se acabó el terror en el que se había convertido el banco: ellos, en la que hoy es la Red de Usuarios de Servicios Financieros del Barzón, tomaron los expedientes con los que nos amenazaban los despachos, nos empezaron a defender jurídicamente, con amparos y demás recursos que nosotros no sabíamos que existían –y de lo cual se aprovechaban los despachos- para que, durante 20 años, no nos desalojaran pese a la suspensión de nuestros pagos.

Nos convertimos en un movimiento de resistencia civil contra los abusos del sistema financiero: ellos tomaron nuestra defensa en los tribunales civiles y nos quitaron de encima a los cobradores, y nosotros acudimos a todas las marchas convocadas, a corroborar que somos un movimiento de personas y familias afectadas injustamente por la crisis financiera de 1994 con créditos imposibles de pagar.

En las marchas nos han gritado que paguemos, que si somos flojos, y por eso es importante que la ciudadanía sepa que no somos irresponsables ni atenidos, sino trabajadores, algunas veces con dos trabajos cada uno, que cumplimos con nuestras obligaciones, pero que cuando la avaricia de instituciones como las bancarias es tan grande, tan voraz, tan exageradamente inhumana, sin poder que la satisfaga, entonces miles nos vemos imposibilitados para pagar intereses sobre intereses, deudas que se multiplican con el tiempo mientras nuestros salarios, por el contrario, se han ido reduciendo.

Así que, gracias a la defensa legal de El Barzón, desde 1999 dejamos de pagar y los despachos dejaron de intimidarnos. Y aquí, entre las tres recámaras, la sala-comedor, la cocina y los baños que forman el departamento que durante cuatro años temimos perder, finalmente crecieron mis dos hijas hasta convertirse en egresadas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Una se acaba de titular en Literatura Hispánica y la otra en Diseño y Comunicación Visual.

El juicio por el departamento, paradójicamente, acaba de terminar apenas en noviembre de este 2014, 20 años después del inicio de la crisis, periodo en el que el crédito ya ha pasado incluso por manos de Santander y Banorte. El resultado del Juzgado 45 de lo civil: el remate del departamento en favor del banco, una deuda que ya está en los 12 millones de pesos (¡por un departamento que en 1993 valía 288 mil pesos!) y una orden de desalojo.

Mi esposa Diana Flores, de 58, que es maestra jubilada, dice que tenemos un mecanismo de defensa que nos impide sufrir más allá de cierto grado y cobrar serenidad y analizar la situación. Y gracias a ese análisis hemos concluido que, si finalmente hemos pagado 150 mil pesos en todo este tiempo, pues el trato resultó benéfico y debemos estar listos para irnos.

Y en eso estamos, precisamente, buscando otra casa -lo cual, sí, es horrendo, porque actualmente acceder a un crédito es muy difícil si se tiene 59 años. Por eso estamos construyendo en el Estado de México, donde es mucho más barato.

Mis hijas no quieren. Pero esto ya lo hemos procesado en los últimos 20 años, que en cualquier momento podrían sacarnos. Entonces, no es una noticia que nos caiga de la noche a la mañana.

Mi esposa dice también que, después de un año de psicoanálisis, toma la decisión del juzgado como sólo un motivo para cerrar un ciclo. No hay angustia ni rompimiento, por lo menos no por ahora; tal vez cuando hagamos la mudanza entremos en otra etapa del duelo. Por lo pronto, pensamos que, a pesar de los pesares, hemos vivido bien en esto lugar, pero tenemos que emigrar.

Este departamento ha sido el eje de la historia de nuestra familia. Yo, en particular, extrañaré la sala con paredes cubiertas de libreros de madera, donde por años esta familia ha disfrutado de su pasatiempo favorito, que es la lectura. Así que, claro que extrañaré sentarme a leer la ciencia ficción de Isaac Asimov o de Olaf Stapledon en la sala de la que ha sido el hogar de mi familia por más de 20 años.

Pero ya hemos luchado mucho contra este sentimiento de posesión, y queremos lograr desprendernos, que no nos cueste tanto, que no nos aferremos, que nuestras hijas logren su independencia, que poco a poco busquen su vida. Debemos pensar que los procesos son para mejorar, que la vida está en constante movimiento, en una espiral y que debemos tratar que sea ascendente.

¿Coraje contra alguien? No en contra de alguna persona, pero sí contra el sistema, el bancario, el gubernamental, llenos de corrupción, que se sienten cada vez más poderosos, más capaces de aniquilar gente. ¿Cuanta gente se suicidó entonces? Perder una casa mezcla muchos sentimientos. La gente como nosotros se esfuerza mucho por reunir un enganche, pero lo consideramos necesario para que nuestras familias tengan un lugar donde vivir. La crisis de diciembre de 1994 terminó con esa esperanza para nosotros, y eso provoca rabia, impotencia, un dolor muy grande y secuelas todavía 20 años después.

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