La necedad de Videgaray

4 Dic

Es comprensible que, al inicio de un sexenio, se tengan dificultades al tomar el timón de un barco tan grande como es México, en particular viniendo de otro de dimensiones más pequeñas pero con un permisividad absoluta: el Estado de México. Pero, tras 24 meses de gobierno, la capacidad de aprendizaje parece no ser la habilidad de los hombres fuertes de la actual administración.

Luis Videgaray Caso fue Secretario de Finanzas en el gobierno de Enrique Peña Nieto en el Edomex, de septiembre de 2009 a marzo de 2011; luego, entre septiembre de 2009 y marzo de 2011, se convirtió en Diputado federal, por la vía plurinominal –los que no elige la ciudadanía con su voto–, y después, sólo entre abril y junio de 2011, ocupó el cargo de Presidente del Comité Directivo Estatal del PRI mexiquense, puesto en el que pidió licencia para coordinar la campaña por la gubernatura de esa entidad del también priista Eruviel Ávila Villegas.

Las buenas cuentas entregadas por Videgaray Caso al priismo mexiquense –Ávila Villegas arrasó en las elecciones del 3 de julio de 2011 con el 61.97 por ciento de los votos– le dio un impulso definitivo a su carrera y le ganó entre los priistas reconocimiento a su pragmatismo político y estatus de negociador.

Por eso, para la mayoría, no fue sorpresa que Peña Nieto lo nombrara coordinador general de la campaña del tricolor rumbo a la elección presidencial de 2012.

Metido en un contexto de mayor apertura y competencia política, con ojos más críticos observando al candidato y sus debilidades, y puesto en predicamentos por las reacciones de rechazo de la sociedad civil y las investigaciones de la prensa independiente a nivel nacional e internacional, Videgaray se vio en problemas para salvar de muchos escollos a su jefe.

Aun así, y con todos los asegunes de una campaña calificada “parcial” –en particular por el impulso que le dieron medios oficialistas en la prensa y en la televisión, en especial Televisa– y llena de derroche económico, Luis Videgaray volvió a sacar el barco adelante: Peña Nieto se convirtió en Presidente de México y él en titular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) pero, además, en un político visto entonces por muchos como un posible aspirante a llegar a Los Pinos en 2018.

Pero, como ha pasado con el resto del gabinete en estos 24 meses, la actuación de Videgaray Caso y su equipo antes de los primeros 12 meses de la administración se llenó de cuestionamientos por la poca capacidad mostrada para impulsar el crecimiento del país: en el primer año secó la producción con un freno al gasto que, hasta ahora, le sigue haciendo daño a los bolsillos de los mexicanos y al consumo. En 2013, México apenas creció 1.1 por ciento, el menor nivel desde la crisis financiera internacional entre 2008 y 2009.

Su argumento fue: como la economía de Estados Unidos y el mundo no crecen, la de México tampoco lo hace.

Luego, en 2014, con la promesa de soltar el gasto a tiempo, con un presupuesto histórico, basado también en un mayor endeudamiento, el conductor de las finanzas públicas tampoco pudo sacar al barco de la tormenta. Empeñado en darle a su jefe el triunfo de todas las reformas, en especial la Fiscal y la Energética, el economista logro sacar un miscelánea de impuestos que le dio la puntilla al aparato productivo.

Los economistas saben que con un crecimiento tan endeble es prácticamente un suicidio recetarle a un país de tan pocos contribuyentes impuestos más altos y restrictivos. Videgaray lo hizo, y este año los mexicanos pagarán nuevamente las consecuencias, y apenas si se crecerá 2 por ciento o quizá hasta menos.

Para colmo, el Secretario a quien un día se le vio como presidenciable –esa etiqueta se le cayó hace meses–, se esforzó al máximo para sacar una Reforma Energética, donde las dos principales empresas del Estado mexicano –las últimas que le quedaban, por cierto–, Pemex y la CFE, sufrieron una apertura total a la inversión privada.

Petróleos Mexicanos, en especial, está siendo prácticamente desmantelada, con repercusiones a las finanzas públicas federales que aún están por ser evaluadas.

Y lo peor estaba por llegar: los inversionistas dudan ahora en hacer negocios con Pemex a la luz de los escándalos de conflicto de interés, protagonizados ni más ni menos que por la familia presidencia, y debido al alza de la inseguridad y la protesta social en el país.

Además, al Secretario se le hacen bolas sus optimistas proyecciones ante la caída internacional en los precios del petróleo que, a juicio de los expertos, se quedará un buen rato, pues ese mercado vive circunstancias inéditas que los expertos previeron desde hace meses, pero que ni Luis Videgaray ni su equipo supieron leer a tiempo: un excedente de producción de petróleo, más eficiencia energética de los países consumidores y la sustitución del crudo por el gas natural.

Con esto, el escenario se complica aún más, pues la producción petrolera de Pemex ha caído y, ahora, el precio de esos barriles es menor. Para compensar la caída de ingresos, otra vez el gobierno ha pedido para 2015 otro presupuesto histórico y basado en un mayor endeudamiento.

Aun así, el Secretario de Hacienda no da su brazo a torcer. No tiene un Plan B ni parece dispuesto a dar un vuelta completa al timón. Menos aún a reconocer que ha fallado, que le ha faltado capacidad y conocimiento del país y sus necesidades prioritarias.

En los primero seis meses de la administración de Peña Nieto era comprensible que las cosas no detonarán como prometieron. Pero después de 24 meses es evidente que la capacidad de aprendizaje no es el fuerte de esta Presidencia… o quizás, como en el caso del Secretario, simplemente es necedad y soberbia.

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