Incendiar lo que no se ha quemado

19 Nov

De manera insistente, en distintos medios y con distintas voces, se ha celebrado la posibilidad de que el Gobierno federal decida utilizar la fuerza pública para controlar algunos desbordes de violencia durante las manifestaciones de protesta por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Se aplaude que la tolerancia del Jefe del Ejecutivo federal haya llegado a un límite, por lo menos en el discurso. Son casi las mismas voces que no han exigido que Enrique Peña Nieto aclare lo de la “Casa Blanca”, por ejemplo, aunque ese sea otro tema.

En un país donde es posible desaparecer a 43 estudiantes; en una Nación en la que al menos 3o mil individuos están en calidad de desaparecidos y otros 150 mil han muerto en una guerra inútil, ahora alarma que un grupo menor, no identificado plenamente, hasta donde sabemos, queme la puerta de Palacio Nacional o se abalance contra edificios públicos o de los partidos políticos.

Desde hace varios meses, desde mucho antes de la actual crisis que vive México, se ha alertado por distintos medios que esos que se llaman “anarquistas”, que madrean periodistas y ciudadanos y echan a perder todas las manifestaciones legítimas, operan con una sospechosa impunidad. Desde hace tiempo se insiste en que podrían estar vinculados incluso a grupos políticos de la Ciudad de México y hasta federales. Pero no van por ellos. En todo caso, son esos por los que todas las movilizaciones pacíficas son condenadas y acusadas.

Mucha gente tiene interés en provocar una situación de inestabilidad que aliente los ánimos dictatoriales. Muchos grupos preferirían ver las calles llenas de policías y soldados que controlen a los que, en su legítimo derecho, se manifiestan. Pero en las condiciones en las que se encuentra el país, alentar a que se use la fuerza pública contra expresiones legítimas parece más un deseo de que todo se incendie.

Algunos han dicho que este Gobierno tiene sesgos que lo acercan a otros del PRI, como el de Gustavo Díaz Ordaz. Esas voces no deberían ser confirmadas. Esta frágil democracia requiere de actos sabios más que de impulsos de corto plazo. Hay gente muy dolida en las calles y pocas respuestas de las autoridades; para esa gente debería haber tolerancia y acción, no garrote y gas pimienta. A menos de que lo que se quiera es terminar de incendiar lo que no se ha quemado.

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