Iguala: ¿qué sigue?

17 Nov

Por Jorge Zepeda Patterson

La indignación generalizada y las movilizaciones históricas que han surgido para protestar por las muertes de 43 estudiantes pueden ser “un antes y un después”, un punto de inflexión en materia de justicia y políticas de seguridad pública. O no. También podrían quedarse en llamaradas de petate, en desahogos colectivos terapéuticos, tras los cuales la losa de la vida cotidiana acaba imponiendo su despótica regularidad y la tragedia termina devorada por las noticias de la siguiente semana. O quizá no sea ni una cosa ni la otra: no un detonante social que obligue a las autoridades a modificar las cosas, pero tampoco un incidente olvidado en la larga lista de infamias archivadas en la memoria histórica.

Es decir, una tercera posibilidad es que lo de Iguala constituya una mojonera para ver el pasado; una marca a la que regresemos para tratar de entender lo que sucedió tiempo después. Una especie de 2 de octubre del 68 que no impidió que todos los mexicanos se sumergieran en las olimpiadas, y no obstante es una fecha que hoy vemos como el principio del fin de un sistema político agotado.

¿Cuál será el impacto de Iguala? No hay ecuaciones matemáticas que puedan determinar la trayectoria exacta de un meteorito sociopolítico. Alguien mata a un archiduque en Sarajevo y se desencadena la Primera Guerra Mundial. Pero millones protestan en Hungría frente a los tanques soviéticos y no sucede nada.

Que lo de Iguala sea una cosa u otra, dependerá en buena medida de todos nosotros.

Escenario A: Detonante para el cambio. Las protestas mantienen un tono cívico y logran incluir a un número creciente de ciudadanos de todas las filiaciones políticas, incluyendo las apolíticas. La jornada del martes consistente en encender una veladora es indicio de un hartazgo que lleva a movilizarse a vecinos de la más diversa índole. (“El martes decidí salir con mi veladora a la banqueta, pensé que yo sería la única pero no, por primera vez más de cuarenta vecinos del condominio donde vivo estábamos reunidos y de acuerdo, nunca visto, ni en las asambleas ni juntas vecinales donde jamás llegan más de diez y además se pelean. Éramos cuarenta parados sobre la avenida con nuestras velas prendidas, con la cara desencajada pero la necesidad de hacernos presentes”, escribió Alma Delia Murillo en una columna http://goo.gl/iuj3fo).

Una secuela de este tipo provocaría el arrinconamiento de las autoridades y una presión enorme para obligarles a hacer cambios de fondo. Sabemos que la brutal desigualdad social, la ausencia de Estado de derecho y la prevalencia de la impunidad que favorece la corrupción, constituyen las verdadera causas de que el crimen organizado se haya apoderado de la agenda pública. Pero las élites dominantes difícilmente harán algo radical para atacar las fuentes del problema porque son las columnas sobre las cuales se edifica el sistema que las prohíja.

Sólo mediante una presión sostenida y generalizada del votante, del ciudadano de a pie, de la opinión pública nacional y extranjera, la clase política se verá en la necesidad de hacer algo sustantivo. Fue eso lo que provocó la apertura política de los ochentas y los noventas por donde se coló un vago viento de democracia electoral.

Escenario B. El olvido. Esta es la secuela a la que está apostando el gobierno. Ellos ya se cansaron, ellos creen que ya hicieron su trabajo: Peña Nieto recibió cinco horas a los padres de los jóvenes desaparecidos, Murillo Karam ya ofreció versiones de forenses, excavó fosas comunes, compareció una y otra vez ante las cámaras. Ahora esperan que los medios, auditorios y lectores le den vuelta a la página, que los corresponsales extranjeros comiencen a hablar de otra cosa. Si es necesario anunciarán cambios cosméticos: campañas contra la corrupción, promesas de reformas al sistema judicial, lanzamiento del enésimo plan para limpiar a los cuerpos policiacos. Cualquier cosa para aplacar a la indignación de esos ciudadanos que normalmente no protestan.

Escenario C. La radicalización violenta, y ese podría ser el peor escenario. Si las protestas se radicalizan y los más violentos asumen el protagonismo de las marchas pasarán dos cosas: por un lado, los ciudadanos de a pie, los que no están politizados ni son activistas se retirarán; por otro, comenzarán a activarse los sectores conservadores y círculos afectados por el vandalismo: propietarios de autos y camiones dañados, los empresarios, comerciantes y empleados afectados. En cierta forma es la modalidad que más le conviene a la autoridad, porque una parte de la sociedad terminará pidiendo una intervención más decisiva, una mano dura para “restablecer el orden”. Incluso no es descartable el uso de “halcones” por parte de los políticos para asegurar una radicalización de las protestas que les permita llevar agua a su molino.

Es pronto para saber qué sucederá en las próximas semanas. Los escenarios están abiertos, alguno de ellos depende de todos nosotros. No dejemos que los políticos profesionales, trátese de autoridades o de disidentes radicales, expropien una causa que es de todos.

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