#YaMeCansé: clamor en México ante la degradación política y social

12 Nov

Por Yolisbeth Ruiz García

Mientras México está que arde, y nunca mejor dicho a tenor de las imágenes que hemos visto estos últimos días, el presidente Peña Nieto hace un viaje de Estado a China, al mismo tiempo que la población reclama justicia: nadie la escucha.

El procurador de justicia dice que “está cansado” de dar explicaciones sobre los desaparecidos. La gente grita a todas horas que ya se cansó y en las redes sociales se ha vuelto viral #YaMeCansé. Esa es la realidad del país azteca.

Desde la declaración de la “Guerra contra el narcotráfico” por parte del expresidente Felipe Calderón hasta estos días, saltan datos de más de 120 000 muertos, 22 000 desaparecidos mexicanos, 10 000 migrantes sin localizar y 676 presos políticos, además de los feminicidios, secuestros, asaltos y violaciones que ocurren a diario. Estas cifras superan, por mucho, a cualquier dictadura militar de América Latina.

Los niveles de pobreza han alcanzado un porcentaje alarmante. Se sabe que más del 50 % de la población no tiene con qué alimentar a sus familias, que sus condiciones de vivienda son infrahumanas, y las ofertas de trabajo son pocas y con salarios miserables.

Desde esta perspectiva se podría comprender la actitud violenta de algunos grupos radicales, sin embargo la población en general ha buscado el cambio del sistema político y social desde una resistencia pacífica, aunque los resultados sean poco claros; allí, en las calles, se nota el grado de indignación.

Sea cual sea la forma, queda claro que México está cansado y ya no aguanta más.

Después de hacer una revisión a la ley y a la Constitución, en donde el artículo 38 dice que los ciudadanos mexicanos pueden solicitar la renuncia de su Presidente, vemos que los vericuetos “legaloides” que llevarían a ello son candados que solo legitiman, aún más, la permanencia de los políticos que, una vez votados, ya son intocables.

Nadie a quien reclamar
El primer sentimiento que llega al pueblo mexicano es el de la indignación, luego el de la rabia y, finalmente, el de la ira y la valentía. Luchar por sobrevivir en condiciones de miedo e injusticia llevan a tomar las calles, a manifestarse y a reclamar a las autoridades; pero no hay una respuesta, y el dolor, el luto y el hambre ya tocan las fibras más sensibles.

No esperemos que haya una respuesta de diálogo, no por falta de voluntad, sino porque no hay forma de hacerlo. La ley está redactada de tal modo que el pueblo debe sujetarse a la voluntad de los tres niveles de gobierno: Federal, Estatal y Municipal, además de sus respectivos Congresos; y por supuesto, el Poder Judicial.

Si a esto le agregamos el poder que ejercen las empresas hacia los empleados, la iglesia a su grey, las escuelas a su alumnado, y otras tantas formas de control, los mexicanos carecen de defensa. Una defensa que debería ostentar, cuando menos, la Comisión Nacional de Derechos Humanos, pero es parte del Estado aunque sea un organismo autónomo, y se debe sujetar a las disposiciones y decisiones del mismo Gobierno. Luego entonces, ¿a dónde debe dirigirse una solicitud de justicia?

Ese es el panorama general de lo que hoy vive el pueblo de México. Las múltiples manifestaciones sociales, las marchas, el bloqueo de autopistas, la toma de plazas, el cierre simbólico de los aeropuertos y hasta la misma quema de la puerta de Palacio Nacional de la Ciudad de México, podrían encontrar aquí su origen: no hay donde reclamar. Eso, si el percance de la puerta es atribuible a los estudiantes, algo que casi nadie se cree.

Los mexicanos ya están agotados de la nula sensibilidad con la que un Procurador habla de muertos y desaparecidos, a pesar de las cifras; o el discurso aprendido del presidente de la Nación, que ante un hecho de barbarie como el de Ayotzinapa solo dice: “Llegaremos a las últimas consecuencias y castigaremos a todos los culpables”. Estas declaraciones ya no son certezas. Dejaron de serlo hace mucho tiempo.

La necesidad de supervivencia se seguirá manifestando, estemos de acuerdo o no con las formas de hacerlo. Sin embargo, queda en el mundo de las dudas la legitimidad de los hechos violentos.

Los principales grupos opositores a Peña Nieto siempre han dicho que la violencia no es el camino. Pero quedan los otros, los que no son ni de izquierda ni de derecha, los que ya no tienen nada que perder porque nunca tuvieron nada. Ellos, los de abajo, los que pertenecen al grupo más desfavorecido, ya también están cansados.

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