Ceguera presidencial

12 Nov

“Ciegos que ven,

Ciegos que, viendo, no ven”

José Saramago, Ensayo sobre la ceguera

En uno de los momentos políticamente más críticos de la historia contemporánea de México, todo apunta a que el presidente Enrique Peña Nieto se niega a ver la realidad. Al no dimensionar la magnitud de las dificultades que tiene frente a sí, el Presidente toma sistemáticamente malas decisiones. Aparentemente, la premisa es que acciones menores bastarán para corregir problemas colosales, que un dedo es suficiente para tapar el sol. No es así. Si el mandatario sigue empeñado en desconocer la dimensión de la crisis nacional errará una y otra vez.

Ayotzinapa y todas las reacciones que suscitó fueron un sonoro “ya basta” a la corrupción, la impunidad y la violencia. Se trata de un clamor tan estruendoso que, al responderle, no caben las palabras, sino solo las acciones: fortalecimiento de las instituciones, cambio en la política de seguridad y aplicación irrestricta de la ley, empezando por las más altas esferas. Un primer gran golpe de timón sería, por ejemplo, proceder penalmente contra los grandes presuntos criminales de cuello blanco. Hasta el momento no ha habido acción alguna. Solo palabras: condenas, avances en las investigaciones, promesas.

Numerosas personas e instituciones fallaron para que ocurriera la barbarie de Iguala. Quien falla debe hacerse responsable, incluso si tenía la mejor de las intenciones cuando se equivocó. Si el Presidente y su equipo fueran concientes de la magnitud de la crisis, se darían cuenta que no hay solución al problema que no pase por la salida del gabinete de cuando menos un gran responsable de lo ocurrido. Alguien debe pagar los platos rotos. La renuencia presidencial a que uno de los suyos pague, trasluce el grado de negación del cataclismo. Como parte de esta negación, se asume que quienes están a bordo del barco lo pueden sacar adelante, en lugar de aceptar que, dado que la tripulación actual ha contribuido al hundimiento, tiene más probabilidades de prolongarlo que de enderezar el rumbo.

Un Presidente que se sabe en medio de un punto de inflexión, debe colocarse cara a cara con los problemas. El presidente Peña tendría que estar en Ayotzinapa, codo a codo con los deudos de los normalistas. En contraste, departe con líderes globales en Pekín, a 14,398 kilómetros del epicentro que hoy cimbra su administración. La agenda internacional es prioritaria para cualquier país y más aún para uno que busca atraer inversiones en sectores estratégicos. No obstante, la participación del Presidente en eventos como estos no es más trascendente que recuperar los mínimos de legitimidad que le permitan seguir gobernando. La política es símbolo. El viaje presidencial, justamente en términos simbólicos, es un desacierto monumental. Forma es fondo, decía Jesús Reyes Heroles, aunque parece que al PRI ya se le olvidó.

Uno de los principales flancos débiles del priismo ha sido y sigue siendo la corrupción. A sabiendas de esto, la esposa del Presidente afirmaba ser la propietaria de una mansión que a la fecha está a nombre de uno de los ganadores de la licitación del tren rápido México-Querétaro, hoy echada abajo. La versión oficial es que la señora Rivera paga a plazos los más de siete millones de dólares en que está valuada la suntuosa propiedad. Como mínimo, se trata de un gravísimo conflicto de interés: la Primera dama hace negocios con uno de los más importantes beneficiarios de las administraciones encabezadas por su marido, tanto en el gobierno del Estado de México como en el federal. Como máximo, aquí podrían estar implicadas prácticas de corrupción de época.

¿Qué explica que el Presidente haya dejado de ver la realidad? Hay una hipótesis que cada vez encuentra más evidencia a su favor: en Presidencia piensan que, dándole políticamente la espalda a los problemas, dejándolos en manos de los mecanismos administrativos, las aguas se calmarán. Se equivocan. Cuando a alguien se le quema la casa, por más que se empeñe en negar lo que sucede, darle la espalda y confiar en que llegarán los bomberos, el incendio aumentará. Mientras el gobierno federal siga siendo un ciego que, viendo, no ve, el fuego descontrolado continuará siendo la metáfora más dramáticamente adecuada para describir el presente nacional.

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